Leonardo Enrique Britos: Antártida, con sabor a más

El oficial de infantería del Ejército Argentino permaneció por más de un año en el “continente blanco” hasta donde llegó como parte de la Campaña Antártica que lleva adelante esta fuerza armada. En el Sur, lejos de la pandemia, el posadeño se desempeñó como segundo jefe de la Base San Martín. El propósito fue abastecer a las bases y quitar la basura que se acumuló durante el año, para preservar el ambiente. Tras el merecido descanso, el joven hará pie en Neuquén y buscará repetir esta enriquecedora experiencia.

14/04/2021 17:22

Para Leonardo Enrique Britos (30), desempeñar el rol de segundo jefe de la base San Martín, en la Antártida Argentina, fue una experiencia enriquecedora, que lo dejó con inmensas ganas de volver. Como parte de la Campaña Antártica, este oficial de infantería del Ejército Argentino aseguró que no tuvo posibilidad de aburrirse, sentirse triste o extrañar, porque a las tareas asignadas intentó sumar conocimientos variados que, a distancia, ofrecían diversas universidades. Por poco más de un año, y a cinco mil kilómetros de Posadas, en casa lo esperaban sus hermanos: Florencia, Romina y Nicolás; mamá, Estela Horlak, y papá Carlos, quien, casi sin querer, transmitió a Leonardo su amor por el uniforme.

A tal punto llega el orgullo de padre que “sus amigos saben más de mi vida en la Antártida que yo. Y a quien se cruza en la calle, le dice que ‘Leo’ está de vuelta en Posadas o que ya volvió de la Antártida”, confesó. Mientras “recupera” el tiempo junto a su familia, el joven confió que su vocación se remonta a los años 1999/2000 cuando su padre, también militar, se desempeñaba como secretario del Círculo de Suboficiales del Ejército. “Todos los meses hacían una cena de camaradería, a la que siempre me llevaba. La institución tiene un pequeño museo con unos maniquíes disfrazados de militares (un granadero, un patricio y un antártico) y de chiquito me detenía frente a ellos. Siempre me llamó la atención ese uniforme naranja del hombre antártico, con la maqueta de un perro a su lado”, recordó.

 

Admitió que, de igual modo, del Ejército “yo mucho no sabía, más allá de haber volado en helicóptero y circular en los vehículos militares”. En 2008, cuando estaba terminando el secundario en la Escuela Normal N° 10, se abrían las inscripciones en el Colegio Militar. “Estaba con ganas de estudiar medicina, en Córdoba, pero, a último momento, cambié de idea, consulté a papá, que me aconsejó sobre el tema, y me acompañó a dar el examen en Buenos Aires, incluso antes de haber rendido el IFEI”, acotó.

Justo el 15 de enero de 2009, el día de su cumpleaños, Leonardo recibió la carta que confirmaba la aprobación del examen. “Estuve cuatro años estudiando en el Colegio Militar, me recibí como licenciado en Conducción y Gestión Operativa, y mi primer destino como oficial del Ejército fue Monte Caseros, Corrientes. El día uno, que es cuando se recibe un militar, se confecciona una ficha donde uno coloca los tres posibles destinos a los que le gustaría ir. Dejé constancia de mi aspiración de participar de una campaña antártica. Abajo, en un cuadro sintético, se enumeraban las aspiraciones que tenía a futuro”, expresó.

Es así que “desde el primer día venía solicitando a través de una nota que se eleva al Comando Conjunto Antártico, pero me faltaba cumplir con algunos requisitos: piden una cierta cantidad de años de experiencia, y cierta cantidad de cursos, que los fui completando. Después de estar cuatro años en Corrientes, me salió el traslado a La Plata, donde permanecí dos años, cumpliendo los años de servicio que necesitaba para ir a la Antártida”, agregó. Acercó la nota personalmente, cerca de marzo, y para diciembre, mientras se encontraba en un operativo de control de las fronteras, recibió la notificación tan esperada. “Me presenté el 6 de diciembre de 2018, que es cuando arrancó toda la vorágine, en el Comando Conjunto Antártico, donde todo el año se llevó a cabo el curso en el que se ven las cuestiones técnicas, tácticas, la parte teórica, y una etapa práctica que se hace en Cavihaue, Neuquén, que es el ambiente que más se parece a la Antártida. Ahí nos prepararon en cuestiones como escalada en hielo, marcha sobre glaciares, refugio, supervivencia, cuestiones que hacen referencia al destino”, añadió. Duró unas dos semanas, y a la vuelta de Cavihaue los dividieron por base. “En octubre de 2019, asignaron la base a la que iba cada uno. A mí me seleccionaron como segundo jefe de la base San Martín, mi jefe era un capitán, luego venía yo, otro teniente primero del Ejército, una teniente médica y, después, especialistas carpinteros, mecánicos, que se desempeñaban en la base”, enumeró.

