“Sueño con devolverles algo de todo el esfuerzo que hicieron para que juegue al fútbol”

La historia de Gonzalo Valdivia (19) es pura superación. Ya con 17 años recaló en Banfield y su familia llegó a vender arroz con pollo para costear la prueba. Hoy es sparring de Primera y sueña con afirmarse en Reserva.

13/09/2020 12:13

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    SOSTÉN. Gonza, en el medio, con su mamá María y sus abuelos, Miguel y Gertrudis. Los obstáculos no pudieron con la ilusión de toda la familia.
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    Gonza, a punto de jugar el clásico ante Lanús.
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    El posadeño, en pleno entrenamiento, marcando a Nico Bertolo, de la Primera de El Taladro.

Los pasos de Gonzalo Valdivia (19) están marcados para siempre en la canchita del barrio, al lado de la casa en la que se crió. Y así como sus pies quedaron estampados a pura gambeta en el potrero, también quedaron grabados los pasos de su abuela por las calles de tierra del barrio Santa Rita, que caminó aquel invierno detrás del sueño futbolero de su nieto.

Moneda a moneda, porción tras porción de arroz con pollo. Mucho de carencia, pero mucho de amor para suplir -y con creces- lo que faltaba. Ese es el detrás de escena de la vida de Gonza, que hoy forma parte de la Cuarta de Banfield y pelea por su lugar en Reserva, mientras vive el sueño de ser sparring y compartir la cancha con los players de Primera de El Taladro.

“Mi mamá y mis abuelos son los que estuvieron siempre y me dieron la posibilidad de vivir este presente. Yo sueño con devolverles algo de todo el esfuerzo que hicieron para que juegue al fútbol. Quiero darles una mano para que vivan mejor”, se ilusiona el jugador posadeño a EL DEPOR. El fútbol también es sacrificio, familia y oportunidad.

 

Gonza, ¿cómo arrancaste a jugar al fútbol?

Empecé a jugar muy de chico. Yo nací y me crié en la casa de mis abuelos, en el barrio Santa Rita. Tenía una cancha al lado, así que siempre iba a jugar con los más grandes. Ahí me cag…. a patadas y pelotazos, así que ahí aprendí mucho a bancarme de todo, a hacerme duro. Y se ve que mi abuela y mi mamá vieron eso y dijeron ‘vamos a llevarlo a un club’. Cuando tenía 6 o 7 años, me llevaron a Guaraní. Yo arranqué como loco.

Era la época que en las inferiores estaban Guaraní Blanco y Guaraní Rojo. A mí me metieron en el Rojo, me dieron la diez y la cinta de capitán (se ríe).

 

¿Jugaste siempre en Guaraní?

Jugué en el club hasta los 12 o 13 años. Y ahí tuve que dejar un año porque se complicaba un poco todo para pagar la cuota mensual. Mi abuelo afila sierras, y mi abuela y mi mamá son amas de casa, entonces no alcanzaba, no teníamos mucha plata. Y bueno, así pasé a Mitre, que me dieron una beca. Estuve un año y medio y pasé a Reserva. Y enseguida el entrenador Abel Kinyerski me pasó a Primera. Todavía me acuerdo el debut, contra Sporting de Santo Pipó, en una final. Fue un momento especial.

 

¿Y cómo se da lo de Banfield?
Ya para ese entonces yo tenía casi 17 años. Mi sueño siempre fue jugar al fútbol, pero viste que a esa edad ya sos grande para irte a probar a Buenos Aires. Igualmente yo nunca bajé los brazos. Y un día se acercó un amigo de la familia, Lucas Núñez, al cual le tengo un gran aprecio. Él había hablado con Eze Da Silva, con el que ahora estamos entrenando en Nápoles durante el aislamiento. Y me consiguió la prueba en Banfield… Eso fue en junio de 2017…

 

El comienzo del sueño…

Sí, sí, pero ya de entrada no fue fácil, porque había que juntar la plata para ir. Encima la pensión estaba bastante cara. Una semana costaba como 10 mil pesos en esa época, así que imaginate. La cuestión es que juntamos la plata con mi mamá, mi padrastro y mis abuelos. Era ir allá y jugármela toda. Si hasta pedí permiso en la escuela y no me lo quería dar, me dijeron que iba a repetir el año, pero me fui igual. Iba detrás de un sueño y tal vez era mi última oportunidad.

