Jorge Eduardo Marcial Cancino: “Rula”

No se ata a estilos ni géneros, aunque tiene preferencias. Puede hacer blues y componer una baguala. Puede amar la espontaneidad del jazz y disfrutar un tango. Adora los tambores y también escucha Bach.

22/07/2020 18:33

Caminaba la vida con una guitarra al hombro, siempre. Que la llevaba como se carga una cruz, dijo… Se corrigió enseguida “no… como, como una balsa”. Una pequeña balsa a la que se aferró en las tempestades, en la que se apoyó para vivir las pequeñas glorias cotidianas. Se dio cuenta que era su norte cuando la perdió. Porque un día perdió su guitarra, lo tuvimos. Lo tenemos.

Rula… una guitarra que es balsa y bahía. Perdió guitarra, casa, amor, sentido, el día en que desvalijaron el lugar de puertas abiertas, con confianza, para los amigos, el tibio hogar en que vivía con su pareja. Tuvo que regresar con las manos vacías. En camión hasta Capioví. Un chofer misericordioso -Nochebuena de 1996- lo invitó a subir al ómnibus y lo trajo hasta la puerta de la casa familiar.

Con vergüenza, sin regalos, sin poco más que lo puesto, a las doce menos cinco de un 24 de diciembre. Había perdido todo… le dolía la guitarra ausente. Sólo entonces supo que era la nave que marcaba itinerario y puerto, cada día.

Buscar un puerto
Encontró los oídos comprensivos de don Ramón Lorenzo Marcial Cancino y de María Ruiz de la Paz, sus papás. Retornaba a la casa que lo vio nacer el 16 de octubre de 1965, benjamín de una familia de cuatro hermanos mucho mayores: Rosa, maestra, más madre que María por entonces, la que convirtió sus cumpleaños en fantásticas celebraciones en el barrio.

Abría las ventanas del frente y la transformaba en teatrino donde los títeres hacían la delicia de los invitados y los circunstantes: el canillita, el que vendía picolés. Rosa, la que le leía cuentos y aventuras, la que le puso en un bolsillito del alma la semillita del arte; Beatriz -Betty- Carlitos -hoy arquitecto y artista plástico- ; Daniel, músico, aplicado a los ritmos del altiplano y a la milonga campera sureña, profesor de danzas nativas, radicado en La Plata.

Los orígenes
Rula -chiquito, moreno, la cabeza encendida de rulos- creció con padres muy grandes -“llegué de sorpresa”, ríe- y hermanos muy mayores. Reservado y atento. Papá punteaba un poco la guitarra y tocaba tangos y canzonettas italianas. Mamá nostalgiaba la patria lejana con guaranias y chamamés.

Don Ramón jugaba al ajedrez con sus colegas de armas -era gendarme telegrafista- en tanto escuchaban a Julio Sosa, Gardel, Goyeneche. Los hermanos protagonizaban “asaltos”: sonaban Los Beatles, Rollings, quizás “Música en Libertad”. Era época de peñas y festivales. Mucho folclore de acá -Los Junqueros, Ricardo “Nene” Meza-, y de allá -Los Quilla Huasi, los Chalchaleros, Atahualpa, José Larralde-.

En casa había guitarra. No había más que puntear, probar, experimentar. Rula celebraba a los Hermanos Tacunau. Soñaba ser como ellos. Descubrió las infinitas posibilidades del instrumento con uno de los Rychluk y conformó a los doce años una pequeña bandita con Roli Forcado, Landy Martínez y Nelson Mendoza. Estrenaron en una velada de la Asociación de Maestros.

Llegó la adolescencia, la escuela secundaria, y de pronto, la tristeza… una especie de extrañamiento, de vacío. Dictadura militar, recogimiento. Ya no sonaban los instrumentos. Los amigos -él también- se dedicaron al fútbol, pero no se sentía parte, no pertenecía a ninguna “tribu”. El chico se enamoró de la chica, hija de un gerente de banco, transferido. Sintió que le desgarraban el alma, que “murió la vida. Ya nada interesaba demasiado. Así culminó quinto año.

