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Escritores de Misiones: “Humedad”

25 marzo, 2024

                                                                                                                                     Por: Luis Galeano

 

Aquel año, la lluvia cubrió la provincia por más de tres meses. Durante abril, mayo y junio todos los días llovía de forma intensa. No eran tormentas ni lloviznas, eran lluvias constantes con una humedad que llegaba siempre al 99% o 100%, más un calor que daba una pesadez insoportable al ambiente.

El agua brotaba de las paredes y un color verdusco comenzaba a tomar las piedras de las bases de las casas. Todo olía a humedad. La ropa, los almohadones, los sillones, todo. De a poco las maderas de las puertas se hinchaban y dejaban de encajar en los marcos.

En aquel otoño estaba todo mojado. Ni que hablar de las calles. Las de tierra eran caminos de barro enjabonado y las asfaltadas estaban escondidas bajo una capa de lodo colorado que no se lavaba ni con una nueva lluvia intensa.

Misiones era un paisaje de descuido generalizado. Algo que llamaba mucho la atención eran las plantas y árboles que crecían sin posibilidad de ser podados ni recortados. El pasto de los jardines crecía sin ninguna disciplina bajo la espesa lluvia diaria, y ante la imposibilidad de las máquinas eléctricas domésticas de poder darles el aspecto de antes.

Esto llevó a una situación tal que se había habilitado una extravagante libertad en la vegetación, que dejó de estar controlada, y había comenzado a ser imprevisible con una total impunidad.

La ligustrina, por ejemplo, fue un claro exponente de cómo una planta, creada con destino de cerco, aprovechó la posibilidad de liberarse de los años de crecimiento lineal controlado, y se desahogó del yugo de la uniformidad. De hecho, lo del Parque Vortisch fue un claro exponente de lo que narro.

El Parque Vortisch, de Montecarlo, tiene construido, con ligustros, el laberinto vegetal más grande de la región, y durante esa temporada, rápidamente, la planta comenzó a superar los 1.715 metros lineales que solía tener dentro de los 3.100 metros cuadrados del parque.

Para comienzos de junio el laberinto tenía paredes de más de dos metros de altura y los troncos se habían enredado tanto que era imposible pasar de un pasillo a otro por su espesura, llegando a ser un verdadero muro natural. Pero lo peor fue que de las 510 esquinas ciegas que tenía el laberinto, algunas se habían abierto pero se habían cerrado otras.

Básicamente el plano del laberinto había cambiado, pero ni el cuidador del lugar, ni nadie, se dio cuenta de eso, porque a ninguna persona se le habría ocurrido, con tanta lluvia, meterse adentro. A nadie, excepto a Ramiro González.

Acá hago una pausa y me preparo un café. Lo necesito luego de escribir durante todo el día. Mientras me quedo con la mirada fija en la cafetera siento que el celular vibra. Es un mensaje de Isabel, no va a venir hoy. Quizás pase mañana a buscar lo que se olvidó acá. Afuera llueve, aunque ahora que me acerco a la ventana veo que paró, pero da lo mismo todo está mojado.

Enciendo el aire acondicionado en modo humedad para que seque el ambiente de la casa. Me sirvo el café y lo tomo mirando la mesa del comedor donde está la notebook en la que escribo, y me ayuda a que el dolor de la despedida de Isabel no sea tan duro.

Mi psicóloga me dijo que escriba, y que así dolería menos. Aunque ella me pidió que escriba algo no literario, me entusiasmé con viejas ideas que tenía encajonadas. La del laberinto vegetal siempre me gustó y nunca la pude cerrar del todo. Isabel decía que era imposible que un hombre se pierda en un lugar así, con toda la tecnología que hay. Simple y sencillamente le parecía una estupidez. Aunque creo que no se refería a la idea del laberinto sino a la idea de escribir.