¿Y cómo te fue en la prueba?

(Se ríe)… Y para colmo, la primera semana llovió todos los días, así que los profes me dijeron que me quede una semana más. El tema es que había que juntar más plata y a mi mamá no le alcanzaba. La cuestión es que estuve dos semanas más. Fue un esfuerzo muy grande para mí y para mi familia, mi abuela hasta salió a vender arroz con pollo para pagar. Recuerdo que en un momento nos quedamos sin plata y yo la llamé a mi mamá. Ella se largó a llorar. Yo le dije que ya estaba, que ya había cumplido el sueño de probarme, que me volvía nomás a Posadas. Pero ella no paraba de llorar.

 

¿Y pudiste solucionarlo?

Al día siguiente, fui al entrenamiento y hablé con mi profe, le dije que me tenía que ir porque no tenía más plata. “No, no, no, quedate dos o tres días más, que voy a hablar con los técnicos”, me dijo. Ahí él habló con Julio Barraza y el Flaco Bilos. Ahí estuve casi un mes entrenando con Sexta, después en Quinta y luego con la Cuarta. Gracias a Dios, me fue rebien y un día vinieron Barraza, Bilos y el Chelo Bustamante, que entonces dirigía la Cuarta. “Te conseguimos pensión, sos una gran promesa y vemos el sacrificio que hacés”, me dijeron. Yo no lo podía creer. Eso del sacrificio yo siempre digo que tiene que ver con que, cuando llegué, me habían dicho que estaba muy flaco, que había chocado con uno y me había hecho volar. Y yo desde ese primer día, terminaba de entrenar, dormía 20 minutos y me iba al gimnasio. Creo que ellos vieron todo eso y lo valoraron.

 

¿Qué te pasó por la cabeza cuando te dijeron que habías quedado?

Uhhhh (se emociona)… Empecé a lagrimear. Encima mi mamá había organizado para ir a Buenos Aires a buscarme con mis abuelos, porque no sé cómo habían conseguido quien los lleve. Ellos tres son los que estuvieron siempre. Cuando llegaron allá, no sabían nada. Así que les avisé y fue una emoción tremenda. Y bueno, ahí empezamos con todos los papeles, con el tema del colegio, que repetí nomás y tuve que hacer el año de nuevo allá (se ríe). Después de esa noticia, los tres volvimos a Posadas porque ya era diciembre. Y cuando llegué, en el barrio me esperaban con un cartel que decía “Felicitaciones por lo que lograste”. Todo fue algo muy lindo, como si fuera una película.

 

¿Cuál es tu actualidad en Banfield?

Ya van a ser dos años y medio que estoy en el club. Ahora estoy en Cuarta, pisando Reserva. Gracias a Dios me pude asentar y agarrar confianza. Pude hacer muchos goles y asistencias. Y en septiembre del año pasado hice dos en el clásico ante Lanús, que ganamos 2-1. Ese día fue inolvidable. Lo más loco fue que terminó el partido, todos nos felicitaron y ahí se me vino a la cabeza mi familia, esos dos viejos y mi mamá. Y me largué a llorar…

 

¿Ya entrenaste con la Reserva?

Sí, sí. El técnico es Hugo Donatto. Uno se pone nervioso, pero los propios jugadores te dan mucha tranquilidad. Igual que los jugadores de Primera. Ahora estoy en el grupo que hace de sparring de la Primera y me tocó hacer reducido con Renato Civelli, Jesús Dátolo o Corcho Rodríguez. Ellos te aconsejan, te dicen que estés tranquilo. Ahí entrenamos bajo las órdenes de Hernán Crespo.

