Luis David Rostan: con principios nobles y claros

Estudiante avanzado de geografía, abandonó la carrera para formar una familia junto a Ana María, “compañera en las buenas y en las malas”. De acuerdo a su filosofía, “no es necesario trabajar como esclavo, sino lo suficiente para vivir y darse los gustos”. Asegura que vive en “Tangamandapio”, en alusión a la ciudad mexicana de Jaimito, el cartero, el entrañable personaje de “El chavo del 8″.

22/03/2021 16:24

Luis Rostan se define rebelde, conformista y soñador, y se siente bendecido por las amistades que cosechó y por la gente buena de la que se rodeó siempre. Sabe hacer de todo pero, a la vez, nada específico. Una jornada puede sorprenderlo prensando ladrillos en la olería familiar, haciendo mecánica o acarreando fletes. Pero a todo le busca una solución, y para todo tiene la palabra exacta.

Nació en Leandro N. Alem pero desde muy pequeño se afincó en Corpus, pueblo del que no puede despegarse porque dice que en él están sus afectos y todo lo que necesita para vivir y ser feliz.

Siendo niño comenzó a vender diarios a los vecinos de la localidad. Y, al poco tiempo, con los ahorros, pudo comprarse una bicicleta. Pero el recuerdo más lindo que tiene de esa época es que todos los días podía saborear una bocha de helado. El empleo de “canillita” duró un par de años hasta el momento de ingresar al colegio secundario. Es que su padre, Luis “Luli” Rostan quería que su hijo asistiera a la Escuela de la Familia Agrícola (EFA) emplazada en San Ignacio, con programa de alternancia, donde “aprendí a hacer muchas cosas y gracias a eso hoy en día puedo ser el sustento de la familia, sobreviviendo con alguna plantación en la huerta, lechuga, cebollas, ramas de mandioca, aún cambiando de rubro cada tanto”, cuando lo aqueja el fuerte dolor de cintura.

“Desde chico, con papá, y un grupo de colaboradores, siempre hacíamos de todo: tuvo un taller mecánico, de chapa y pintura, y trabajamos en el monte. Confieso que desforestamos muchas hectáreas, aunque me daba pena cuando tumbábamos los árboles porque sentía la vibración de la madera en la motosierra, y veía la savia que chorreaba como pidiendo auxilio. Me daba pena porque era un ecosistema completo el que estabas tumbando. Pero es porque la sociedad de consumo necesita. Todos quieren su silla de madera, su mesa, leña para tomar mate o té, para todo eso se requería la madera que tumbábamos”, lamentó. Pero después de haber matado a tantos árboles, “me volví ecologista, no matamos ni siquiera las avispas. En el frente de la casa tenía un nido colgado por unos cinco años”.

Su papá falleció hace dos años y le dejó un camión con el que trabaja en la olería. “Era mi compañero de siempre. Me dejó las mejores enseñanzas e influencias que pude tener en todos los ámbitos de mi vida, como la música. Cuando era joven escuchaba mucho folclore, José Larralde, Facundo Cabral, ahora escucho a Marilyn Manson, ACDC, porque con el tiempo te das cuenta que casi todo es lindo, que no hay que cerrarse en una sola cosa”. Cuando quería abandonar la carrera de profesorado de geografía -le quedaron pendientes ocho materias-, “nunca me retó, me decía: ¡andá mi hijo, no seas así! Y a eso no te podés resistir. Por lo menos, si me hablaba mal, me podía hacer el retobado, pero de esa forma, ¡imposible! Hasta que apareció Ana María, que vivía departamento de por medio, intercambiábamos azúcar y yerba, surgió el noviazgo, y le dije que quería formar mi familia. Hace 18 años, dejamos todo -ella seguía geografía y nivel inicial-, y acá seguimos con mi compañera de las buenas y las malas. Más de las malas porque en esta vida donde sos un ‘hace todo’, en la que tenés cien oficios y mil necesidades, es difícil. Casi siempre falta más de lo que sobra, pero lo vamos llevando bien”, confió.

De esta “pareja de inconstantes” -como él mismo define- nacieron Luis (17), Gianni (14) y Génesis (12), con quienes “tratamos de hacer de todo, de continuar el legado de mi viejo. Tenemos una filosofía que es la que transmitimos a los chicos. Es que no se tiene que trabajar como esclavo, todo el día, sino que se tiene que trabajar para vivir, darse sus gustos, pero no ser esclavo del trabajo. Corpus es un pueblo chico, y lo que menos hay es trabajo, entonces uno tiene que rebuscarse, tratar de hacer de todo”.

Cuando Rostan egresó de la EFA, quería estudiar matemáticas y viajó a Posadas para inscribirse junto a su compañero, Sergio Rolón (fallecido). “En el camino él me dijo: ¿por qué no nos anotamos en geografía? en el Instituto Montoya. Y eso hicimos, y seguimos. Hice un año historia, uno matemática, hasta que nos acompañamos. Por suerte tuve siempre buenos padres (Luis Rostan y María Rosa Sersing) y buenos suegros (Víctor Puchalski y Daniela Verón) que nos ayudaron a hacer la casa y a salir adelante”.

