Ariel Silva, el servidor público al que todos agradecen

Vivió en Villa Svea y concurrió a la centenaria Escuela Nº 84, de Oberá. Luego, parte de su familia emigró a Buenos Aires, y más tarde, su madre, viajó a Estados Unidos en busca de nuevos horizontes. Luis y dos hermanos más, siguieron sus pasos. Si bien extrañan la tierra colorada, agradecen la acogida del país del Norte.

12/05/2020 09:18

Después de ver en televisión como la cifra de muertes y contagios por el Coronavirus se acrecienta en los Estados Unidos, Luis Ariel Silva (43) viste su uniforme y extrema los recaudos para cumplir con su tarea de recolector de residuos. Mientras está en casa, teme salir, como ocurre a muchos, pero una vez en el lugar de trabajo se cubre con una coraza de optimismo y esperanza, y enfrenta la jornada.

Y así todos los días, desde las 3 de la madrugada. Pero esa situación de agobio y desconcierto que produce la pandemia es redimida, en parte, por los agradecimientos que tanto Luis como sus compañeros reciben a diario. Su familia siente mucho miedo, pero está orgullosa de él y de la labor de cumple en este país doblegado por el COVID-19.

Luis nació en Oberá, vivió en Villa Svea y concurrió a la Escuela Nº 84. Es el más chico de cinco hermanos: Antonio (enfermero y docente), Liliana (artista plástica), Omar (tornero) y Roberto (analista de sistema). “A lo mejor mi infancia fue con muchas carencias pero, sin lugar a dudas, éramos felices”, comentó a la distancia. Cuando tenía nueve años, sus padres se divorciaron y los cinco hermanos empezaron una nueva vida en Temperley, Buenos Aires. “Fue difícil, pero estuvimos protegidos, y seguimos bendecidos por la madre que nos tocó, Juana Alicia, una verdadera leona. Somos todo lo que somos, gracias a ella. Es, sin lugar a dudas, la mejor mamá del mundo”, aseguró, orgulloso.

“Mi trabajo es considerado esencial y también de primera línea de contagio. Es difícil llegar a casa y que tus hijos no puedan ni tocarte por miedo, mientras vemos que los muertos se cuentan a miles, diariamente. Es muy angustiante. Mucha gente te agradece de distintas formas porque saben el riesgo que corremos al estar tan expuestos”.

Allá por el 2001, después de terminar el colegio secundario, hacía planes para empezar la facultad. “Pero era muy difícil vivir acá, así que en junio de ese año viajé a Miami. Mi mamá (reside en Coral Gables) ya estaba aquí, trabajando, había alquilado un departamento. Para mi todo era emocionante. Trabajaba lavando autos. Se ganaba muy bien en ese trabajo. Hasta que llegó el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 y sentimos mucho miedo. El primer avión chocó a las 9 de la mañana y para el mediodía la ciudad estaba desierta”, recordó.

Luis intentaba adaptarse a esta nueva vida, como muchos otros argentinos que llegaban desde distintas provincias. Y también a la llegada de los huracanes. “En 2005, con la temporada ciclónica llegó Frances, que era enorme. Después, aparecieron otros hasta que hizo su entrada, Wilma, que destrozó Miami, pero en agosto llegó Katrina, un verdadero monstruo. Cuando llegan los huracanes es difícil contar qué es lo que se siente”, manifestó.

Agregó que ese año, mientras trabajaba en al carwash, venía una chica y pedía que él le lavara su auto. “Tenía también otros clientes pero mi jefe me decía: la gringa pregunta mucho por usted. Hasta que un día me dijo hoy es mi cumpleaños, la llame y ahí empezamos. Con Ann estamos casados hace 14 años y somos padres de Hannah (11), Allison (9) y Mathew (7)”, celebró, quien reside en Tampa, Land O’ Lakes, a una hora y media del Universal Studios y Disney Wold.

“Hannah, mi hija más grande, que habla poco español pero toma mate, fue bautizada en Oberá. Este 2020 teníamos pensado ir a Misiones para bautizar a Matthew y Allison, pero llegó el covid-19, y todos los planes cambiaron”.

Cuando contrajo matrimonio, logró legalizar su situación y pudo conseguir un buen empleo. Reconoció que si bien, manejar los camiones recolectores de basura de la cuidad, es un trabajo duro, recibe una buena paga. “Empecé manejando camiones regulares, luego otros que son residenciales, y ahora hago comercial, que implica aeropuertos, puertos, hospitales, hoteles, lugares a los que se puede tener acceso sin molestar porque el camión hace mucho ruido cuando uno trabaja. Se empieza muy temprano, me levanto a las 2, y a las 3 estoy en movimiento”, dijo.

Generalmente ingresa a los hospitales, que son los lugares más complicados, y son controlados permanentemente. “Con una pistola láser te controlan la temperatura del cuerpo. Desinfectan el camión. Cuando entras pasas como por una ducha y cuando salís, repiten el procedimiento. Todos los días nos repiten por radio o el supervisor nos pide que tengamos cuidado, que tratemos de tener el menor contacto posible con la gente, y tratamos de cumplirlo porque es para nuestra seguridad, es lo único que nos puede proteger”, contó.