 

¿Se nota la diferencia de categoría?

Sí, el nivel es diferente, es otra cosa. Es muchísimo más rápido el juego. Además, jugamos siempre en canchas muy lindas, en las que realmente tenés que estar muy nervioso para equivocarte. Además, cualquier error ahí se paga muy caro, casi que no hay margen.

 

¿Tenés fecha de regreso a Buenos Aires?

Por ahora no tenemos fecha de regreso. La Primera ya volvió, pero no el resto. De todas maneras, nos dijeron que tenemos que entrenar a full porque, si falta uno, a los primeros que van a llamar van a ser a nosotros. Mientras yo sigo entrenando en Nápoles y vía Zoom, que ahora nos agregaron doble turno, para volver con todo.

 

¿Qué es el fútbol para vos?

Depende como lo mires. El fútbol, en sí, para mi es diversión, me relajo y es la cura de todo. Porque vos estás mal, pateas una pelota y se te pasa todo. Pero también lo veo como una oportunidad, como una puerta. Por eso me levanto y entreno todos los días, para tener mi oportunidad o al menos intentarlo.

 

¿Cuánto tiene que ver tu familia en todo esto?

Mi familia, todo. No la cambio por nada. Ellos son el sostén y los que me dieron la posibilidad de vivir este momento. De cada uno de ellos tengo una imagen que siempre se me viene a la cabeza. De mi abuela, que era la que cuando me levantaba, me esperaba con el mate cocido y el pan para darme pilas. Yo abría los ojos y ella ya tenía todo listo para mí. Y ahí ya venía mi abuelo, que tenía los botines preparados para llevarme al club. Y mi mamá era la que se encargaba de hablarme, de darme consejos. Los tres siempre iban conmigo a la cancha.

 

¿Qué sueños tenés con el fútbol?

Mi sueño es debutar en Primera y tenerlos a ellos tres, que me siguieron desde chiquito, ahí. Yo sueño con devolverles algo de todo el esfuerzo que hicieron para que juegue al fútbol. Yo sé que como familia, ellos no quieren, pero me gustaría darle unos lujos. Yo tengo en claro que el dinero no compra la felicidad, pero sueño con darles una mano para que vivan mejor. Sueño muchísimo con eso, con hacer un gol, que estén en la tribuna y poder abrazarlos. Ojalá pueda cumplirlo. Sin dudas, ese va a ser el momento más feliz de mi vida.

 

“Ojalá podamos verlo en Primera”

Protagonistas especiales de la historia de vida de Gonzalo son Doña Gertrudis y Don Miguel, sus abuelos, quienes también hablaron con EL DEPOR sobre el presente y el futuro de su nieto.

“Yo siempre le decía a su mamá que tenía buen pie, que teníamos que acompañarlo. Y él se ponía los botines y ahí nos íbamos caminando, siempre contento, siempre entusiasmado. Era una alegría verlo jugar”, recordó Miguel.

“Nosotros queríamos que gane siempre. Yo le decía ‘papá, vos tenés una pierna que vale oro’. Y un día le prometí que por cada gol le iba a pagar 50 pesos. Al otro día, hizo tres goles. Y ya no queríamos que metiera más”, se ríe Gertrudis, quien no tardó en emocionarse al recordar todo el camino que lleva recorrido Gonza: “me da mucha emoción porque él siempre me decía que iba a salir adelante por la familia. Y yo siempre le dije que tenía que cumplir su sueño, que tenía talento. Es mí ídolo. A mí nunca me gustó el fútbol, pero por él recorrí todas las canchas de Posadas”.

Miguel (68) y Gertrudis (66) saben que el tiempo pasa y nadie es eterno. Por eso, piden al cielo cumplir con su sueño: “ojalá podamos verlo jugar en Primera. Va a ser la conclusión de todo esto, de salir a vender arroz con pollo, de buscar ese granito de arena para que él pueda hacer lo que más le gusta”.