Pensar futuro
Había que irse, mirar afuera… ¿habría algo fuera del pozo de la tribulación y la desgana? Sí: La Plata, donde estudiaban sus hermanos varones. ¿Hacer qué, si no le gustaban la ingeniería, la medicina, el derecho? Recordó cuánto le importó saber qué decían Bob Dylan, Bob Marley, Los Beatles en su poesía. Fue por el traductorado en inglés. No se recibió, pero pudo dar sentido a esas letras, saber qué transmitían.

Un día, tuvo hambre. De verdad. El dinero que se enviaba no alcanzaba para tres. Alguien tendió una guitarra y ofreció un sándwich de milanesa por un tema bien ejecutado. Así fue el reencuentro.

Quiso que fueran “Los herederos de Matungo”, no quería estar “delante”. Se sentía parte, como los demás, a su altura. Pero los amigos lo bautizaron “Rula y los de la esquina”.

La Plata fue siempre lugar de descubrimientos. Conoció figuras -Jethro Tull-, bandas -Génesis- . Llegó al teatro. Recordó las clases de chico, en el barrio, y le pareció que ahí podía acomodarse, que era lo suyo. El destino lo puso frente al inmenso talento de Cristina Banegas, quien le ofreció becarlo si se trasladaba a Buenos Aires, para formarse en su escuela.

Hizo teatro para niños -Teatro San Martín, la Manzana de las Luces-. Probó el zapateo americano. Estaba buscando quién ser, cómo sentirse cómodo en sus zapatos. ¿Bastaría esa manera de vestir, los tiradores? Cristina Banegas, lectora de almas, se atrevió a decirle que lo que pugnaba por hacerse no era un actor: era un músico. Que tenía que rescatar su amoroso respeto por la guitarra… que eso iba a bastar.

Buscó los lugares de epifanía de la música: sótanos, barcitos, espacios consagrados, bastiones. Mucho rock, mucha resistencia. Y un día, el blues. Se le abrió la cabeza: estaba cerca… una música que se hacía a veces en colectivo doloroso, exultante, agónico, victorioso.

El blues que hizo visibles, audibles el dolor y la alegría negra de los negros, y con su cadencia, sus figuras, fue creciendo, penetrando, albergándose en rincones selectos hasta subir a los escenarios del mundo.

Él era un poco eso: el que buscaba manifestar sus angustias, sus carencias, sus dolores. Empezaba a identificarse, sin abandonar otros estilos, otros géneros.

Así llegó a Botafogo. Miguel era un guitarrita que reía. Rula siempre había visto ejecutantes circunspectos, tristones, tal vez un poco engolados, quizás forzando un rol. Miguel no. Botafogo Vilanova era la música de ese instrumento. Pero no regalaba nada. El misionero lavó copas, platos, pisos para costear las clases con el maestro.

Eso fue bueno: trabajaba en las noches. El día era todo para él: para bucear, experimentar, aprender. Limpiar fue también una gran lección: hay que limpiar el entorno y limpiarse uno: los prejuicios, los dolores, el miedo, la culpa, los resentimientos. Las clases en la pequeña academia de Rula empiezan con “todo limpio”: nada debe perturbar el tiempo del encuentro, las búsquedas, el aprendizaje. A veces se limpia sin trapo ni escoba: se limpia charlando.

Cuando todo empezaba a acomodarse: un pequeño hogar, la mochila liviana, trabajo -el que le gustaba hacer- una historia de a dos, otra vez el vacío… literal esta vez: la casa arrasada y detrás el cataclismo del espíritu.

Buscar anclajes
Volvió. A la casa vieja. A los paisajes de infancia. A la comprensión de los padres… a su balsa. Tenía que demostrar que podía ganarse la vida, mientras curaba las heridas recientes. La guitarra fue mapa. Tímidamente, en el “patiecito de atrás”, nació la escuelita de Rula. La limitante era que el maestro no había estudiado el lenguaje musical.

El ritmo, la armonía, los acentos, los compases, lo atravesaron nomás, porque él fue energía fresca que los recibió. Desde el principio recomendó: “Ustedes estudien música, yo les abro la puerta y muestro el camino por donde ir”.

Tuvo un largo año para conocer a ese padre otrora lejano: había vuelto y estaba ahí para escuchar, y para hablar. En tanto, en casa de amigos, en su propio reducto, ensayaba y permeaba el nacimiento de su primera banda pueblerina.

