El hombre que le puso una sonrisa al chamamé

Homenaje al músico montecarlense Ricardo “Nene” Meza, que recorrió los innumerables escenarios de la provincia y el país.

13/04/2020 16:52

Puede que ese destino de “musiquear”, momentos, escenas, personajes, lugares, le venga de la simple alegría de estar vivo, porque los abuelos maternos, don Rodolfo Becker y doña Ema Schimer, alemanes-brasileros que habían llegado a la incipiente colonia establecida por la Compañía de Carlos Culmey, desde Brasil, en 1924, no vieron con buenos ojos que una de sus hijas -tenían cinco: Adolfino, Luisa, Edith, Arlindo y Wilma- pusiera mirada y corazón en ese recio tropero, Leandro Meza, uno de los varones -eran cuatro: Sebastián “Cambá”, Juan, Mario, Leandro- de don Serapio, criollo, oriundo de Cerro Corá, quien después de vivir unos meses en Eldorado, se estableció en Montecarlo alrededor de 1930.

Troperos, andariegos, gente ruda que traía el ganado vacuno para el consumo y aún las mulas chúcaras destinadas al transporte de la yerba silvestre desde los montes a los puertos establecidos sobre el Paraná.

“Un manto verde se extiende por el río Paraná
es el monte misionero
que esperando al hombre está.
Fueron gringos y criollos que con hachas y machetes entraron selvas adentro ardientes de libertad.
Los dos querían entonces que estos montes sean algo es por eso que Montecarlo hoy los quiere recordar
a los bravos pioneros
que pisaron el lugar”.“Selva adentro” Ricardo Meza – 1985

Los Meza arreaban por tierra desde las costas del Iberá, Corrientes, montados a caballo, a veces dos largos meses, descansando en “rondaderos”, hasta 300 novillos capaces de tolerar la dureza de los viajes hasta Candelaria, donde embarcaban en “El ayudante”, “El Iberá”, “La correntina”, barcos jaulas, para ser después distribuidos en el Alto Paraná.

Don Serapio estableció su matadero y una carnicería en lo que después conocimos como “Pista Cambá Meza”. Los días de carneada eran una gloria, porque el abuelo disponía de grandes trozos de carne en una morocha enorme al frente de su negocio y alguien bien dispuesto preparaba los guisos que se brindaban gratuitamente al circunstante, al que iba alc, la policía, la gendarmería o el viejo hospital.

Ahí tal vez haya llegado Wilma por alguna circunstancia y puso sus ojos claros sobre la estampa de Leandro. Por eso, la simple alegría de nacer en esa familia de mixtura: la gringa y el criollo, una relación que a los Becker, pioneros de la zona de Aterrada les costó asumir, hasta la llegada de los nietos: Pinino, nacido en 1934, Siria -por “Ica”, establecida en Puerto Piray, se la conoce desde siempre- en 1935.

Un vínculo que todos supimos amoroso y perseverante, y coronó con la llegada del benjamín, Ricardo, el 7 de noviembre de 1946.

Los primeros años del “nene” transcurrieron entre la casa natal, el barrio -vecino de los cinco hermanos Volz, compañero de correrías de Tito Komell, y del polaco Oster-, calles Martín Fierro, Urquiza y avenida el Libertador, y la del abuelo Serapio, su carnicería, la “pista de baile” que después continuó el tío “Cambá”, donde escuchaba extasiado los sucedidos, las historias de ruta, las travesías por el monte, las cacerías de supervivencia; donde a menudo llegaban músicos que pulsaban la mbaracá o estiraban el acordeón; donde el abuelo disponía de su vitrola con la gran bocina para las bailantas.

Cómo se esperaban los fines de semana, la oma Becker venía a buscarlo en sulky, para pasar sábados y domingos en la chacra. Tempranito, después de dormir sobre un cochón de chala -¡ay ese ruidito, esa textura tan particular!-, llamar a las vacas, en alemán, ver a la abuelita atarse un pañuelo en la cabeza, disponer de un banquito, y ordeñar.

