Pablo Rodríguez, enfermero: el privilegio de llegar al mundo en las mejores manos

Nacido en Corpus, incursionó en la actividad gracias a los cursillos y a la experiencia adquirida de los mayores. Su primer destino fue Colonia Polana, donde se destacó como obstetra. En esa zona conoció a quien luego sería su esposa, la docente Elsa Kuspita, con quien comparte sus días. Más adelante fue convocado a realizar la campaña de vacunación en todas las escuelas de Jardín América, donde se asentó definitivamente.

03/05/2021 14:43

Cuentan sus hijos, Juan Carlos Omar y Néstor Orlando, que cuando alguna mujer en trabajo de parto llegaba a la entonces sala de primeros auxilios preguntaba por el enfermero Pablo Rodríguez. Y si no estaba, lo esperaba. Los amplios conocimientos y la experiencia adquirida, habían hecho que este hombre nacido en Corpus se consagrara como obstetra, brindando seguridad a las madres que acudían a dar a luz. Su primer destino había sido Colonia Polana, distante a unos quince kilómetros de Jardín América. Tenía apenas 21 años, y el mundo por delante.

Sentado en el living de su casa, con 84 años recién cumplidos, recordó que proviene de una “familia humilde” y que cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº 17, de Gobernador Roca. Dijo que, a diario, para asistir a clases, recorría unos siete kilómetros en compañía de otros niños, hijos de peones que trabajaban en el establecimiento del que su padre era encargado. Con el paso de los años, se interesó por la enfermería. “Fui practicante en el hospital de Roca después que me ofreciera la posibilidad un enfermero amigo, que se encargó de enseñarme. La tarea duró unos tres meses. Después fui a hacer un cursillo en Posadas, me asignaron guardias en el hospital, donde me quedé por un buen tiempo y de donde salí apto para ejercer”, manifestó. Le aconsejaron que fuera hasta el Ministerio de Salud Pública a fin que le tomaran los datos y “pudiera ingresar como enfermero de la provincia”.

Ya le habían comunicado que su destino sería Panambí. Pero mientras llenaba los papeles, vio que una persona de baja estatura, enérgica, nerviosa, cruzó por detrás del mostrador. Luego supo que era el doctor Tadayoshi Kamada, que se encontraba organizando el hospital de Jardín América -que actualmente lleva su nombre-. Ya tenía en su equipo a dos mujeres enfermeras pero necesitaba un profesional masculino que hiciera “el trabajo duro”. “Quiero a Rodríguez en Jardín América”, habría dicho el galeno a las autoridades de entonces. Ante el pedido, le cambiaron el destino al recién graduado y lo enviaron hacia la ruta 12. Al joven le “quedaba bien, de paso” porque tenía a su familia residiendo en Gobernador Roca.

Finalmente, fue a Colonia Polana, donde estuvo alrededor de ocho años.

Rodríguez llegó al destino asignado en una bicicleta, con un bolso y su equipo de trabajo. Se encontró con una colonia ya formada pero sin médico ni enfermero. Había parteros. Él tenía que ganarse la confianza, y ocupar ese espacio. Esa primera madrugada, bajo una torrencial lluvia, fue su prueba de fuego. Lo vinieron a buscar en un caballo porque el parto venía complicado. “Cuando llegué estaba la comadrona, una señora muy buena, con mucha capacidad, con experiencia. Atendí a la mujer pero ella estaba a mi lado porque yo quería saber cómo era su trabajo. El chico vino de pie, que es una cosa muy brava. Busqué el otro pie. Metí la mano y traté de sacarlo despacito, con mucho cuidado, para evitar una fractura. Y así fue. Salió todo bien”, comentó.

A esa zona ribereña, se habituó enseguida. Además, Kamada, que viajaba todos los sábados para hacer consultorio, ya le había presentado a las autoridades y a los Kuspita, padres de Elsa, que luego se convertiría en su esposa. “Este será vuestro enfermero”, les dijo.