Entre tanta incertidumbre, guarda en su retina cosas agradables como el saludo de los enfermos a través de los ventanales, o los mensajes de aliento que les dejan sobre los tanques de basura. Todas las semanas les entregan una o dos cartas de agradecimiento como la publicada en la página 2. “Nos dicen que saben lo difícil que es trabajar estando tan expuestos. Por ejemplo, el día que mandaba este audio veía en la televisión que en la Florida se habían producido mil contagios, y se anunciaba la muerte de más de mil personas. Es algo terrible. En mi trabajo se gana muy bien pero en este momento es muy difícil. Cuando estoy en casa siento un poco de miedo, pero cuando llego al trabajo, se me va. Soy consciente de eso. Pagan muy bien pero tiene sus riesgos”, insistió.

“Considero a los Estados Unidos como una gran nación porque me dio todo: esposa, tres hijos, bienestar con cimientos firmes para un futuro. A pesar de eso, siempre estoy pensando en mi tierra roja. Nunca voy a dejar de hacerlo y cuando pueda, y Dios crea oportuno, regresaré a Misiones, mi lugar en el mundo. Ahí está papá (Fermín Silva), al que espero, la vida le regale muchos años. También mi hermano Antonio, muchísimos primos, sobrinos, tíos, a quienes espero poder abrazar cuando todo esto termine.”

Confió que se levantan containers que están arriba de los once mil kilogramos y cualquier equivocación puede resultar grave. Y cuando uno trabaja con basura, hay miles de cosas que pasaron por miles de manos. Entonces hay que tener mucho cuidado. Es algo que me gusta hacer, además ya estoy acostumbrado porque lo hago desde hace casi diez años. En ese tiempo trabajé con un solo argentino que era de Tierra del Fuego. Hay de todos los países, pero muy pocos argentinos”.

Comentó que a su alrededor escucha comentarios alentadores sobre nuestro país, respecto de cómo encararon el tema de la pandemia, “que hicieron las cosas bien, y rápido”. Donde reside Silva, la cuarentena no es obligatoria, “entonces la gente hace lo que quiere: si querés salir, salís; las playas están cerradas pero si querés salir a caminar, lo hacés. Hay gente que usa guantes, barbijos y otra que no. El 80% no respeta. Hay veces que cuando nos ven vestidos así, tan protegidos, te miran raro.

Creo que mucha gente no le da la importancia que tendría que darle, por eso hay tantos contagios. Eso sí, éste es un país que a nosotros nos dio todo. Pero estas cosas también hay que pasarlas. Espero que sea rápido”, imploró, al tiempo que subrayó que el 60% de los que se mueren en Nueva York está compuesta por “latinos y personas de color, porque debido al empleo que poseen, deben estar en la primera línea”. Pero la gente agradece. Luis admitió que la primera vez que una mujer se le acercó y le agradeció por el trabajo que realiza, se emocionó mucho.

“No me salían las palabras porque no estoy acostumbrado a que me den las gracias por lo que hago. Fue en el hospital de los soldados veteranos, donde hacen los test. Cuando fui a recoger los tanques de residuos, un grupo vestido de blanco, se puso a aplaudir. Había algunas enfermeras que se emocionaron y a vos también te emociona. Hay gente de los restaurantes que te dejan un sobre arriba del tanque y cuando lo abrís, te agradece por haber ido a recoger la basura”, reseñó.

Sostuvo que la forma del americano “de decirte gracias es dándote propina, esa es su cultura”. Por ejemplo, si le gustó la atención de alguien que trabaja de mesero, le va a decir gracias y le va a dejar una propina exagerada. En el caso de los recolectores, muchos le dejan escritos sobre los tanques, otros los esperan para entregar el sobre, otros les dejan barbijos, y “cuando ves esas cosas, te emocionan mucho. Al menos a mi, me emociona mucho. Cuando uno sale a trabajar y te encontrás con esas cosas, se te cruzan un montón de sensaciones”.

Días grises

Cuando sucedió lo de las Torres Gemelas, Luis estaba recién llegado. “Habían pasado unos cuatro meses y trabajaba en el carwash. Abríamos a las 9, y al rato llegó una patrulla y el policía, con voz entrecortada, nos dijo que teníamos que irnos porque Estados Unidos estaba siendo atacado. El que vive acá desde siempre sabía de qué se hablaba, pero yo no podía salir del asombro al escuchar eso, miraba para arriba, buscaba de donde podía provenir el ataque, y ver al policía en ese estado, me resultó chocante”.

Añadió que con sus compañeros “llegamos a un centro comercial que vendía televisores y todos estaban mirando lo que pasaba. Nos sentamos en el piso y vemos cuando el segundo avión choca la torre Norte. Mucha gente se largó a llorar desconsoladamente, no me voy a olvidar. Me doy vuelta y veo a dos policías, que son enormes, llorar en silencio, les corrían las lágrimas. Una imagen que no me olvido más”.

Después, “nos pidieron que nos vayamos. Mientras manejaba, los aviones caza pasaban a vuelo rasante de a tres, así fue como una semana. Era algo terrible, algo que no me imaginaba. Ver como se caían las torres por TV era terrible. No podías estar en la calle, empezaron a chequear todo”.
Además de su madre, sus hermanos Liliana y Roberto también residen en Estados Unidos. Omar es el único que se quedó a vivir en Buenos Aires.