Terminó la capacitación, y el 14 de febrero de 2020, salieron rumbo a la Antártida, cuando todavía nadie hablaba del COVID-19. Desde Buenos Aires los llevaron en el avión Hércules hasta Río Gallegos, luego a Ushuaia, donde se subieron al ARA Almirante Irízar, mientras el rompehielos estaba haciendo actividades de mantenimiento. Embarcaron el mismo día y tuvieron cuatro días de viaje hasta la base, situada en el Islote Barry o San Martín, navegando mar adentro. Llegaron el 19 de febrero y a partir de ahí arrancaron todas las actividades.

La semana siguiente llegó el mensaje indicando que se desencadenó la pandemia. Contó que, generalmente, a las bases antárticas viajan buques turísticos internacionales con el propósito de recorrerlas. “Justo estaba en la zona un buque chileno que solicitó por radio poder llegar a la base y como la normativa ya estaba circulando, le respondieron que no. Se suspendieron esas actividades y ya no tuvimos contacto con nadie. En verano, estuvimos aislados, y en julio, se congeló todo. Ahí podíamos salir de la base, fuera de la isla, para hacer nuestras actividades”, narró el segundo jefe.

Al encontrarse solamente con 19 personas, Britos, además de ocuparse de la documentación, la planificación y el control, también se desempeñaba en la carpintería, en los talleres o, bien, realizando tareas de interés general en las instalaciones o haciendo patrullas de reconocimiento a los refugios antárticos que hay en la zona. Se trata de refugios que, por lo general, se usan en invierno cuando se hacen estudios de glaciología, la flora, la fauna. Entonces, deben estar en condiciones de albergar personas en caso de alguna eventualidad o tormenta. Es que el clima es tan variable que quizás se sale por la mañana, y por la tarde se descompone, y uno ya no puede moverse. Esos refugios sirven para pasar la noche o los días que sean necesarios”. Se trata de una instalación pequeña pero con un intenso desgaste debido a los embates del clima que, por lo general, hace que se rompa el techo, que se vuele alguna ventana, entonces se envía una patrulla para ver en qué condiciones se encuentra, se anotan las novedades, y en otra instancia se vuelve con los artículos para efectuar la reparación. “Durante el año, entre otras cosas, repusimos alimentos que estaban vencidos, llevamos los víveres nuevos y traemos los viejos”, acotó. Después, se completaba con actividades de apoyo logístico a la Dirección Nacional del Antártico, ente que depende del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, que se ocupa de los estudios científicos.

Cargar las pilas

Britos tiene 60 días de licencia y buscará pasar el mayor tiempo junto a su familia, que recientemente sufrió un duro golpe con la partida de la abuela, Calixta Zamudio Duarte. “En mi hogar está todo diferente. Una semana antes de venir falleció mi abuela que, para mi cumpleaños, me decía en un video que me esperaba con las empanadas, que nos íbamos a juntar a comer, pero no aguantó. Así que los ánimos no estaban de la mejor manera pero estuve un año afuera y es como que vine a darle un poco de vida a casa. Acá me estoy acostumbrando al protocolo, al barbijo, más aún porque tengo a la otra abuela, Lorena Mücke, que también es paciente de riesgo, así que me cuido el doble”, comentó, con cierta melancolía.

Su próximo destino será Neuquén, que es donde solicitó prestar servicios. Estando allí, elevará nuevamente una nota para integrar otra Campaña Antártica en caso que se repita. Explicó que se hacen dos, la de verano, que es cuando el mar está descongelado, que se puede entrar a las bases con el rompehielos, y la de invierno, “que es la que hicimos, y dura todo el año. Vamos con toda la carga logística, a las distintas bases del Ejército (dos de ellas administradas por la Marina y una por la Fuerza Aérea) para abastecerlas de combustible, comida, lo necesario para el año, para afrontar el invierno, el verano, hasta que nos vienen a relevar. También nos ocupamos de quitar la basura que se acumula durante el año. Se junta muchísima porque no se puede tirar los desperdicios al mar o realizar el tratamiento, como acá”.

En un párrafo aparte el Oficial de Infantería, se refirió al Tratado Antártico, que se firmó en 1959 entre 12 países, entre los que estaba Argentina, y tenía su impronta desde la ocupación de la base Orcadas, que “nos pertenece desde hace 118 años”. Dijo que después de la Segunda Guerra Mundial se empezaron a ampliar las intenciones de explotar recursos en esta parte del mundo, y que, para evitar, una tercera guerra, se creó el Año Geofísico Internacional (1957) en el que se hizo un estudio de toda la antártida, hallándose cobre, petróleo, es decir, una infinita cantidad de recursos. Fue entonces en 1959 cuando se puso en funcionamiento el Tratado Antártico donde los 12 países firmantes establecían que la Antártida es un territorio destinado pura y exclusivamente a la ciencia, de manera que nadie pueda extraer recursos o contaminar su suelo. De hecho, existe una pena muy severa para la nación que establece una base y se dedica a otra actividad que no sea la ciencia.

