Alois Klöster el lechero de Villa Urquiza

Aunque Santiago Javier Klöster (57) no tiene recuerdos nítidos de su abuelo Alois, porque falleció cuando tenía apenas un año, los constantes relatos de Santiago, su padre, calaron hondo y permitieron que este técnico electromecánico posadeño, recopilara datos y editara un libro con la historia de sus antepasados, para compartirlo en familia. Después de varias idas y venidas, el trabajo se concretó casi en concordancia con los 121 años del arribo del protagonista.

20/05/2020 11:13

130 descendientes. Alois Emir Klöster, nacido en febrero, fue el último integrante de este árbol genealógico.

El escrito fue presentado en sociedad en diciembre de 2019 ante un centenar de parientes, algunos de los cuales pudieron acceder por primera vez a datos concretos sobre la llegada, permanencia y aportes que hizo este agricultor para engrandecer a la Argentina.

El autor contó a Koa´pe que su papá siempre hablaba de su Entre Ríos natal. Concretamente de un pueblo denominado Santa Anita, colonia fundada por alemanes del Volga, hasta donde llegaron sus abuelos en 1899. “Todo lo que me contaba, me inspiró a escribir esta historia”, a la que bautizó: “Alois Klöster, humildad y grandeza. Un inmigrante ruso del Volga”. Lo concreto es que el abuelo Alois, tenía 9 años al llegar a Argentina, donde lo anotaron como Antonio. Aquí conoció a Ana Elisa Schenffedl, con quien se casó siendo muy joven, pero la abuela falleció dejando a sus hijos aún pequeños. Es por eso que contrajo segundas nupcias con Juliana Alles. Residió en Posadas y se desempeñaba como repartidor de leche en la zona de Villa Urquiza, por donde se movilizaba en un carro polaco y era muy conocido en los alrededores.

Si bien Javier no conoció a Alois, con el paso de los años sus tías y tíos le entregaron algunos documentos, como el pasaje del barco cuando llegaron en 1899 a la Argentina. Entusiasmado con esta experiencia, viajó a Paraná, Entre Ríos, en ocasión de haber tramitado la ciudadanía alemana, en busca de partidas de nacimiento y actas de defunción. También hizo averiguaciones en el Museo del Inmigrante, en Buenos Aires, y consiguió reunir información sobre el tema. En ese lugar existen archivos en enormes libros donde se anotaba a todo el que ingresaba y salía, y el camino que seguía. “A esos libros solamente los pude observar ya que no permiten que se los toque y menos hojearlos para ver datos”, contó.

Después de un tiempo, esta recopilación, que le demandó unos diez años de búsqueda de datos, fue presentada durante un encuentro familiar en el que se reunieron casi 100 parientes, “aunque faltaron muchos”. Es por eso que junto a su compañera, Rosanna Alegre, y a sus hijas: Yamila, Melany y Giuliana, Javier planifica el próximo paso, que será una reunión mucho más grande, con la presencia de familiares de Entre Ríos y Santa Fe. Es que “sólo del abuelo Antonio hoy somos 130 descendientes. Sin contar las esposas de cada tío o primos o esposos de tías y primas”. Otro sueño es poder viajar a la zona de donde vinieron sus antepasados.

Uniendo el rompecabezas

Javier manifestó que al madurar la idea de hacer una breve historia de familia, varios de sus tíos estaban con vida pero que cuando se decidió avanzar y concretó el trabajo, ya no quedaban protagonistas directos de la trama. “Dedico esta reseña a las queridas tías Beba y Maruca y a mi amada madre Lidia, nueras del abuelo Antonio, que es el partícipe necesario, del que tomé sus vivencias como punto de partida y con quien se inicia ésta, nuestra gran familia”, añadió.

Indicó que la mayor parte de los aportes surgieron de las ricas conversaciones que mantuvo con los tíos Juan, María, Juliana, Antonio y papá Santiago, que, “debido a mi curiosidad siempre me contaban historias por ellos vividas, anécdotas en ocasiones simpáticas y otras, no tanto”.