Quiso que fueran “Los herederos de Matungo”, por el personaje aquel -un poco perturbador- de nuestras calles. Pero los amigos -todos- bautizaron “Rula y los de la esquina”… no quería estar “delante”. Se sentía parte, como los demás, a su altura. Ponía guitarra, voz y le quedaba el largo camino de dejarse envolver por la potencia de la percusión -bongós,

tambores, cajas…- y otras cuerdas -cavaquinho, charango, requinto- teclados… pero eso vino después. 1998 fue el año de demostrar a don Ramón Marcial Cancino que el hijo menor había buscado y había encontrado. Se había hallado. La música –toda: blues, jazz, rock, bossa, samba, folclore y folclore fusión, y la esencia… Clásica- iba a ser puente, herramienta y destino.

En la tierra colorada “estaba su bahía”, entonces optó por viajar, pero siempre volver. A pedido de su madre, convirtió la casa en una “Escuela de músicos” y se dio el gusto de comprar muchas guitarras para los niños que recibe y no tienen instrumento.

El padre, que tal vez memoraba su Catamarca natal, se fue apagando despacito, mientras escuchaba al hijo que había llegado como una sorpresa cuando él pisaba los cincuenta y doña María de la Paz, la paraguaya, los cuarenta y cinco… mientras oía a los discípulos. No dijo demasiado.

Sabía que Rula ahorraba para volver a la ciudad, para hacerse un profesional de verdad. Cuando se fue, 24 de enero de 1998, Rula -que tenía pasajes y proyectos- leyó desconcierto en los ojos de su madre. Se miró con heridas aún por cerrar, con cuestiones muy suyas por resolver, y tomó la decisión: acá estaba su bahía. Podría ir y volver. Giras, contratos, encuentros. Música en las playas, en escenarios varios y en las cárceles…

Tuvo una década y media para dejarse acompañar por esa señora de pocas palabras que conocimos sentadita en la galería, con sus vecinas, con los amigos de los hijos, mientras hacía con los alumnos lo que antes- porque nunca planificó ser eso que definitivamente sería: músico- desestimó: estudiar y enfatizar: es necesario.

Salió mucho. Solo y con su banda. Ahora escucha las primeras grabaciones en su escuelita y sabe que suenan mal, pero también que fueron el primer peldaño del glorioso tiempo de los intentos. Que un músico se hace con perseverancia, con insistencia, escuchando, ejecutando, pero sobre todo estudiando y observando los entornos, los testimonios que dan sentido a lo que se hace.

Viajó. Llevaba su música dentro (y al hombro, su balsa) y la nutría de lo nuevo, de lo hondo. El sur de Venezuela, Colombia, nuestro norte. Todo el litoral brasileño -mucho tiempo de gira por Brasil-. Mucho dejarse sensibilizar por nuevos ritmos, otros instrumentos. Partía y regresaba.

Un día su madre le dijo que la casa era suya, pero que debía convertirla en una “Escuela de músicos”… después se fue, callada como era, dejando mandato.

Cumplir anhelos
Rula convirtió la vieja casa que seguro guarda ecos de la infancia de todos en un pequeño punto de luz, sonidos, cultura. Siempre ahí, esa forma descontracturada, risueña, blanda, gozosa pero también exigente, rigurosa, de su maestro, Miguel Botafogo. El respaldo de los primeros alumnos, que él califica de “tremendos músicos”. El primero, Guillermo Benítez. Con él se hizo Roberto Báez. Hubo “camadas” chamameseras, folcloristas, rockeras.

Al menos ocho profesores “con título”, por aquello de superar al maestro para no traicionarlo. Desde el primer día, Darío Cáceres, para brindarse a niños cada vez más pequeños. Mucho conversar -limpiar, le llama Rula- mientras se escucha, se ejecuta, se intenta, se corrige, se concilia, se armoniza.

Comparten meriendas: pan y mermeladas caseras que traen los padres, mucha fruta, muchos licuados, para que la recomendación “hay que estudiar” se embeba de lo dulce, de lo sano, de lo fresco, y se haga misión.

