Gladis Ludtke regresó a Alba Posse para ser “profeta en su tierra”

Era madre de cinco chicos cuando decidió terminar sus estudios gracias a la Educación Secundaria Abierta (ESA). Y enseguida abrazó su formación como docente. A los 38 años, orgullosa de sí misma, recibió el título de maestra. Por esas cosas de la vida, ya con un cargo, pudo volver a la Escuela de Frontera N° 614, donde de niña cursó su nivel primario, y donde continúa impartiendo sus conocimientos a los niños del Alto Uruguay misionero.

08/03/2021 17:22

En los confines de la Patria, allá donde las fronteras son sólo líneas en un mapa. En el interior profundo de Misiones, por picadas y senderos. En medio de una isla enclavada en el río Uruguay. Incluso en la espesura del monte o de una forestación, flamea en un mástil la albiceleste que nos hincha el corazón. Con un sol radiante de esperanzas se forma al futuro de nuestra Patria. Y allí están ellos, los docentes, los maestros, los profesores.

Seres humanos iguales a cualquiera de nosotros pero que por extraño designio del destino fueron bendecidos con un don: enseñar. Algunos de ellos nacieron y crecieron en el lugar, estudiaron en la misma escuelita en la que hoy ejercen. Durante sus años de adolescencia dejaron su pueblo para formarse “en la ciudad”, y volvieron con la misión inclaudicable de dar a su terruño parte de su propia existencia.

Gladis Ludtke es maestra en la Escuela de Frontera N° 614, allá en la frontera de la Patria, en Alba Posse. Su historia de vida es inspiración para cientos de mujeres aún cuando ella no pretenda serlo. Hija de una acomodada familia lugareña conformada por Elena Tibusch y Alfredo Ludtke, dejó sus estudios siendo apenas una niña/adolescente para casarse y formar una familia. Los devenires de la vida la llevaron lejos de su pueblo, de su familia, de sus afectos.

Tras la muerte de sus padres, siendo aún una jovencita, con tres pequeños hijos a cuestas se internó en la espesura del monte para sostener su hogar. Lavó ropas en los arroyos, cultivó su huerta, se capacitó en repostería, vendió toda línea de productos que por cartilla se ofrecían, siguió a su esposo como el mandato patriarcal de la época. Dejó girones de su vida en el esfuerzo por mantener a flote a su familia. Y un día, ya con cinco pequeñas bocas que reclamaban comida, decidió que era tiempo de hacer más de lo que ya hacía.

Uno de los programas recientemente implementados en la provincia y que llegaba al pueblo donde se había radicado (Concepción de la Sierra) le daba la oportunidad de cerrar una etapa de su vida: el Sistema Provincial de Teleducación y Desarrollo (SiPTeD). Y con determinación y ahínco culminó sus estudios secundarios. Los problemas económicos del país golpeaban a su puerta de una manera impensada. Sabía que no podía quedarse. Que sus hijos la observaban y que debía ella mostrar con su ejemplo el camino que quería para cada uno de ellos. Así abrazó su formación como docente en la Escuela Normal Superior N° 7 “Paula Albarracín de Sarmiento”, en Concepción de la Sierra. Otras mujeres, madres de familia, la seguirían después. A los 38 años, orgullosa de sí misma, se recibió como maestra, y cual capricho del destino, fue a cubrir una suplencia a una escuela de San Francisco, un pequeño pueblo cercano a su Alba Posse natal. Esto le permitió volver al hogar de su infancia. Instalar a su familia a su lado y recuperar parte de lo que sentía la vida le había quitado. Su dedicación, esmero, constante formación y vocación por los niños le permitieron la titularidad en un cargo en la Escuela de Frontera N° 614, donde de niña cursó su nivel primario.

El sacrificio vale la pena
La particularidad de los sucesos mundiales que a partir de marzo de 2020 llevaron a la humanidad a un aislamiento forzado, no fueron impedimento para que siguiera de cerca el aprendizaje de sus alumnos. A aquellos que no tenían conectividad, les acercaba con sus propios medios los cuadernillos y las tareas hasta sus hogares. Nunca le importó introducir su vehículo particular en picadas y senderos con el solo propósito de llegar a sus alumnos, porque para ella primero está la educación de los niños, la oportunidad que el conocimiento les pueda brindar. Porque ella, sobre todo ella, sabe en carne propia cómo el sólo hecho de tener una oportunidad puede cambiar la vida. Ella lo sabe, y trata denodadamente que sus alumnos continúen estudiando, continúen formándose, y que conserven por siempre ese inmenso amor al hogar natural. Allí donde falta un calzado ella busca el modo de proveerlo. Allí donde falta un abrigo ella hurga entre la familia, las amistades, los conocidos y trata de alcanzarlo al necesitado.

Ella es así, inmensamente solidaria, pero exigente en el aprendizaje. El reconocimiento de sus alumnos y de las familias se siente en cada lugar por donde transita, y ella no lo quiere, o le interesa, su orgullo más grande es saber que uno de sus niños decidió continuar con su formación.

Desde entonces, en su comunidad, vio crecer a niños y niñas, los vio quedarse y formar familias, los vio irse y no regresar jamás y vio a otros irse “a la ciudad” y volver al pueblo como profesionales, para hacer lo que ella hace día tras días, darle a su tierra tanto amor como recibe.

Sus cinco hijos son hoy profesionales (Adriana, Paola, Álvaro, Sabrina y Emilce) comprometidos con la comunidad en la que interactúan. Le regalaron ocho nietos (Camila, Lautaro, Iván, Helena, Brisa, Joaquín, Niko, Bruno, y uno que viene en camino), que son su debilidad. Rendirse es una palabra que Gladis jamás permitió que se pronunciara en la casa. Ninguno de ellos sabe lo que significa, porque tienen de ejemplo a una mujer resiliente, absolutamente comprometida con sus alumnos y con su profesión. “Si yo pude, no hay quien no pueda”, dice antes de navegar en los confines de su memoria y sus recuerdos.