El Tratado Antártico dura 50 años y se vuelve a renovar pero “nadie puede tirar la basura al mar, el aceite, o contaminar el suelo, entonces todo se junta en recipientes de 200 litros. Cuando va el buque se va replegando esos tachos una vez que pase la campaña de verano”. A raíz de un incendio, el rompehielos Irízar estuvo en desuso por varios años y durante ese tiempo no se pudieron replegar esos desechos.

Amplitud térmica

Sostuvo que al regresar al continente, el calor se hizo sentir. “Subí al Irízar con -22 grados de térmica, bajé en Gallegos con +18 y, acá, se experimenta más de 30. En menos de una semana la amplitud térmica varió en casi 40 grados”, graficó.

Rememoró que cuando al llegar a la base, durante las dos primeras semanas en las que debían aclimatarse, sentían muchísimo el frío con -11 grados. Después de dos semanas de frío, el cuerpo empieza a entrar en sintonía. “Pasamos el invierno con -40, -50 y ya no se sentía. Solamente cuando nos exponíamos mucho los dedos y las orejas se quedan con poca sensibilidad. Pero en el invierno, por lo general, se evitaba trabajar fuera de la casa. Se hacían actividades de mantenimiento, reparación, de algún sanitario que se rompía o un motor que funcionaba mal. En verano, cuando el clima permitía, salíamos a hacer las actividades afuera”, declaró el joven. Para lo que era inevitable salir y era el tiempo que más expuestos estaban, “era para hacer agua dulce en invierno. Teníamos que picar hielo cuando los bloques del glaciar se iban desmoronando sobre mar congelado. Los cargábamos en unos cajones para derretirlos y usarlos como agua dulce. Esa actividad se realizaba una vez a la semana y tardaba entre 1.40 a 2.30 horas, dependiendo del frío y el viento. Pero era una cuestión inevitable porque de lo contrario nos quedábamos sin agua. El agua dulce se derretía de manera sustentable, con el caño de escape que tenían los motores generadores, que pasaban debajo de un tanque con una serpentina. Ese calor hacía que se derrita el hielo que cargábamos en un recipiente de mil litros, y ahí recién despedía el gas. Esa era la manera que teníamos. Eso no había forma de enseñarnos anteriormente, porque sólo se aprende con la práctica”.

Lo mismo pasaba con el agua salada que se usaba para los sanitarios y la limpieza en general. “La diferencia era que en el mar congelado teníamos que hacer un hueco redondo, que costaba muchísimo porque el mar se congelaba a 60 centímetros o sea que era hielo puro. Se metía la bomba de agua salada, chupaba el líquido y lo enviaba a unos tanques que usábamos en la semana”. Cuando el mar se congela, se puede transitar a otras bases con la moto o en tablas, por varios días, pero cuando la situación lo amerita porque suele resultar peligroso. En todo ese tiempo, tenían sólo contacto radial. “Antes de salir al mar congelado, se hace un estudio de la superficie. Para la medición del pack se usa un taladro grande, con la punta diamantada. La varilla tiene 60 centímetros. Si al perforar, no sale agua, sabíamos que estaba bien. Si levantábamos la varilla y salía agua, sabíamos que estábamos a 30 centímentros del mar. Hay un cálculo establecido que dice que para andar con motos de agua, son 35 centímetros; para que descienda un avión, son 55, y 73 centímetros para que aterrice el Hércules”.

Paisajes fascinantes

Lejos de casa, a “Leo” le llamaron la atención “los tres meses de noche, y los dos meses y medio de día. “Navidad y Año Nuevo los pasé de día. Era una tarde luminosa pero a la medianoche. En invierno no sale el sol, y en verano no sale la luna. Nos despertábamos todos los días con una rutina, sobre todo en verano. Si uno no lleva en cuenta el horario, son las 22 y es pleno día. Entonces respetábamos los horarios. Arrancábamos a las 7.30 con un desayuno juntos, donde se coordinaba las actividades diarias. Cuando salía de la casa auxiliar en la que vivía, tenía que caminar unos 60 metros hasta la casa principal donde estaba el comedor, al sol lo tenía a mis espaldas, salía a trabajar y el sol estaba a mitad de recorrido, a las 15 en el otro extremo, y a las 18 estaba al norte. Durante todo el día giraba y uno perdía la noción del tiempo. Cuando llegaba el verano, aparecía el sol y la luna al mismo tiempo en las fotografías que tomaba en 360. Eso es impagable”.

Britos tiene intenciones de volver a la Antártida, y quizás lo haga como jefe de alguna base, aprovechando la experiencia que le dejó ejercer como segundo jefe. “Una base chica puede ser la Belgrano II, que es la más próxima al Polo Sur. Pero, allí el clima es muy hostil y no permite realizar muchas actividades en invierno. No se puede salir porque hay un glaciar que está al pie de la base. O bien, a la base Esperanza que es donde están las familias, hay una escuela, la radio. Es mucho más grande y completa. También podría ir como segundo jefe porque, por lo general, el jefe de base suele ser una persona más adulta. O a la base Carlini o ex-Jubany, que depende de la Dirección Nacional de la Antártida. Es la base de uso puro y exclusivo de los científicos, pero la administra el Ejército en cuestiones logísticas”, evaluó.