Framing Britney Spears: la destrucción de una estrella

El recientemente estrenado documental de The New York Times deja en evidencia el trato sexista y misógino hacia Britney Spears, en los inicios de su carrera y durante su vida adulta. El rol de los medios y el objetivo de vender incluso a costa de la salud mental de la cantante. ¿De qué se trata el movimiento #FreeBritney?

02/03/2021 16:54

Dos concursantes se enfrentan en un popular programa de televisión de Estados Unidos. El presentador hace una pregunta y los participantes deben adivinar todas las respuestas posibles, ocultas detrás de una pantalla. La pregunta es “Qué perdió Britney Spears el último año” y las respuestas son “su marido”, “su pelo”, “su cordura”. El público festeja y se ríe ante cada acierto. En el prime time de la televisión, la alguna vez catalogada como “princesa del pop” es ridiculizada para el entretenimiento.

Esa es una de las escenas del documental “Framing Britney Spears”, producido por The New York Times, un fuerte análisis del ascenso y posterior caída de quien era llamada a ser la heredera del trono que ostenta Madonna.

Britney Spears fue una de las artistas más populares a fines de la década del ‘90 y en el inicio del nuevo milenio. Es la única mujer en la historia, hasta el momento, en conseguir que sus tres primeros álbumes debuten en el número 1. Vendió millones de copias alrededor del planeta. Todos vimos su ascenso a la fama, casi sin escalas. Y todos consumimos su caída.

El documental desnuda el sexismo y el agobio de la prensa frente a una estrella que terminó siendo presa de su popularidad y es algo incómodo de ver: con apenas 17 años, un entrevistador unas décadas mayor le dice que “todos están hablando de ellos…”. “¿De qué?”, le responde ella. “De tus pechos”, termina la pregunta el conductor ante la incómoda risa de la princesa del pop, una situación en la que todas las mujeres nos hemos visto: respondiendo incómodas, tratando de “mantener la compostura” para no ser catalogadas de “locas”.

Que un presentador adulto le pregunte algo de ese calibre a una adolescente da escalofríos en 2021, pero estaba totalmente naturalizado a fines de los ‘90.

Con esa misma lógica, en una conferencia de prensa le preguntan a la cantante si sigue siendo virgen, y ella responde. Ni siquiera es necesario detenerse en cuál fue la respuesta, la pregunta y su impunidad para hacerla es una muestra más de la máquina sexista, misógina y despiadada a la que entró Britney.

La cantante nació el 2 de diciembre de 1981 en Kentwood, Lousiana, Estados Unidos. Su madre rápidamente notó su potencial como artista y se dedicó a buscar una oportunidad para su hija en el mundo del espectáculo. A los 11 años la eligieron para formar parte del programa “The Mickey Mouse Club”, donde compartió pantalla con el hoy actor Ryan Gosling y los cantantes Christina Aguilera y Justin Timberlake.

Seis años después debutó como cantante en el número 1 con su primer sencillo, “Baby, one more time”. En medio de un ambiente dominado por bandas como Backstreet Boys o Spice Girls, la joven Britney se hizo paso y se transformó en un ícono para la cultura pop gracias al video musical de dicha canción donde aparece vestida de colegiala.

Esta escena despertó a una maquinaria misógina más preocupada por su manera de vestir, por su virginidad, por sus pechos, antes que por su música o su potencialidad como artista y bailarina. El documental es una prueba de ello.

En aquel entonces se puso de novia con Justin Timberlake, líder de la boyband N’Sync. Cuando su relación terminó dos años después, las miradas apuntaban a que Britney había sido infiel, razón del rompimiento. Se la señaló con el dedo mientras Timberlake sacó provecho y lanzó el sencillo “Cry me a river” (llorame un río, en castellano), en cuyo video aparece una modelo muy parecida a su exnovia y la canción habla de una infidelidad. No sólo eso: habló en programas de radio sobre la vida sexual con la cantante, palabras luego replicadas por los medios gráficos en sus titulares: “Quizá perdonemos a Justin Timberlake por la mala música si se metió en los pantalones de Britney”, decía un titular del Us Weekly por aquel entonces. Un escenario que asquea.

Las críticas al trato por parte de Timberlake llevaron al músico a pedirle disculpas luego del lanzamiento del documental. “Lamento profundamente los momentos de mi vida en los que mis acciones contribuyeron al problema, en los que hablé fuera de turno o no defendí lo que era correcto. Entiendo que me quedé corto en estos momentos y en muchos otros y me beneficié de un sistema que aprueba la misoginia y el racismo”, dijo el cantante en su cuenta oficial de Instagram.

“Específicamente quiero disculparme con Britney Spears y Janet Jackson, individualmente, porque me importan y las respeto y sé que he fallado. Me siento obligado a responder porque todos los involucrados se merecen algo mejor y porque esta es una conversación muy amplia de la que quiero formar parte”, comentó.

“Está diseñado de esta manera. Como hombre en una posición privilegiada considero necesario hablar públicamente sobre esto. Debido a mi ignorancia, no me di cuenta mientras estaba ocurriendo en mi vida”, añadió.