Rula no se ata a estilos ni géneros, aunque tiene preferencias. Se abre. Puede hacer blues y componer una baguala. Puede amar la espontaneidad creativa del jazz y disfrutar un tango. Adora los tambores, donde sea.

Al final de un día largo enciende unas velas y escucha Bach en tanto sueña cómo va a quedar su “juguetería para músicos”… se dio el gusto de comprar muchas, muchas guitarras, para el Rula niño, que no tuvo la adecuada, para tantos chicos que recibe y no tienen instrumento. ¡Oh, cuando la tenga terminada!

Lo ilusiona la posibilidad de que chicos de diferentes barrios se conozcan, intercambien experiencias, aprendan a quererse hermanados por un lenguaje universal, el que conoció, la música.

Es que hace poco dio inicio a un proyecto humilde pero ambicioso: colaborar desde su disciplina a la integración de niños con autismo. La inquietud partió de amigos con hijos autistas que investigando se dieron cuenta que esta problemática que afecta a cada vez mayor número de niños encuentra en la música un puente de vínculo, un camino posible para la integración.

La música ligada a los colores. Por eso, con terapeutas de distintas disciplinas -psicopedagogos, psiquiatras, psicólogos, fisioterapeutas- Rula y los profesores que se van a sumar a su “Escuela de músicos”, están avanzando en un lindo proyecto de abordaje de esta condición especial, que se va a desarrollar acá, en Eldorado, en Foz de Iguazú, los puntos en que nuestro protagonista desarrolla su labor, para recibir a chicos de San Pedro, San Antonio, Iguazú.

Mientras gesta esta iniciativa, avanza con otro anhelo: que la Música, la posibilidad de cantar y de tocar un instrumento, llegue a los barrios. Rula renueva energías después de recitales y presentaciones andando en bicicleta, un poco al garete, por los barrios, preguntándose cómo será la vida ahí. Como podría ser él, ahí. Mientras pedalea, imagina, proyecta.

Así nació la idea “Música en la escuela”, para los chicos del barrio Malvinas. Pero llevar instrumentos se hace complicado si no se tiene móvil. Cuando advirtió que la iniciativa prendía, con posibilidades, hizo la oferta a la Dirección Municipal de Cultura y pidió colaboración a algunos empresarios para sostener el trabajo en un escenario accesible e ideal: la Casa de la Cultura. Lo ilusiona la posibilidad de que chicos de diferentes barrios se conozcan, intercambien experiencias, aprendan a quererse hermanados por un lenguaje universal que le habla a las emociones…

En la bahia
La vieja casa de don Ramón Lorenzo Marcial Cancino y doña María Ruiz de La Paz, la de Rosa, Betty, Carlitos, Dani y Jorge Eduardo, se está transformando…

Cobija el “Salón Bob Marley”, ambientado con luces, veladores, grandes velas: el “Rincón Osvaldo Pugliese”; la “Avenida Abbey Road”, marcada en el suelo para llevarnos al espacio del rock y del blues. Un Deck “Mercedes Sosa”, el “Pasaje León Gieco”; el privilegiado “Salón Ramón Ayala”, sala de lectura con piano, mucha luz natural. Atrás el “Patiecito Flaco Spinetta, con su rayuela-cohete -el del Capitán Beto- marcada en el piso, y el “Círculo de Quintas” -Matemáticas y Música- con un “Do” orientado hacia Iguazú. Alberga también el “Mirador Gustavo Ceratti, Zona de promesas”.

Adentro, muchos muchos cuadros de figuras señeras -Duke Ellington, Atahualpa Yupanki, Mercedes Sosa…- para que los chicos pregunten y después indaguen.

¿En qué rincón selecto reposará Rula para aprender francés y celebrar a Edith Piaf, flaneur de las calles parisinas, otra generadora de sueños? ¿Dónde compartirá con sus alumnos la historia del nacimiento y la evolución de su banda, desde la predisposición de Darío Anders, Carlitos Stuber, hasta la probada fidelidad Julián Gschaid, en batería y Darío Cáceres, en bajo? ¿En qué pequeño espacio recordará a la hermana -Rosa-, que cuando abría la ventana con los títeres estaba convocando un destino de arte-darse para el pequeño, aferrado ya a la balsa segura de los afectos?.

Verónica Stockmayer