“Cuando se enteraron que atendía partos, venían a buscarme desde otras colonias. Pero el médico me dijo que no convenía comprometerme porque si se presentaban complicaciones, había que resolver de manera rápida y no había medios. Además, para hacerlo, debía cerrar la sala, y eso a la gente del lugar no le gustaba”, añadió. Y confió que para las mujeres humildes, sin recursos, conseguía remedios a través del doctor, o daba la receta a sus futuros suegros, que buscaran los medicamentos en alguna farmacia de Jardín América, al momento de hacer las compras.

 

 “Siempre hacía mi trabajo alegre, contento, y con mucha fuerza”, aseguró.

 

En los bailes a los que asistía, conoció a Elsa, que estaba cursando el secundario en el Instituto Santa María, de Posadas. Estuvieron de novios durante cuatro años, “nos casamos y, gracias a Dios, tuvimos dos hijos”. Después se mudaron a Jardín América porque Kamada necesitaba un enfermero. “No sabía para qué, pero después alguien me dijo que me trajo para que hiciera la vacunación de los chicos de las escuelas, que en aquella época era algo muy riguroso. Era el encargado de hacerlo. Me daban la ambulancia, iba a las escuelas de las colonias, como Los Teales, Primavera, Las Quinientas, y les colocaba a los chicos las gotitas para la parálisis infantil, entre otras”, agregó, quien se jubiló en 1989, después de 33 años de servicio.

Cuando su hijo Juan Carlos Omar abrió la farmacia, Pablo hacía las inyecciones a los pacientes que necesitaban aplicarse. También lo hacía de manera particular, “pero con el tiempo fue dejando porque ya no le respondía el pulso”.

 

Matrimonio y complemento

Como Pablo era enfermero y Elsa, delegada del Registro de las Personas, “los hijos de Pablito” comentaron que su padre hacía nacer a los niños, y que ella, los casaba. “Cuando charlamos con los vecinos, nos dicen: ¿sabés que tu papá hizo nacer a mi hijo, y tu mamá lo anotó y después lo casó?”.

Destacaron que toda la familia siguió el legado del enfermero “porque en casa todos somos agentes de salud. Desde que nacimos estamos relacionados con el tema. De cuando éramos chicos recordamos que él hacía tratamientos fuera del hospital, venían a hacerse los inyectables, y esto era como una sala ambulatoria. Veíamos las desinfecciones de las jeringas, que no eran descartables sino de vidrio con agujas metálicas. Tenía una especie de caja para esterilizarlas, y tenerlas listas para los tratamientos. Nos fuimos empapando de chicos, viendo a diario su actividad”.

Aseguraron que esta rutina, “caló hondo en la familia. Mi hermano y yo fuimos a estudiar y nos recibimos de farmacéuticos. Además, Fernanda, una de las hijas de Juan, se recibió de farmacéutica, y la otra, Bianca, estudia medicina”, señaló Orlando, que se corrió hacia la parte hospitalaria. “Siempre me gustó la farmacia relacionada a la medicina. Me desempeño como jefe de servicio en el Hospital de Pediatría de Posadas -Parque de la Salud-, y manejo toda la medicación del hospital y la interacción con los pacientes”.

Confió que con su papá siempre charlan sobre el tema “porque él tenía la misma actividad que tengo hoy. Si bien pasaron los años, la dinámica, las relaciones interpersonales, son exactamente las mismas. La relación padres-paciente, familiar-paciente, profesional-paciente, los consejos, las indicaciones, los cuidados, el tratamiento”. En la mesa familiar de los Rodríguez, hablar de medicina es lo habitual cuando quizás otros se ocupan del fútbol o la política. Lo cierto es que los consejos de Don Pablo están vigentes a pesar del paso de los años. Juan Carlos Omar sostuvo que con el primer parto, su padre se hizo famoso. “La gente lo buscaba porque era muy buen partero. Al llegar a su primer destino, que era Colonia Polana, le avisaron que una paciente estaba con trabajo de parto y que el chico no podía nacer porque estaba de costado. A la madrugada, en medio de la tormenta, lo fueron a buscar de a caballo. El bebé estaba de nalga, él metió la mano, lo dio vueltas, y resolvió el problema en dos minutos. Con esa anécdota se hace conocido. Con una maniobra, acomoda al chico, y al otro día, Pablo era el héroe de la colonia porque salvó a la mamá y al pequeño”, expresó.