“¿Para qué escribir si nunca vas a publicar?” me dijo una vez. Mi psicóloga ya me explicó que había sido cruel con aquel comentario, pero que nunca había hablado de la escritura sino de mí. Me agredía desde dónde podía. Por suerte el relato del laberinto seguía ahí latente, y hoy decidí trabajarla. Previamente desarrollé varios textos para ablandar los dedos, y acá estoy de nuevo, frente al laberinto y frente a la historia de Ramiro.

Fue a mediados de junio, 3 meses después del inicio del agua, cuando se les ocurrió juntarse a excompañeros de la época de facultad en Montecarlo. Estaban entre chicos de Eldorado, El Alcázar, Piray y los que hicieron de locales, los de Montecarlo.

Entre anécdota y anécdota, el alcohol fue subiendo, tanto que rememorando viejas épocas universitarias decidieron apostar hazañas, como en aquel tiempo, cuando el Gringo Rinflaisch tuvo que cruzar el cementerio de Posadas de madrugada luego de ser vilmente derrotado en una partida de truco.

El tema fue que el derrotado esta vez, 25 años después, fue Ramiro. Y la hazaña requerida fue ingresar, esa noche, al laberinto vegetal con una linterna y un paraguas.

Fueron al parque. Bajó lentamente con el susodicho paraguas y la linterna, al acercarse a la entrada descubrió enseguida que la ligustrina estaba alta. Sin pensarlo dos veces se adentró al laberinto, y ni bien dobló en la primera esquina escuchó detrás que la camioneta aceleró y las voces se alejaron rápidamente. Irían a dar una vuelta y volverían, pensó. Pero nunca más los volvió a escuchar ni ver.

Lo primero que hizo fue regresar sobre sus pasos, pero ya no logró recuperar la senda de la salida, como si la vegetación hubiera cubierto en segundos el lugar por donde había ingresado.

No sabía si fue todo lo que habían tomado junto con todo lo que habían comido, pero en cada esquina se mareaba más y más cuando se apuró a intentar salir. La lluvia retomó su intensidad perversa y el suelo dejó de ser un césped mojado para ser un lodo pesado y arcilloso.

La desorientación se sumó al cansancio y éste a una raíz con la que se tropezó y cayó, con tanta mala suerte que se llevó la cabeza contra una piedra que le hizo perder el conocimiento hasta entrada la mañana del día siguiente.

Ni bien abrió los ojos entendió donde estaba. Pero poco recordaba de lo que había sucedido. Había parado de llover. Luego de tanto tiempo ya casi no se acordaba cómo era sentir el aire sin lluvia. Solo se mantenía, insoportable, la humedad. Buscó en su bolsillo el celular, pero estaba totalmente sin batería. Había caído sobre un montículo de tierra que parecía una isla ante tanto charco.

Quiso arrepentirse de ese encuentro entre desconocidos, 25 años después, pero ya era tarde. Se trepó a un ligustro para ubicarse, pero los alrededores del laberinto parecían ser iguales, tanto al norte, sur, este y oeste. Además, con la claridad del día totalmente encapotado era difícil saber por donde iba el sol.

Igual de poco le hubiera servido porque no tenía idea de hacia donde estaba la salida. De todas formas, tomó una dirección, marcó un viejo árbol alto a lo lejos y comenzó a caminar.

Nunca había estado en un laberinto, pronto se vio frente a una esquina ciega, o sea una pared sin salida que le obligaba a replantear el rumbo y comenzó a entender lo que realmente significaba. Cada vez que se trepaba a un arbusto veía el árbol de referencia a la misma distancia, y hacia la misma dirección, camine lo que camine.

Probó gritar y pedir ayuda al encargado del lugar pero nada. Sintió que Montecarlo estaba muy lejos, que no había nadie a kilómetros de distancia. Experimentó por primera vez que no solamente se sentía solo, sino que además estaba solo.

Solo en un laberinto que había crecido de golpe, que parecía estar descontrolado e intempestivo. Solo en la decisión de salir, o de que alguien lo fuera a buscar. Y lo peor: solo y quizás hasta sin ganas de salir.

