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Cara a cara con Gilad Pereg, el doble femicida que mató a su madre y a su tía

6 noviembre, 2021

El 24 de enero de 2019, dos días antes del hallazgo de los cadáveres de Pirhya Saroussy y de Lily Pereg, Favio Roa, el corresponsal en Mendoza de la Agencia Télam, realizó una entrevista con Gilad Pereg que no pudo ser publicada a pedido de la justicia para evitar que la difusión de ese contenido entorpeciera la investigación. Recién esta semana, tras la condena a Pereg a perpetua por el doble femicidio en un juicio por jurados, la justicia autorizó la publicación de aquellos contenidos, tanto textuales como audiovisuales y el registro fotográfico de Alfredo Ponce, reportero gráfico de Télam. La siguiente es la reconstrucción del encuentro y el diálogo con Pereg:

“Te salvaste de milagro”. Todavía recuerdo esa frase, una de las primeras que escuché tras permanecer más de dos horas y media encerrado a merced del israelí Gilad Pereg (40) en su predio de la calle Roca, de Guaymallén, donde 48 horas después fueron encontrados los cuerpos de su madre y de su tía, asesinadas y enterradas.

 

 

Me la dijo un jefe policial el 24 de enero de 2019, luego de que recuperara el aliento tras atravesar, ya de salida, el portón metálico azul que da a la calle Julio Argentino Roca 6070, justo frente al cementerio municipal de Guaymallén.

A las 10.40 de ese jueves que llegó a ostentar 33 grados a la sombra, fui hasta la casa de Pereg convencido de que iríamos a un bar para que finalmente me diera una nota con los detalles de la desaparición de su madre, una funcionaria del ente recaudador israelí, y de su tía, profesora de Microbiologia en la Universidad de Nueva Inglaterra, como me había prometido dos días antes, cuando le dije que era corresponsal de la agencia de noticias Télam en Mendoza.

Llegué y estacioné mi auto frente a ese enorme predio de por lo menos 50 metros cuadrados y vi asomarse sobre la pared que da a la calle una cabeza rapada y escuché “esperame” y luego los ruidos del portón azul que se abría.

Vestido con remera blanca y short, “Nicolás”, como se hacía llamar en el barrio, me hizo señas para que entrara al terreno que albergaba su precaria casa y media docena de canchas de fútbol 5 y pádel en construcción, parte de un proyecto que, según dijo, quedó trunco por una estafa de “personas malas” que solo quisieron hacerle “el mal”.

La curiosidad fue más fuerte que la advertencia de la jefa de la corresponsalía para que no entrara y, sin dudarlo, me encaminé detrás de ese hombre con acento extranjero y 2.05 metros de altura, hasta que me senté en una silla vieja, debajo de un arco de fútbol.

“Gracias por venir, yo estoy muy mal. Hace casi dos semanas que mi mamá está desaparecida, no sé nada de ella, me duele mucho la situación”, comenzó a decirme “Nicolás”, quien se quejó por los allanamientos que la policía había realizado en su predio en busca de evidencias: “Me rompieron todas las cosas, me tiraron todo al piso”.

Distendido, Pereg me contó que había decidido cambiar las rastas y la barba por el pelo al ras y el rostro despejado a pedido de su madre: “No le gustan los hombres que andan con pelos largos y barba, menos con rastas. Me pidió por favor que antes de que llegara a visitarme con mi tía me cortara el pelo para ellas y eso es lo que hice”, contó.

Mientras miraba con pena esas canchas abandonadas, su humilde casa y allá, en los fondos, a unos 30 metros, una viga y una obra en construcción, le pregunté: ¿tenés armas?.

“Tengo armas legales con papeles, con licencia de Anmac. Yo compré armas porque acá tengo problemas de inseguridad”. Tras ello me relató un episodio en el que fue herido de un tiro durante un robo, lo que fue determinante para que se armara y practicara tiro dentro del predio.

“Practico para que, cuando sea urgente, el arma no falle y yo también pueda apuntar bien”, dijo convencido.

“¿Sos espía o prestaste servicios para Mossad?”, proseguí. Era una pregunta que por entonces nos hacíamos quienes cubríamos el caso de las israelíes desaparecidas. A eso siguió una risa, un “no” contundente y una respuesta breve: “Todo el mundo pregunta eso pero nada que ver, ninguna agencia, ninguna inteligencia”.

“Nicolás”, quien es ingeniero electrónico y en ese momento no maullaba ni decía creerse un gato, contó que llegó a la Argentina en diciembre 2007, tras dejar Israel por que el país lo “engañó”. Daba por sobreentendido que había estado al frente en conflictos armados en su tierra.