Evocó que en esa época era complicado porque no había traslado, comunicaciones, y Pablo “empezó a trabajar la confianza. Kamada le dijo quedate acá y yo vengo una vez por semana. El médico iba en un jeep para hacer las consultas semanales pero durante la semana era Pablo el que resolvía todo”.

Orlando añadió que sus padres “siempre quisieron que sigamos estudiando. No había muchas posibilidades. Empecé en Rosario porque acá no había farmacia. Eran otros tiempos. Era más complejo respecto a las comunicaciones, no había Internet, teléfono, mamá escribía una carta y la recibía a los quince días. Como los colectivos eran escasos, viajaba a dedo en algún camión que iba para Santa Fe”.

 

Uno de los primeros

Contó Elsa que cuando vinieron a radicarse en ese espacio, hace 56 años, “esto era todo monte”. La única calle era la avenida Libertad, y a la Iguazú se pasaba por el medio de la actual plaza, a través de un trillo. Todavía no estaba la iglesia Cristo Redentor, era una casita de madera, igual que la Municipalidad. Y desde ese predio, hasta el fondo, había una pista de carrera de caballos.

“Las calles eran un desastre, cuando llovía desde nuestra casa teníamos que ir hasta el predio de la iglesia por un caminito, porque no había por dónde pasar. La única casa que había era la de Kamada, un familiar del Dr., era muy linda, en medio del monte. También estaba el negocio de ramos generales de Milcíades Chamorro, donde nos surtíamos de todo. La sala era chiquita, de madera, en la misma ubicación que la actual, y al lado funcionaba el correo. La ruta 12 era de tierra, los camiones patinaban cuando llovía. Era horrible”, rememoró.

No había teléfono y carecían de electricidad. En el terreno en el que se encuentran las oficinas de EMSA tenían un motor para proveer energía pero a la medianoche hacían una seña -prendían y apagaban la luz- a fin de comunicar a los pobladores que el servicio se iba a cortar hasta el otro día. “Nos dejaban en la oscuridad pero afortunadamente teníamos un petromax”, dijo. Utilizaban el agua de pozo, que ahora lo tienen de adorno. Cuando se disputaba algún partido de fútbol, todos los jugadores hacían fila para poder saciar la sed. “Como tenía planteras sobre el borde, muchas veces echaron las macetas dentro del pozo”, acotó Elsa, entre risas.

Su cuñado, el exintendente de Jardín América, Antonio “Pocho” Lovello, le ofreció trabajar en el Registro de las Personas. Fue entonces que viajó a Posadas y la nombraron delegada. En esa tarea prestó servicios durante 30 años, hasta su jubilación. “Me gustaba porque era tranquilo. Primero hacíamos a mano las partidas de nacimiento que nos pedían cuando anotaban a los recién nacidos. Después se consiguieron dos o tres máquinas de escribir. Era un trabajo de locos, y todo eso llevaba mi firma. Ahora tienen un sistema más práctico, y se incorporaron más empleadas. Cada año se registraban 300 a 400 nacimientos, casamientos, porque se incluían también las colonias. Había mucho movimiento. Era la primera que se enteraba quien nacía, quien se casaba, quien moría, ahora no me entero de nada”, narró.

Los primeros tiempos, “ayudaba a mi hijo en la farmacia para no dejar de trabajar y quedarme encerrada de golpe. Ahora, con la pandemia, me acostumbré a estar adentro”.