Según el registro de Javier, el barco “Aachen” que trajo a Alois zarpó de Alemania el 23 de diciembre de 1898 y llegó el 23 de enero de 1899 al puerto de Buenos Aires. Y fueron conducidos al Hotel del Inmigrante, sobre avenida Antártida Argentina, en la zona de Puerto Madero.

Era un país totalmente desconocido para él, como para sus padres: Ignacius y Ana Margaret Kühn, y hermanas, Elizabeth (11) y Anna (6), costumbres e idiomas que nunca antes habrían escuchado, sin recursos materiales ni económicos, sólo una bolsa de esperanzas de un mundo mejor y donde hubiera paz.

“Para entender al menos un poco lo que movilizó a estos audaces a cruzar el océano solamente con el pasaje de ida, busqué repasar brevemente los sucesos de aquella época”, dijo Javier, al tiempo que calificó de “al menos, respetable, ese coraje sin límites”.

Escribió que corría el año 1890 en una congelada Rusia a orillas del río Volga (ciudad Sarátov, pueblo Sminorfa, cuando el joven matrimonio de Ignacius Klöster y Ana Kühn, traía al difícil mundo al segundo hijo.

Catalina II la Grande -de princesa alemana a duquesa rusa- había seducido a jóvenes agricultores alemanes a colonizar las orillas del Volga ofreciéndoles 10 hectáreas de tierra virgen, más dos adicionales por cada hijo que la pareja diera a luz en esas tierras. Serían ciudadanos rusos pero se les aseguraba respetar el idioma y las creencias religiosas, además estarían exceptuados de tremendo servicio militar obligatorio que debían prestar los varones de 18 años, y que duraba 2 años.

Cuentan de esa parte de la historia que cavaban túneles en la nieve de más de tres metros de espesor, y en esas cuevas de hielo armaban chozas de madera (semijankas) porque era la única forma en que se podía aguantar el largo invierno casi sin alimentos y ni un tipo de infraestructura adicional. Aún así comenzaron a cultivar la tierra, pero las promesas fueron incumplidas y murieron más de 7.000 inmigrantes. Fue luego que se comienza a hablar de emigrar.

Bajo engaños

En los años 70 del siglo pasado, se inició una emigración de alemanes del Volga hacia los Estados Unidos y Canadá. Si el agricultor debía dejar su patria para adquirir nuevas tierras, le era lo mismo cruzar el océano. Brasil hacía mucha propaganda en busca de nuevos colonos. Prevenidos por la experiencia dolorosa anterior enviaron emisarios. Al volver con nuevas noticias, se reunieron y decidieron la emigración en grupos de 300-400 personas. Después de la cosecha vendieron sus bienes, y adquirieron en Sarátov sus pasaportes.

El día antes de la partida se congregaron en la iglesia del pueblo para recibir la última bendición de su sacerdote o pastor. Así, varios centenares de emigrantes abandonó para siempre Sarátov. Ocho días más tarde llegaron a Bremen esperando la partida del barco. A sus reclamos les contestaron con picardía que de ahí un barco pequeño los llevaría a Río de Janeiro. ¿Quién de nuestros antepasados conocía la geografía americana? Mientras tanto en la Argentina había sido promulgada la ley de Colonización, bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda para poblar el país. En Bremen los agentes argentinos se combinaron con la agencia, vendiéndoles pasajes a Buenos Aires. Un engaño que más tarde daría frutos.

El viaje en barco fue agradable. Llegando cerca del puerto de Buenos Aires, dándose cuenta del engaño, no quisieron desembarcar. Finalmente las autoridades optaron nuevamente por la astucia y los contactaron con colonos que habían estado en el Brasil, los que les informaron que el vecino país no tenía tierra para sembrar trigo, como buscaban. Convencidos que Brasil no les era conveniente, decidieron quedarse y fueron llevados a Diamante, Entre Ríos.