“Tenés que tomar la leche de acá, así, tibia”, mucho no le gustaba, pero había que consentir si uno quería pasear en sulky. De rigor, el tazón de café con leche, pan, manteca y mermeladas caseras, miel del monte. A la tarde, pan con chorizo ahumado, fabricado ahí mismo, pesca de mojarritas en el Aterrado, que atravesaba el patio.

La fritanga de mojarras era el portal de los relatos del abuelo, porque la omi no manejaba el idioma: el poblamiento, el trabajo de abrir picadas, el desmonte, la caza, para avivar la imaginación del nieto, ya encendida por verdaderas gestas de grandes travesías a caballo, en la voz tranquila de Serapio, o de alguno de los tíos.

Sucesos de camino, los clásicos mentirosos… y la música. El tío Mario ejecutaba el acordeón, y siempre había algún guitarrero, paraguayo, correntino, de los pagos.

El chamamé tocaba las fibras íntimas del hijo del tropero que por entonces había cursado primer grado inferior con doña Irma Coste, primero superior con la señora Pauletich, segundo con don Vernazza y tercero con Chela Presa, en la Escuela 132.

Don Leandro, gaucho al fin, le había regalado un petiso, y el niño veía que los chicos que iban a la escuela particular, frente al campo de deportes, iban a caballo. Para ir montado en su petiso, cambió de escuela y aprendió algo de la cultura de los abuelos maternos. Ahí -hoy Instituto Carlos Culmey- culminó sus estudios primarios. Los únicos que tuvo, porque prefirió trabajar duro con su papá a seguir estudiando.

Era la época en que Montecarlo olía a azahares. Los naranjales rezumaban frutas que eran requeridas por muchos mercados. Don Leandro acopiaba y Pinino -camionero avezado- era uno de los choferes que llevaba las cargas.

Salían hasta cien camiones diarios de la zona, a Garupá, Corrientes capital, al mercado central de Santa Fe, y Nene lógicamente moría por cambiar el petiso por el volante. Lo consiguió. Hains Sperling le enseñó los secretos del manejo.

A los 17, con carnet, era capaz de viajar solo, con la carrocería a pleno de frutas a granel. Mientras, la música. Tenía su guitarra. Aprendió imitando a los músicos de la pista de la familia, y porque asistía a los fogones de los viernes, que doña Margarita Portalea de Fiorio y los estudiantes organizaban en el potrerito de los Robiolo, para fomentar el folclore nacional y la música regional.

Ya conocía a Coco Palma, que le enseñaba notas, acordes, tonos. Se vinculó con Wenceslao Suarez, que lo guió hasta hermanarlo con el instrumento que acompañaría sus días y su carrera como músico, y con Carlos Ortiz, recientemente afincado en el pueblo ya que su madre, Carlota Jara -doña Carlota- había sido designada directora de la “Escuela de Porta”, la Nacional 254. Así las cosas, sin haber estudiado música, surgió su primer tema, dedicado al abuelo arriero: “A don Serapio”. Cuando se atrevió a cantar en público “Nacido en mi tierra roja”, los Junqueros, por entonces en el cenit de su carrera, se lo pidieron para grabarlo.

Se había transformado en solista. Acompañaba las giras de Los Junqueros. Hacía chamamé humorístico –temas de Coco Díaz, Mario Millán Medina- y narraba cuentos. Era fácil… la técnica narrativa no estaba pautada, no había más profesional que “Ricardo Meza, el hombre que le puso una sonrisa al chamamé”, como convidaba la publicidad que los precedía. Hablamos quizás de 1964.

Llegó el tiempo de “cumplir con la patria”: servicio militar obligatorio. Tres meses en Yapeyú y nueve en Paso de Los Libres. Para aliviar la estadía, había llevado su guitarra. Ahí vivió su primera experiencia de grupo: tocaba con el cantor de Coquimarola y otro correntino, fuera del Regimiento, con permiso del coronel Peresutti, los fines de semana.

Permiso, si el conjunto llevaba el nombre de “Regimiento 5 de Infantería”. Se tocaba por el choripán, la cena, el vino, los cigarrillos. Fue la gleba para conformar después los conjuntos que supo liderar con empatía, tolerancia y evidente alegría. Allá dejó su baqueteado instrumento. El regreso fue trabajo en “El Abasto”, como distribuidor, con sus padres, y noches de guitarreada, fogones, festivales, amigos, algún noviazgo.

