El mundo incinerado

Emilce Strucchi es narradora y poeta, Lic. en Psicología (Universidad de Belgrano, Argentina), Psicoterapeuta Cognitiva y Magister en PsicoInmunoNeuroEndocrinología. Hace tiempo está investigando sobre el Idioma del Cuerpo en mujeres escritoras.

26/10/2020 10:54

Emilce Strucchi

“El mundo incinerado”, de Emilce Strucchu, es una novela narrada por una escritora protagonista que busca angustiosamente el argumento para un libro y esa búsqueda la lleva, en movimiento pendular, hacia una interioridad que se va tornando independiente de su voluntad y cada vez más enfermiza, mientras construye una línea argumental con sus personajes.

En ese camino incierto y casi desquiciante, encuentra trozos de memoria, retazos de realidad interna.

Por otra parte, sin perder por completo la cordura, contacta intensamente con pedazos de realidad externa, un mundo a punto de desaparecer junto con la humanidad, un amor apasionado, ella misma… y la narradora trata de darle sentido a ese caos.

Como de algún modo lo anuncia la autora: El mundo incinerado representa una incertidumbre completa, adentro-afuera-en todas partes.

Y la protagonista, en el límite de sus fuerzas, se enfurece con esa trama que pierde y encuentra en forma constante en un discurso que no se detiene. Hasta que abandona a los personajes y el proyecto que estaba creando para ir en busca de algo más placentero.

Y nos deja en cierto modo con un interrogante, un secreto implícito: ¿qué hubiera pasado si ese argumento que buscaba se hubiera concretado? ¿Si esa mujer, Teresita, que tuvo ese padre, Alfonso, y vivió presa de una época que llega hasta la actualidad, hubiera tenido éxito?

¿Hubiera podido poner el mundo a salvo en la novela? Aún otro interrogante subyace en el texto: ¿hay alguna realidad dentro de la cual se puede salvar al mundo, nuestro mundo? ¿Hacia dónde vamos y en definitiva qué sabemos, además de la certeza de la muerte?

Así se construye esta obra, como representación de una vida y a la vez del caos planetario, guiada por la cita de Samuel Beckett: desconozco las preguntas y a cada segundo me brota alguna de la boca. Creo saber qué es. Es porque el discurso no se detiene, este discurso inútil que no corre por mi cuenta, que no me deja ni una sílaba más cerca del silencio.