Sobre el último día que vio a su mamá, Pirhya Saroussy (63), y a su tía Lily Pereg (54), el 12 de enero de 2019, contó que desayunaron juntos en el departamento que ambas habían alquilado en la calle España, en el centro de la ciudad de Mendoza, y que tras ello los tres regresaron al predio de Roca, donde estuvieron hasta las 21 de ese día.

“Cuando llegó a la Argentina, una de las cosas que (mi madre) quería hacer era conocer mi casa, donde yo vivo, las condiciones de mi vida y ver la casa que estoy construyendo para poder vivir mejor”, dijo al mencionar la obra en los fondos del predio, donde poco después serían encontrados los cuerpos de las dos mujeres.

Le pregunté por qué no las acompañó cuando se fueron de su casa ese día y contestó: “Quedó claro que a la noche tenían que volver solas al departamento porque yo no puedo dejar el lugar mío solo, si salgo se meten a robar”.

 


Pereg se dejaba fotografiar sobre una viga, delante de un montículo de tierra y piedras donde, días más tarde fueron descubiertos los cadáveres entrerrados. (Foto Alfredo Ponce)

 

“Se hizo de noche, hablamos más tiempo del que pensamos, hace mucho que no las veía, a mi madre nueve años. Llegaron las ocho y media, nueve, arrancó a llover y corté la conversación, les dije que tenían que irse”, recordó Pereg, quien evocó la última imagen que dijo tener de sus familiares cuando “se iban caminando con dirección de la parada” de colectivos.

Le pregunté si pensaba que estaban secuestradas, si alguien lo había amenazado. “Yo tengo problemas acá con mucha gente, son gente que me robó, me estafó, me cagó, gente que me hizo daño. No hay ninguna persona que me amenazó a mí, no tengo idea de quién las tiene”, contestó.

“¿Qué creés o pensás que pudo pasarles”, insistí. Y muy serio, dijo: “Mirá, te voy a ser muy sincero y lo mismo le dije a la policía: mi madre y mi tía son inteligentes y son personas responsables, no se van a levantar un día y van a desaparecer solas sin decir nada a nadie”.

“Ellas quedaron conmigo en encontrarse el domingo a la mañana en su departamento. Entonces estoy seguro de que si fuera por su propia voluntad estarían cumpliendo con el acuerdo y esperándome”, dijo.

“Estoy seguro de que ellas no se perdieron solas, que no fueron a pasear solas”, continuó, y tras ello agregó: “La única opción es que alguien las forzó y las llevó a la fuerza. Ese alguien pudo ser alguien que vino de Israel y fue tras ellas y quiso hacerles daño, porque es más fácil acá que hacer daño en Israel”.

“Puede ser que alguien me odie a mí acá, que les hizo daño a ellas a propósito para vengarse de mí y que yo tenga problemas por la desaparición de mi mama y tía”, continuó en su seguidilla de hipótesis.

Todas estas declaraciones de Pereg me parecieron extrañas. Hasta entonces nadie, ni siquiera él al denunciar las desapariciones, había hablado de un “secuestro” o “venganza” como hipótesis de la investigación, que estaba caratulada como “búsqueda de personas” por la fiscal mendocina Claudia Ríos.

Me animé a una última pregunta antes de dar por cerrada la entrevista, como si augurara el final de la historia: “¿Nicolás, qué te quedó pendiente de decirle a tu vieja?”.

Luego de un silencio de casi diez segundos, dijo: “Quiero decirle a mi mamá que la amo mucho… -hizo una pausa- y que me arrepiento de pedirle que venga a la Argentina. Nunca tuve que pedirle que venga a Mendoza, ni Argentina, porque hay probabilidad de que pase una cosa así”.

Me animé a ir por una más: “¿Es porque la perdiste?”. “Todavía creo que está viva, no tengo mucha fe, pero no puedo perder la esperanza”, concluyó.

Antes de despedirme, le dije a Pereg que me apenaba no haberle podido sacar una foto para ilustrar la nota. “¿Tenés máquina?”, me preguntó. Le dije que no, pero que un reportero gráfico de la agencia estaba cerca y podía venir.

Acto seguido llamé a Alfredo Ponce -Alf-. “Venite ya! quiere fotos”. Cámara en mano, Alf no perdió oportunidad de tomar imágenes.

“Nicolás” posó primero en las canchas de pádel mientras algún que otro gato daba vueltas por ahí -no había perros-, hasta que comenzó a caminar hacia esa obra en construcción, allá, en los fondos del predio.

Alf inmortalizó ese momento con una imagen que recorrió muchas redacciones: Pereg se dejaba fotografiar sobre una viga, delante de un montículo de tierra y piedras donde, días más tarde fueron descubiertos los cadáveres enterrados.