 

Y al artista se le olvidó la letra

Julio de 1968. Noche de presentación en la vieja pista de lo que había sido el Hotel Central, donde hoy se erige “La paloma”.

A la terminal llegaban tres maestras, contactadas por el padre Rochak, para trabajar en el Colegio Michel: Rosita Salcedo, entrerriana, y Adita y Zulma Alvarenga, posadeñas. Las chicas debieron pasar entre la multitud para ir al albergue temporario que por unos días prestó la madre de Daniel “Gringo” Rodríguez, el odontólogo.

Zulma quiso quedarse: le gustó la música, pero Rosita fue contundente, “mañana se trabaja”. En el escenario, el artista se olvidó de la letra: se había prendado de una morocha espigada de larga cabellera negra y encendidos ojos oscuros.

La oportunidad del encuentro se dio pocos días después. Las chicas, establecidas ya en la pensión de los Bewig –calle Doctor Walter, frente al domicilio de Tito Franke-, llegaron al supermercado de los Meza-Becker a comprar carne y provistas. Las atendió la proverbial amabilidad de doña Wilma. Ahí estaba la curiosidad de Ricardo: “Son maestras. Trabajan en el colegio”.

Quiso la providencia que se celebrara en el Club de Pesca una de las grandes fiestas de la pesca del dorado. Por entonces llevábamos con orgullo los títulos de “Capital del Citrus y Paraíso de la Pesca del Dorado”.

Las fiestas en el Club, a orillas del río, convocaban al pueblo entero. Certámenes de pesca, kermese, paseos en lancha. Nene acompañaba a Pinino, pescador, que ese día se llevaba el primer premio. Las chicas del colegio asistieron, invitadas por padres de la Comisión directiva de la Escuela. Ricardo compró boletos e invitó.

Ellas accedieron porque medió Carlos Ortiz, el “negro”, amigo del pretendiente y excompañero de escuela de Zulma en la Normal 1 de Posadas. Fueron a pasear en la embarcación de Irala, y fue la primera de una serie de conversaciones, que se dieron en el marco de una asado en la casa vieja de la familia Meza, y una noche en el Jockey Club, donde los amigos expectaban afuera: Zulma Graciela finalmente se atrevió a dar el sí. Noviazgo de dos años. Nene abordó a la barra -23, tenía- “muchachos, me voy a casar, porque si no nunca voy a tener nada… quiero tener una familia…”.

La boda se celebró el 6 de febrero de 1970. No imaginaban entonces su noche de renovación de votos, 50 años después, la noche del jueves 6 de febrero de 2020. Familia y responsabilidades. Nene, aportando al crecimiento de rubro carnicería; Zulma, carrera docente. Meses de zozobra cuando los maestros que se trasladaban en el gordini de Oscar Darú tuvieron un grave accidente en la ruta. El más comprometido fue Oscar. Su esposa Mabel Sánchez y Erika Wittig terminaron con algunos golpes y rasguños. Zulma se quebró el tabique nasal y sufrió fuertes golpes en la boca. Recuerda todavía la serena dedicación de su suegra, que la llevó a su casa para poder atenderla.

Gestaron a Ricardo Fabián, que llegó al mundo poco después de una velada con Acho Manci, Ginamaría Hidalgo, Wence Suarez y los hermanos Jauch, en La Posta, el 12 de mayo de 1971. En 1974 -26 de septiembre-, la familia recibió a los mellizos Graciela Beatriz y Néstor Andrés. La música debió esperar. Había que procurarse un techo.

El chamamesero distribuyó carne, vinos, mercaderías, vendió papas para David Davitián, el cordobés… en cada lugar surgieron curiosidades, historias, paisajes… Había que recuperar la mística. Le nacía la necesidad. Algunas letras se garabateaban a las apuradas, en un trozo de papel de estraza, manchados con carne y huellas del duro trabajo.

Llegar a casa y recuperar una melodía. Detener la marcha en mitad del camino, y aunque sea tararearla, guardarla en la memoria hasta la noche, donde se producía el encuentro con su hermana, la guitarra. Difícil si se piensa que Ricardo Meza compone letra y música sin haber estudiado formalmente el lenguaje, la notación musical. Lo suyo fue pura pasión, pura entrega a la que le faltó esa fortaleza.