Caminó todo el día, era sábado. Tenía planeado quedarse en Eldorado hasta el lunes, y ese día volver muy temprano a Posadas. En otras palabras, nadie lo estaría buscando aún, teniendo en cuenta que sus amigos de festejo ni se deberían acordar que lo habían dejado ahí la noche del viernes.

Mientras caminaba llegó nuevamente a la conclusión que había sido un error haber ido a esa reunión de reencuentro. ¿Para qué sirve juntarse con gente que no viste en 20 o 25 años? Hablaron de fútbol, algo de política y de exesposas. “Nos acordamos de lo que alguna vez fuimos pero nada más. A veces es como si tuviéramos la necesidad de volver el tiempo atrás y mirar en perspectiva el presente. Y el presente, visto desde el otro extremo, es una porquería” pensó. “Ninguno de nosotros llegó a ser lo que teníamos en mente ser. Es más, terminamos siendo lo que odiábamos en los adultos de entonces. Solo era una cuestión de tiempo”.

Calculó que debía de ser media tarde cuando decidió detenerse. Estaba cansado, había caminado mucho y no había avanzado hacia ningún lado. Y como si fuera poco, había comenzado a llover de nuevo. Justo en ese momento, dio la vuelta en una esquina por la que intuía que ya había pasado, pero esta vez encontró un techito de chapa con un banco de madera debajo.

No era un espejismo. Estaba ahí. Miró a todos lados, como si alguien hubiera estado en ese lugar para construir ese refugio y luego reírse de su reacción, pero no. Nada. Al rato se hizo dueño del espacio, que lo protegió de la lluvia. Se acomodó en el banco, y al rato, se durmió.

Isabel amaba los libros. ¿Por qué habría decidido odiar que yo escribiera? ¿Por qué habría decidido odiarme? Una cosa es dejar de querer a tu pareja, otra es llegar al extremo contrario. Ayer no pronunció palabra alguna en la discusión que no fue tal por su silencio.

Metió toda la ropa que tenía en un bolso enorme, agarró las llaves del auto y se fue. Me dejó hablando solo. Me dejó. Y se fue. Hasta se olvidó varias cosas que tanto le gustaban. Tal vez vuelva ni bien mejore el tiempo a buscarlas. Tal vez vuelva ni bien mejore el tiempo. Tal vez vuelva. A quererme. O al menos a odiarme.

Todavía es temprano. La heladera está llena y no tengo siquiera la necesidad de ir al supermercado. La casa quedó grande.

¿Por qué uno construye casas que no puede habitar? Queríamos tener un altillo donde poner la biblioteca y un escritorio para trabajar. Yo lo quería para escribir, pero escribo en la cocina. Queríamos una habitación de huéspedes, pero ahí solo hay ropa apilada en la cama, porque nadie viene a visitarnos.

Yo, como Ramiro, miro desde el pasado mi presente y es un despropósito. Comienzo a caminar por la casa vacía y me encuentro con paredes que no me acordaba que estaban ahí. Nada fue lo que debía ser. Bueno, tampoco nosotros llegamos a ser lo que nos propusimos ser.

La casa fue solo la carcasa que llegamos a construir pero no logramos colocarle contenido. De repente estoy en el altillo y no puedo creer que hayamos llegado a ponerle un tercer piso a la casa. ¿Para qué? ¿Para trabajar? Si yo trabajo en una oficina. ¿Para escribir? Si a ella no le gustaba, y yo nunca pude escribir más que cuentos inconclusos. Y nunca voy a publicar.

Esta casa se parece demasiado a un laberinto. Como el de Montecarlo, los ladrillos pasan a ser vegetales que lanzan ramas al paso y me detienen en la escalera para hacerme mirar los cuadros que están colgados. Cuadros con fotos donde somos felices. Imágenes que me recuerdan lugares de mucha dicha. Ahora me pregunto si fuimos realmente felices ahí y solo posamos como frente a una red social.

Salto por encima de las ramas que salen del piso y veo una alfombra en el descanso del primer piso. Todo me recuerda a otra época. Un tiempo en el que construíamos. En la que creíamos que podíamos ser lo que no fuimos ni remotamente.

