Crisis COVID-19, impacto socioeconómico: el efecto dominó

La crisis que originó la pandemia afecta a tres dimensiones: psicosocial, socioeconómica y sociosanitaria. Estas actúan interdependientemente y son cruciales para poder comprender y/o gestionar los efectos que las medidas de afrontamiento tienen sobre personas, grupos o sociedades.

10/05/2020 11:49

Explicamos antes la dimensión psicosocial, analicemos ahora la dimensión socioeconómica.

¿Cómo funciona la socioeconomía?

Cualquier sociedad puede explicarse a partir de dos elementos: por un lado, la dependencia que tenemos como individuos para la superviviencia y el desarrollo (somos seres sociales), y por otro, las formas específicas de organización social que creamos (o cultura). Dentro de esas actividades de la cultura humana, el trabajo tiene fundamental importancia ya que rige gran parte de nuestra relación con el mundo. En socioeconomía, el mercado de trabajo incluye desde los procesos de producción, manufacturación, comercialización y distribución de los bienes, hasta las normas y leyes que regulan su funcionamiento.

¿En qué medida afecta esta crisis a la socioeconomía?

El mercado del trabajo y el comercio ocupa la mayoría del tiempo y esfuerzo humano, define nuestros proyectos educativos, parte de nuestra identidad, nuestra función y estatus en la sociedad, y los recursos para satisfacer nuestras necesidades materiales e inmateriales. En el mundo moderno y globalizado, el sistema económico es complejo y altamente sensible a los cambios. Si tenemos en cuenta que estamos ante la más grave crisis económica -según el FMI y otros organismos-, podemos anticipar algunos escenarios de consecuencias severas.

La amenaza sanitaria ha obligado a tomar medidas restrictivas que han alterado las formas de actividad e interacción social, modificando profundamente la organización de la economía local y global, visible por ejemplo en el cierre de sectores comerciales, el teletrabajo, el confinamiento, el distanciamiento social, etc.

Uno de sus efectos inmediatos es el elevado endeudamiento. El parón de la actividad económica ha supuesto la pérdida o reducción de ingresos en la población, y ha obligado a particulares, empresas y gobiernos, a tomar deuda para mantener sus estructuras de funcionamiento (consumo, alquileres, gastos de instalaciones, pagos a proveedores y servicios, pago de salarios, ayudas fiscales o servicios sociales asistenciales, entre otros).

En muchos casos el endeudamiento ha sido récord; USA aprobó la mayor deuda jamás emitida en la historia, la UE negocia planes sin precedentes para que los países miembros tomen deuda pública, y decenas de países están solicitando vías de financiación para hacer frente a la emergencia. En este contexto, la mayoría de los sistemas económicos se han vuelto o se volverán – a diferentes escalas- más frágiles e inciertos.

Lo particularmente grave es que si las economías se deprimen generan desempleo y precariedad laboral. Al perder sus empleos -además de las consecuencias psicológicas y psicosociales- el consumo y la riqueza se reducirán también proporcionalmente.

Toda esta situación podrá variar, claro está, dependiendo de la disponibilidad de métodos o vacunas eficaces para paliar la expansión de la pandemia.

La trampa de tener que elegir entre salud o economía

En el medio de esta crisis, aparece el debate salud versus economía, que tanto preocupa a ciudadanos y gobiernos. Esta discusión presente en ámbitos políticos, en medios de comunicación y en la opinión pública, suele presentarse con dos únicas opciones:

1) cierre de la economía = menor contagio = más salud

2) apertura de la economía = más contagio = menos salud

Estas dos posturas se expresan como una cuestión binaria, o la una o la otra. Pues bien, esto es caer en una trampa.

Por un lado, el cierre de las actividades económicas acompañadas de confinamiento conlleva aspectos positivos (menor contagio), pero también negativos (como hemos visto la semana pasada al hablar de los problemas de salud psicosocial que el confinamiento y el distanciamiento social pueden producir).

Por otro lado, la apertura de la actividad podría producir un resultado contrario al esperado: frente a mayores niveles de contagio, sectores de la población podrían paralizar su actividad económica al decidir no salir y exponerse.

Como conclusión, tenemos que la relación entre apertura/cierre de la actividad económica no es inversamente proporcional a la salud, como se suele afirmar.

Un análisis realista: inevitabilidad del contagio
+ inviabilidad económica

Para poder pensar esta crisis correctamente, no podemos ignorar que contagiarse de COVID-19 es un hecho casi inevitable y, por otro lado, debemos comprender que la crisis es tan cara que será difícil poder pagarla. Expliquémoslo:

1) Inevitabilidad del contagio: tal como señalan los expertos (y muchos líderes políticos que se han hecho eco), la pandemia afectará a la mayoría de la población mundial a lo largo del tiempo, inevitablemente. No se trata tanto de si vamos a contraer la enfermedad o no, sino cuando y como va a suceder (en la próxima entrega hablaremos de la importancia de este asunto).

2) Inviabilidad económica: en la economía moderna, el estado no tiene la capacidad de reemplazar o sostener los ingresos que se generan en el conjunto del sector privado. Aún si hablamos de países ricos, éstos no disponen -sin recurrir al ahorro o la deuda- de recursos suficientes para sustituir los ingresos de sus economías. La situación es más grave en países con una economía débil.

El modelo del punto de equilibrio

Para salir de la trampa economía versus salud, nosotros proponemos lo que damos en llamar el modelo del punto de equilibrio. Este abordaje presenta una clara ventaja: como depende de cada caso concreto, es decir, de acuerdo a las capacidades económicas y sanitarias de cada región, éstas determinan un punto de equilibrio específico.

Por ejemplo, el punto de equilibrio no será igual en países europeos con sistemas de salud y capacidades económicas más sólidas, que en países latinoamericanos con sistemas de salud y economía más débiles, o en países del África subsahariana con extrema debilidad económica y sanitaria. Cada región tendrá un punto de equilibrio propio.

Además, este modelo aporta un enfoque dinámico, capaz de modificarse en el tiempo. Las proyecciones pueden ser muy diferentes en un momento u otro; así, el punto de equilibrio puede cambiar en cuestión de días o semanas, con la posibilidad de revisar y alterar las respuestas o las medidas a tomar en cada nueva situación.

En conclusión, la oposición entre economía y salud no sólo no es pertinente, sino que estos dos aspectos se retroalimentan entre ellos para la búsqueda del punto óptimo de equilibrio.

En la próxima entrega analizaremos como la crisis del COVID-19 afecta la dimensión sociosanitaria.

Por Saxa Stefani Irizar, Psicólogo, investigador y docente