Alf me mira y me dice “vamos”. Caminamos hacia el portón. Él salió rápido a la calle y yo me tomé unos segundos para agradecer la entrevista y despedirme. Pereg no paraba de hablarme. Yo hacia ademanes de despedida mientras me acercaba cada vez más al portón azul. ¿Me abrís?.

“No abre”, me contestó. Insistí en comprobarlo y en que me abriera la puerta. Me asusté. Me invitó a quedarme un rato más, decía que la puerta de metal se había dilatado por el calor y que por eso no se abría.

“¿Me podés abrir?”, volví a pedir. Pero no. Ya había quedado preso de una sensación de absoluta vulnerabilidad.

Ese fue el primer sorbo del mal trago. A los pocos segundos, mientras intentaba ver por dónde salir, a quién llamar y cómo sortear esa situación, empecé a escuchar voces en un idioma que no comprendía, un golpe seco al portón, más golpes, pedradas, gritos, más voces.

Me di cuenta de que algunas palabras eran en hebreo, otras en inglés. Que transmitían enojo. Llegué a advertir, incluso, que lo acusaban de las desapariciones de sus familiares. Pereg me pidió que llamara a la policía, estaba inquieto.

“¿Qué está pasando afuera?. Hay gente que te está gritando. ¿Qué te están exigiendo? ¿Por qué te están golpeando la puerta?”. Yo no podía parar de preguntar, más por nervios que por curiosidad.

“Son gente que molesta y usted va a ver. Acá la gente hace lo que quiere, viene y hace quilombo, golpean el portón, molestan en la calle y la policía no hace nada”, me dijo.

“¿Pero quiénes son los que golpean la puerta?”, reiteré.

“No importa quién es. Lo único importante es que vienen a molestarme sin derecho, les dije que se vayan, que no los quiero atender y siguen”, dijo enojado.

Le pregunté si eran “los de Israel” a los que había aludido antes, mientras se escuchaban cada vez más fuerte gritos que decían “Gilad, Gilad” y las pedradas contra el portón.

“No quiero hablar con él, es mi casa y si no quiero que entre al lugar, no va entrar, es mi decisión, no la de él, lo voy atender cuando yo quiera”, me dijo sobre uno de los familiares que, luego supe, era Moshe, su tío y hermano mayor de las hasta entonces desaparecidas, quien había llegado días antes a Argentina al enterarse de que nada se sabía de ellas y quería ingresar al lugar.

No entendí entonces cuál era el reclamo, el problema. Pero en el medio de todo ese encontronazo familiar llegó la policía. La situación era tensa y “Nicolás” estaba nervioso. Yo también.

Mientras tanto, Pereg trataba de explicarme: “Dicen que tienen grabaciones y que hablaron con mi abuelo que está muerto hace 15 años, me querían poner con un adivino que habla con los muertos”.

Los gritos desde el exterior continuaban y Pereg me pidió el teléfono. Quería filmar la situación, filmar a quienes arrojaba piedras y lo increpaban en hebreo con intenciones de entrar. A su tío.

Fue así que con mi teléfono registró el reclamo familiar y también el arribo de un par de patrullas que nunca me quedó muy claro si habían llegado por los incidentes o por orden de la fiscal Ríos para llevarse a Pereg o allanar el lugar, o por ambas razones.

Lo cierto es que se detuvieron ante la protesta externa y mi presencia -forzada- en el interior de la vivienda, mientras “Nicolás” les gritaba: “Dónde está la orden del juez”.

Habían pasado casi dos horas y media de mi ingreso a la casa del portón de metal que se dilata con el calor, cuando escuché del otro lado la voz de Alf: “Está la policía”. Pido que me saquen, que empujen la puerta. Me preguntan si estoy bien, respondo que solo quiero salir. Al final sucedió: la puerta, el aire exterior, móviles policiales, gente preocupada por mi situación.

Las horas y días siguientes pasaron rápido pero no tranquilos. El viernes 25, me convocaron a la fiscalía para contar en detalle mi entrevista y ese mismo día “Nicolás” Gilad Pereg fue aprehendido como principal sospechoso por la desaparición de su madre y de su tía.

El 26, cerca de las 16, y 48 horas después de haber estado yo encerrado ahí, los cuerpos de ambas mujeres fueron desenterrados, uno baleado y otro asfixiado, del mismo lugar donde Alf había tomado una de las fotografías del ahora condenado doble homicida.

“Te salvaste de milagro”. Sí, todavía lo escucho.

Fuente: Agencia de Noticias Télam

Tags: Doble femicidioGilad PeregHombre GatoLily PeregPirhya Saroussy
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