Destino trágico

El 1 de mayo de 1914, nació Rosa, la primogénita de Antonio y Ana. Después le siguieron Antonio, Ángela, Juan y Santiago. A los dos meses la abuela queda embarazada nuevamente, y fallece en el parto siguiente, cuando Santiago tenía apenas 11 meses. “Los partos en absoluta precariedad eran muy comunes en la época, y decían que fue una hemorragia que terminó con la vida de la abuela seguida de la niña que nació y murió a las pocas horas.

Contaba una de las tías, que es algo muy duro, pero que es parte de la historia, que cuando el abuelo ve ese terrible cuadro toma a la bebé en brazos e inicia una cabalgata al pueblo más cercano, Concepción del Uruguay. La nena fallece en ese ínterin y fue sepultada en el campo sólo Dios y el abuelo sabían dónde”, explicó Javier.

Después de quedar viudo, con cinco hijos, Alois comienza una nueva etapa de su vida junto a Juliana Alles (22), de la misma Colonia Santa Anita. Como si fuera poco, sus plantaciones de trigo fueron atacadas por mangas de langostas provocando un daño muy importante en la producción, lo que le provoca un estado de depresión.

Viajó a Misiones con unas personas que venían hacia la tierra colorada y le aseguraron que había mucho trabajo en la plantación y cosecha de yerba mate. Una vez en Posadas conoce a Emilio Gottschalk, un alemán ya arraigado en la zona que poseía grandes extensiones del producto madre y un importante comercio y ferretería sobre la avenida Uruguay. Alois vuelve a Entre Ríos e inmediatamente inicia la travesía de regresar a Misiones con su familia, allá por 1937.

Tardaron tres meses en arribar en tres carros polacos (uno de ellos estuvo por muchos años en el patio de la casa de Javier). Es que viajaban por algunas horas y luego se reunían para armar una especie de campamento para el descanso.

Una vez en la capital misionera, la familia se instaló en el campo de Gottschalk y los tres muchachos comenzaron con la tarefa sin tener idea de para qué servía esa misteriosa planta. Alois trajo unos pocos pesos de la venta de lo que tenía en la colonia de Entre Ríos, y con eso compró una hectárea en el barrio de Villa Urquiza, a unas dos cuadras de la plaza actual, donde se instaló con su nueva esposa, madre de Luisa, Julia, María y José.

En ese lugar el abuelo emprendió un almacén de barrio, criaba gallinas y tenía algunas vacas que cuidaba y ordeñaba. Además de la ricotta que elaboraba Juliana, que era muy buena cocinera, todos los días salía a vender la leche en la zona en uno de sus carros. Rápidamente se fue vinculando con los vecinos inmigrantes, como el caso de Schweikart, que tenía una florería, y Schwegler, un almacén de ramos generales.

Se afincaron en Posadas y ya nunca regresaron. Alois falleció en 1963 a raíz de una descompensación cardíaca pero dejó una descendencia de personas de bien y con valores, entre ellos, numerosos profesionales (médicos, abogados, técnicos, escribanos, integrantes de las fuerzas, kinesiólogos). “Ellos vinieron con una valija y un montón de sueños, buscando un mejor futuro. Nosotros tenemos que seguir su legado”, sintetizó Javier, orgulloso de sus raíces y del rescate de una parte de la historia que pudo concretar para compartir entre los suyos.

Día del alemán del volga

El 15 de abril de 1975 se conformó la primera comisión de descendientesde alemanes del Volga en Crespo (entre ríos) y fue electo presidente Víctor Popp. El objetivo era preparar los festejos del centenario de la llegada de esta corriente migratoria al país y dar el verdadero nombre a la colectividad. Se determina que corresponde a “Alemanes del Volga” por la simple razón que mientras esta gente vivió en Rusia, en las márgenes del río Volga, conservó férreamente su idioma, su fe y cultura de origen, por ello tal denominación. A partir del 15 de abril de 2010, a través de un Decreto del gobierno de Entre Ríos, se reconoce y celebra formalmente el día del “Alemán del Volga”.