Tenía el ímpetu, el material del alma, la experiencia. Le faltaba el empujoncito que da el aliento, la mirada, la opinión del otro. Entonces conoció a Justo Villordo, chaqueño, y empezaron a cantar juntos, porque Justo tenía una voz hermosa y brillante. En eso estaban cuando llegó al pueblo el correntino Antonio Bianchi, acordeonista. Conformaron el Trío “Tres provincias”.

Cuando Bianchi retornó a sus pagos y su lugar en el grupo fue ocupado por Ramón Da Silva, perfilaron el Trío Nordeste, requerido en peñas y festivales de la región. Así llegó a ellos Mauro Melgarejo, trabajador de la fábrica celulosa de Puerto Piray: el bandoneón iba a agregar otro color a la alegría chamamesera. Nacía el Cuarteto Nordeste.

El grupo preparó su repertorio con temas conocidos, parte ya del acervo popular, y con temas propios: los que fue creando Ricardo, fruto de transitar los días con mirada, espíritu, nostalgia despierta. Se lanzaron al ruedo: bailes en las colonias -a veces al abrigo de algún galpón para acopiar tabaco-, festivales, fogones.

Luis Pastori, integrante de Los Junqueros, lo invitó a participar de “Expresión Regional”, programa de música regional emitido inicialmente por LT4, de Posadas, bajo la advocación de Silvio Orlando Romero y Adelio Suarez, que después se transformó en un programa de la televisión abierta, que recorrió escenarios de distintos lugares de la provincia, y significó que el grupo montecarlense se hiciera conocido y demandado, y le dio al conductor la oportunidad de apreciar la originalidad de los temas propios, al punto de proponerle grabar un primer larga duración, en el año 1985.

“Ricardo Meza y su cuarteto regional nordeste” se trasladaron a la gran ciudad. Mauro Melgarejo en bandoneón, Eduardo Malender en acordeón y Miguel Flores en guitarra, acompañaron la gesta.

Primera vez en estudios para que alumbraran “Selva adentro”, “El macatero”, “Al amigo Hilarión”, “A Puerto Piray”, “Paraje de mi tierra”, “Caraícho Adelio”, “A Don Serapio”, “Fiesta de la flor”, “Cascada de colores”, “Soldados de mi provincia”.

No fue magia ni fue fácil. Hubo que trabajar mucho para cubrir costos de traslado, atuendo, grabación, publicidad. Juntarse en las noches después de las tareas cotidianas y largas horas de fines de semana para finar detalles. Aunque a Nene los resultados no lo dejaron satisfecho -poca calidad de sonido-, el peso de “grabó un disco” -vinilo, por entonces- le abrió las puertas el Festival del Litoral, ese que había aplaudido y adorado a María Elena, Ramona Galarza, a don Isaco Abitbol.

Zulma, que tuvo que mantenerse un poco al margen de la carrera porque los niños eran pequeños, sabedora de los prejuicios que acerca del chamamé se tenían como “género foráneo”, procedente de Corrientes, lo animó a presentar sus temas, los propios, para ponerlos a la altura de los chotis, las galopas que encendían el entusiasmo y las antorchas de las noches festivaleras del anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, ahí, a la vera del inmenso Paraná.

El fervor del público que se sintió aludido en estas historias simples de esfuerzos y vivencias le valió al grupo una mención especial. El chamamé de tierra adentro pisó muchas veces ese escenario, y muchos otros en el interior de la provincia, y fuera de ella.

Teodoro Cuenca, músico sensible, propuso al conjunto grabar con la compañía que trabajaba sus temas. En 1987 nació el segundo larga duración, con temas dedicados al Alto Paraná misionero.

 

Querían conocerlo

Debieron transcurrir unos años para que “Yatay Producciones” demandara grabar, publicitar y distribuir el material, en formato de CD. Había que trabajar en estudio, ir a las radios y a la televisión, a bailantas -Mataderos, La Matanza- a razón de 20 minutos en cada locación, trasladarse en una combi, interpretar hasta el amanecer.