Trabajó cinco años en la Dirección de Migraciones, en Puerto Iguazú, y cuando dejó ese empleo, hace unos diez años, se puso al frente de la olería. “Sentía que no pertenecía a ese ámbito o no lo merecía, y no estaba tranquilo. Vine a Corpus y no volví. Seguí con el camión y el trabajo en el monte por un tiempo hasta que incursioné con los ladrillos comunes. Los hago esporádicamente, voy alternando con mecánica y fletes, todo lo que se puede hacer, como la mayoría de la gente de Corpus. Vendo a la gente de la zona, son 100% artesanales, y no usamos caballo para dar vuelta el malacate, lo damos vuelta nosotros, porque es un trabajo familiar”, expresó.

Admitió que tiene un equino pero que “es un adorno de patio. Se llama ‘Jhon Parker’, y es un montado”.

Indicó que hacer ladrillos “es fácil, lo que es difícil es el trabajo porque es muy pesado. Consiste en conseguir tierra, mezclarla, cantear, encadenar, y hacer cubitos de barro. Es un proceso muy cansador, no tiene muchos secretos, quemás la tierra y vuelve a ser roca. Hicimos con todo tipo de tierra: colorada, de costa, negra, gris, y siempre salió lindo el ladrillo. Ahora estuve vendiendo el ladrillo a mitad de proceso (adobe) a mis colegas oleros. Ellos se encargaban de quemar, yo me ahorraba la mitad del trabajo porque lo hacemos entre nosotros, mi señora y mis tres hijos”.

Contó que daba trabajo a otras familias pero “como no se puede pagar mucho, en realidad no le hacés un favor a alguien si le estás dando un trabajo y le pagás demasiado poco, no me considero una fuente de trabajo. Busqué ayudar, pero no es lo que corresponde”.

Dijo que, de esta manera, “la gurisada hace su esfuerzo para tener unos pesitos, y comprar sus cosas. Génesis se compró la mochila y todos los útiles para la escuela. Todo gracias a que me ayuda en la olería, en mecánica, en los fletes, y acarreo de tacuaras para acondicionar hoteles, restaurantes. Tenía muchas ganas de cursar pero la pandemia se llevó las ilusiones”.

 

Donde el deporte es prioridad

Rostan sostuvo que “acá, en ‘Tangamandapio’, promovemos la actividad física. Dada la cercanía del Paraná, solemos hacer natación y remo con los chicos. Un par de domingos atrás, fue la primera vez que hicimos una travesía en kayak hasta la ciudad de Posadas. El que nos acompañó, Jaime Rostan, ya había experimentado algo similar desde Puerto Iguazú hasta Corpus. Queremos hacer una travesía larga el año que viene, queremos ver hasta dónde podamos llegar, quizás pasar la represa de Yacyretá en vehículo y seguir remando. Cada chico tenía su embarcación y chaleco y remábamos bastante, pero tuve que venderlas. Todas las tardes salíamos desde Puerto Maní hasta la boca del arroyo Ñacanguazú, que son unos veinte kilómetros ida y vuelta”.

Con un familiar, Ariel Kusiak, Luis hizo un viaje en bicicleta hasta Purmamarca, Jujuy, en el verano de 2016. “El calor era agobiante y éramos dos loquitos en la ruta”, acotó. Se largaron en bicicleta desde San Ignacio y completaron el periplo hasta Purmamarca en 22 días. La idea era llegar hasta el Machu Pichu, en Perú, y concluir el recorrido en 70 días, “pero no pudimos. Mi señora tuvo un accidente de tránsito al regresar desde Puerto Piray, de donde es oriunda, y tuve que regresar”.

Además, su hija Génesis sabe karate, jiu-jitsu, muay thai, “pero no pelea, somos anti-violencia, pero como todo es violencia, tenés que estar preparado. No se pueden mirar las noticias porque todo pasa por el robo, la violación”, lamentó.

Vida difícil

Su abuelo David Adolfo Rostan fue juez de paz de Corpus. Junto a su abuela, Elsa Meyer, “adoptaron a Luis, mi papá, a quien lo dejaron tirado. Y esa familia, le dio cariño, amor, educación, herencia y apellido. Siempre decía que padres son los que crían, no los que engendran por eso, al morir, quiso ser enterrado al lado de su mamá. Y así lo hicimos”.

“Uno extraña a la gente que no está, pero de eso se trata. Mi padre nunca me reprochó porque no me recibí. Una vez vino con cara de orgullo y me dijo, Luis, vos sos un monumento a la informalidad. Como todo padre quería verme progresar, pero ¿pero qué es progresar?, para muchos, comprarse un auto nuevo, tener aire acondicionado, los lujos, y para muchos esa no es la prioridad. La prioridad es educar bien a tus hijos. Pero es difícil educar en la sociedad en la que estamos. Y la verdad es que no sé si siempre fue así porque uno vive solo una vez. Tampoco los quiero aislar en una burbuja, van al colegio y cumplen con sus responsabilidades”.