Llego a la cocina y miro la pantalla y veo a Ramiro durmiendo bajo el techo que le inventé de la nada para que pase la noche. Y a mí ¿quién me inventa los techos?

Esto lo debería leer mi psicóloga. Escribo sobre un laberinto justo hoy. La idea era vieja, igual. O ¿la pensé al despertarme solo esta mañana?

Si durante los primeros meses del otoño había llovido, el domingo podríamos decir que diluvió. Hasta daba la sensación que no había distancia entre gota y gota, el aire estaba como bajo agua.

Ramiro miró la hora y eran las 9 de la mañana. Moría de hambre. No había comido desde el viernes a la noche.

Estaba muy empapado. Mojado casi hasta los bolsillos del pantalón y hasta el codo de la camisa. Por suerte llevaba una remera abajo que lo mantenía algo seco por dentro. Miró el pasillo vegetal que tenía enfrente y entrecerró los ojos como intentando pensar, pero no podía decidirse a hacer nada. El agua había comenzado a inundar el laberinto y su banco de madera casi parecía una tabla en el río. Se imaginó morir de inanición. El agua llevaría su cuerpo inerte a través de los rincones del lugar.

Seguramente llovería un mes más, y en otro mes recién comenzarían a podar de nuevo el laberinto a la espera de turistas con miras a las festividades de la localidad. Era muy posible que no lo encontrasen hasta muy descompuesto su cuerpo allá por agosto.

Repentinamente sacudió la cabeza y notó que el hambre le llevaba a no pensar bien. Suspiró y decidió seguir esperando, si la lluvia se detenía comenzaría a caminar dejando huellas de tierra o cruzando ramas por donde ya había pasado. De esa forma podría tener más chances de salir.

Las gotas pegaban sobre el triste techito de chapa como golpes sobre un teclado relatando un suceso. Esa imagen le recordó que a veces pensaba que alguien escribía sus días en un guion bastante decadente, falto de creatividad, de mala calidad. Esos guiones que nunca llegan a las manos de nadie.

O que de hacerlo, nadie quiere producir. El guionista de sus días sería un verdadero perdedor, un bueno para nada, que se ensañaba con él por no poder ensañarse con quien debía, en verdad, hacerlo.

¿Ese soy yo? ¿Ramiro piensa eso de mí? ¿O es el hambre que no le deja ver que está en una situación extraordinaria? En una disposición que va a poder contarle a sus nietos. Hay gente a la que les pasa de todo, y hay gente a la que no les pasa nada. A Ramiro le pasan cosas.

Es el protagonista de una historia en la que luego se basan los animé para escribir sus historias tan enredadas. ¿Quién en este país tercermundista se pierde en un laberinto vegetal, en una temporada en que la naturaleza atenta contra la humanidad?.

Los protagonistas de Lost estaban del otro lado del mundo, Tom Hanks naufragó en el medio del Pacífico. Pero acá nunca pasan esas cosas. Hasta las invasiones extraterrestres llegan a Nueva York o Europa, si no fuera por Oesterheld, con El Eternauta, nunca un ovni hubiera llegado a estos lados. ¡Pero fue hace tanto!

Todos queremos protagonizar una gran historia, pero cuando la vivimos no hay cámaras al lado, y no somos estrellas del cine, y esos mismos dramas o esas aventuras en nosotros son catástrofes.
Y que no haya publicado todavía no significa que esta historia sea mala.

¿Perdedor? ¿Yo? Me levanto ofendido de la computadora y pienso que si Ramiro sobrevivió dos días sin comer nada, puede llegar a mañana sin que le sume una letra a su historia. Un poco de silencio en ese laberinto horrendo no le va a venir mal.

Cierro la pantalla y prendo la televisión. Me conecto a Netflix y pongo Narcos, ¡esa gente sí que disfruta de sus guionistas!

Continuará…..

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Tags: Escritores de MisioneshumedadLaberinto vegetalMontecarlo
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