Una vida difícil, de permanente trasnoche, cuya mayor compensación era el encuentro con otros músicos, otros estilos, otras estéticas. En la lujosísima peña “Los Troncos”, en pleno centro de Buenos Aires, el conjunto conoció a Constante Aguer, autor del celebrado “Kilómetro 11”, letrista de una infinidad de temas de Mario del Tránsito Cocomarola.

Constante era vecino de Pauli Gunther, que le había llevado discos de la música de sus pagos. Aguer quiso “conocer a ese muchacho”, y lo esperó. También aguardaba verlo Víctor Velázquez, compañero de Atahualpa Yupanqui.

El lujo del lugar desconcertó y en cierto modo amilanó a los misioneros: “¿Qué vamos a hacer acá? ¿A quién le vamos a tocar chamamés?”. Los mozos reían: “Esperen, empiecen y van a ver cómo corremos las mesas y se arma la bailanta acá mismo”. Era cierto, una hermosa chamameseada bien movida al término de la cual despidieron a Velázquez que iba al aeropuerto; viajaba a Japón a descubrir un busto en honor al maestro Atahualpa.

“Hay hombres que vienen de un lugar que nunca niegan y en cambio cantan con orgullo al terruño de sus entrañas, con la simpleza que lo vio transitar por las cansinas calles puebleras, arrullando sueños sin tiempo que ya no son sólo suyos, sino de los que ven en su obra, en su vida y sus silencios, la canción que pinta el alma de los habitantes de este suelo, la misma que es mi herencia y me acunó desde chico en el pueblo eterno del lugar de los afectos…”.Fabián Meza, hijo 1º de julio, 2008

Aguer y su esposa visitaron a la familia Meza en ocasión de una de las Fiestas de la Flor. Constante quería que Ricardo hiciera “Mujer inmigrante” y “Fiesta de la Flor”, entre otros temas. Le dejó abundante bibliografía sobre el chamamé en distintos lugares del mundo, que los Meza conservan con orgullo.

Hubo más CDs, celebrando creaciones de músicos entrañables, conocidos, amigos, revelaciones, y temas propios. 1995, “Nacido en mi tierra roja”, con los temas propios “Gringo gaucho”, “Montecarlo en la nostalgia”, “Alto Paraná cué”, “Colonia San Alberto”, “Tito Alvarenga”, “Adios patriarca”.

1998, con la incorporación de Arlindo Vogel en bandoneón y Raúl Otazú en guitarra, con más tributos a la tierra natal, a los caminos y los personajes conocidos en los trabajos, los festivales, el transcurrir de los días: “A Capioví”, “A ña Jacinta Duarte”, “El Gran Chaque Ché”, “Cigarro de paia”, “Silvino el montaraz”, “Capital de la orquídea”, “Fiesta de la Flor”, “El gringo Helmut, “Ricardo San José”. 2002, con el corazón transido por la pérdida de su laboriosa madre, Eduardo Malender, Abel Baumgratz, Camilo Weber lo acompañan en el disco homenaje “Mamá Wilma”.

Los temas propios que integran este trabajo especialmente sentido son “Cambá Breard, “Bailando en el noque” (semblanza de los bailes de colonia, en las rutas del Alto Uruguay, en los galpones de acopio casero de tabaco), “Pista Cambá Meza”, esa que todos recordamos, lugar popular de bailantas, contemporánea de “El Rutero”, en el acceso al pueblo, “Buscándote en mi canto”, “Santa María del Iguazú”, “Doña Petrona García” y “Zulma Graciela”, el tema dedicado a la compañera de vida, madre de Fabián, Graciela y Andrés, la razón de querer regresar a casa después de una larga jornada en el camión, después de la larga gira, o de la peña festivalera.

2005: “Lapacho del alma…¿recordaba quizás el imponente ejemplar que se derramaba en flores todos los agostos, casi en el patio de la casa de infancia, el que acompañó los últimos años de la historia tramada por Don Leandro y Doña Wilma, propietarios de “El Abasto”? Con Arlindo Vogel y Abel Baumgratz, para que nos quedaran “Ruta roja”, “Colono de mi pago”, “Ciudad de Eldorado”, “Caraícho Toledo”, “Colonia Yuquerí”, “A Montecarlo mi pueblo”. Un álbum entrañable porque tuvo invitados especiales: Mauro Bonamino, su hijo Fabián y la dulce Claudia Torgen.