En 2004, tiempo después de la ruptura con Timberlake, se casó con el bailarín Kevin Federline, con quien tuvo dos hijos. Luego del nacimiento de su primer hijo, su mamá aseguró que su hija atravesaba una fuerte depresión pos-parto. Y en ese entonces, el acoso de los paparazzi era constante: en el documental se entrevista a Daniel Ramos, un fotógrafo. “Nunca nos dio ninguna pista o información que diera a entender que la molestábamos. Ni un ‘déjenme en paz’”, explicó Ramos en el documental para defenderse.

Sin embargo, el documental muestra un video donde Britney pide que la dejen tranquila. La entrevistadora del documental cuestiona al fotógrafo y repregunta: “¿Y cuando dijo: ‘Déjenme en paz’?”. Ramos no pudo dar respuesta.

El fotógrafo cuenta que las fotos de la princesa del pop llegaban a valer alrededor de 1 millón de dólares mientras más “casuales” fueran o se la viera a ella en situaciones embarazosas. Entonces la perseguían a todos lados y mientras peor estuviera, mejor.

La foto en la que se la ve manejando con su hijo en su regazo fue tapa de las revistas y bastaron para catalogarla como “mala madre”. Más tarde Spears explicó que, rodeada de fotógrafos y con su bebé llorando en el asiento trasero, decidió traerlo hacia adelante para poder irse lo más rápido posible y alejarlo de esa situación. Pero la imagen quedó y el juicio de valor, también.

En otra ocasión va camino a su auto con su bebé en sus brazos, rodeada de cámaras y fotógrafos cuando tropieza y hace un gran esfuerzo para que su hijo no se caiga. Otra vez tachada de “mala madre”, pese a que caminaba rodeada de cientos de personas con cámaras apuntándola.

El matrimonio con Federline terminó en 2007 y en 2008 perdió la custodia de sus hijos. Debió ingresar a rehabilitación en varias oportunidades sin un ápice de intimidad, con helicópteros que sobrevolaban su casa para obtener la foto de la estrella en la camilla, un tesoro preciado para las revistas de entonces.

Esto refleja cómo trataban la sociedad y los medios a la salud mental a mediados de la primera década de los 2000. Es aquí donde llegó el punto límite: se la vio rapándose la cabeza (y fue otra vez ridiculizada por los medios) y golpeando un auto con un paraguas, enojada por el acoso, y frustrada porque no había podido ver a sus hijos tras una visita a la casa de Federline. La imagen, otra vez, fue tapa de revista. Todos la vimos sacada pero nadie vio la frustración, el cansancio, la desesperación.

En ese contexto y con el objetivo de resguardarla y proteger su patrimonio, la Justicia norteamericana le otorgó a su padre, Jamie Spears, su tutela. Inicialmente, ese acuerdo tenía una duración de un año, sin embargo pasaron casi 13 y sigue vigente. Debido a él, Britney Spears no sólo no puede manejar el dinero que ganó (y gana) sino que no puede ni siquiera manejar un auto, quedar embarazada, casarse, usar redes sociales, dar entrevistas hablando de la tutela ni viajar (entre otros) sin pedir permiso a su tutor, en este caso su padre, una figura ausente en los primeros años de actividad artística para la cantante.

En uno de los únicos videos en la que se la ve hablando del tema asegura que “si no estuviera bajo las restricciones en las que estoy ahora me sentiría tan liberada, como yo misma” y, entre lágrimas, dice “estoy triste”.

La figura de la tutela estuvo bajo escrutinio en el último año, principalmente por una movida de los fanáticos de la cantante que se preguntan por qué la medida lleva tantos años. Fue así que nació el #FreeBritney, una consigna que fue ganando fuerza hasta convertirse en un movimiento que reúne a los fans de la artista, quienes piden una salida a la tutela en la que se mantiene.

Sucede que los tribunales normalmente aprueban una tutela cuando una persona es demasiado anciana o está mentalmente incapacitada para manejar sus propios bienes. Periodistas y fanáticos sostienen que es “inusual” una medida tutelar en una persona joven y productiva como la artista.

Tiempo después de su caída, ya bajo la tutela de su padre, la cantante volvió a los escenarios con un nuevo álbum, videos y hasta un show en Las Vegas, con un importante éxito. Hasta que todo se frenó en 2019. Y no fue a causa de la pandemia. Por lo poco que se sabe, Britney se encuentra peleando por salirse de la tutela y quiere evitar que su padre siga manejando sus finanzas. Es más, aseguró que no volverá a actuar mientras su padre siga siendo el tutor.

Este es otro de los temas que analiza el documental. Una última audiencia puso al frente de su patrimonio a un banco de inversiones, un pedido de la cantante. Su padre debe compartir el manejo de más de 60 millones de dólares.

En uno de los videos en los que se ve a Britney joven, en los inicios de su carrera, ella se identifica como “tímida” y habla de su sueño de formar una familia y de seguir cantando pero haciéndolo como algo extra, en sus tiempos libres. Un sueño despedazado por la industria insaciable, misógina y sexista y la ambición desmedida.

 

Por Rocío Gómez