La carrera siguió. Ricardo Meza y los integrantes de su conjunto -hubo cambios, renovaciones- subieron a escenarios impensados para aquel adolescente que le había puesto una sonrisa al chamamé: además del Festival del Litoral, noches consagratorias en la Fiesta Nacional de la Yerba Mate, Apóstoles; Festival Nacional del Chamamé, en Federal, Entre Ríos; Fiesta de la Orquídea y de la Flor, en el pueblo que prohijó su crecimiento.

Fue revelación del festival “El abrazo azul y blanco” que se celebra anualmente en el Monumento a la Bandera, Rosario, Santa Fe para recordar cada 27 de febrero la creación de la enseña patria.

Sus temas más sentidos sonaron en General Mosconi y en Tartagal, Salta, cunas del floclore del Noroeste, o en la Capital del Paraguay, Asunción. En 2006 recibió una estatuilla por su trayectoria en la Fiesta Provincial y Nacional del Auténtico Chamamé, en Mburucuyá, Corrientes.

Cincuenta años de labor en la disciplina elegida, con anécdotas inolvidables, como aquel rayar de la aurora saliendo del Festival del Abrazo Azul y Blanco, en Santa Fe. Amanecía.

Ricardo manejaba la combi -habían decidido no pernoctar, y regresar a casa-. Le remecían emociones despiertas todavía… había escuchado tantos ritmos, celebrado tantos estilos, apreciado tantas voces, que de muy adentro le surgió una melodía.

Hubo que detenerse, preparar las cuerdas, avivar el acordeón, y sacarla a la luz… Música… esa bella forma del tiempo. Y acunarla, porque los musiqueros no podían anotar en el lenguaje propio del arte… atesorarla: en casa, cerca de sus rutinas y sus afectos, seguramente alumbrarían los versos.

Los días se descolgaron uno a uno, y fueron meses y años… Pronto supo que el legado era para Fabián, el primogénito nacido en 1971. Él compensaría la carencia, y pondría brillo y certezas a lo mucho que hizo el padre por puro instinto, absoluta pasión.

Estudió música para hacer camino con “Fabián Meza y la cortada”, con las herramientas intelectuales para preservar y enriquecer el talento natural. Siempre honró los orígenes y suele vérselos juntos en escenarios públicos y encuentros familiares, para intercambiar notas, acordes, tonos… melodías.

 

Difusión desde la radio

Cuando a fines de 1989 surge la primera emisora de FM, los responsables de FM “Horizonte” le proponen a Zulma un espacio para difundir música y cultura regional.

“Selva adentro”, el título del primer trabajo profesional del esposo, que Zulma Graciela Alvarenga conduce desde hace treinta años, sin interrupciones. Sábado a sábado antes del mediodía, un programa con audiencia perseverante que difunde autores consagrados y noveles, para que a todos se les abran puertas, y por el que recibió el Premio Lapacho, que el Rotary Club concede a personalidades destacadas de la localidad, en 2009, merecimiento que también recibió Ricardo en la persona de su hija Graciela en 2011.

Todos los hijos le dieron nietos. A doña Wilma y don Leandro la vida les brindó muchos años para presidir los almuerzos familiares de los domingos, y las fiestas especiales. Ella, nacida en 1912, se despidió en 2001.

Su última alegría fue sostener en brazos a su segundo bisnieto, y saber que llevaría el nombre del amor de su vida, Leandro. Don Leandro, nacido en 1913, se fue en 2004, después de mirar junto a Pinino un entretenido partido de fútbol. Pinino, el hermano mayor, al que se admiraba por su destreza en la pesca, su coraje en las rutas, partió en 2012.

Quién sabe desde qué lugar de buenaventura hayan aplaudido la Resolución 12 de 2009 por la cual el Concejo Deliberante declara a su ciudadano chamamesero “Embajador cultural” de la localidad.

Por Verónica Stockmayer