Bergen, puerta de entrada a los fiordos noruegos

Podría decirse que es la ciudad más bonita de Noruega. Con su puerto imponente que adelanta lo que espera al viajero cuando emprende el camino hacia el norte y se interna en la región de los míticos fiordos, esa sucesión de lenguas de mar entre montañas que enciende la imaginación de cualquiera. La llave del mar del norte.

12/01/2020 14:49

El punto de partida del mítico Expreso del Litoral, esa línea de ferris que une el sur del país con las últimas ciudades del norte, allá en las regiones que ya quedan dentro del Círculo Polar Ártico (los barcos llegan hasta Kirkenes muchas millas más allá del Cabo Norte). Puerto de importancia desde hace siglos y una de las fundadoras de la célebre Liga Hanseática, aquella red de comercio de ciudades libres del norte de Europa que sirvió de espolón de la modernidad a finales de la Edad Media -Bergen era una de las principales exportadoras de bacalao salado del Viejo Continente-. Una de las ciudades más bonitas de Europa. Un secreto que se abrió al turismo de la mano de los cruceros que recorren los fiordos.

La ciudad es “pequeña”. Apenas 300.000 habitantes entre islas, montañas y brazos de mar que van y vienen creando uno de los paisajes urbanos más hermosos del mundo. Una ciudad que se deja ver y que se puede explorar a fondo a pie. Todo queda en un radio de una hora a pie desde el Bryggen, antiguo puerto de la ciudad y centro neurálgico de la vida social, cultural y ociosa. Un par de días en Bergen suponen pasar cinco o seis veces por este muelle de antiguas casas de madera pintadas de colores: rojos, amarillos, ocres, blancos luminosos…

Un lugar con historia, ya que estos viejos almacenes y las casas que se encuentran a sus espaldas fueron el lugar donde se establecieron los comerciantes de la Liga. Barrio varias veces devorado por las llamas y vuelto a reconstruir. Las piedras más antiguas son las de la Iglesia de Santa María (Dreggsallmenningen, 15), un precioso edificio románico del siglo XII, y la Fortaleza Bergenhus, un conjunto de edificios defensivos y palaciegos que guardaban la salida del viejo puerto entre los que destacan la Torre de Rosenkratz y el Salón del Rey Hakon, un espectacular palacio del XIII que se inspira en los grandes salones vikingos.

La ciudad es conocida por su enorme oferta cultural. Hay salas de exposiciones, museos y centros de interpretación por todos lados. Verlos todos es imposible a no ser que se quede una o dos semanas. Si es un fanático de la historia vikinga tiene que ver el Museo del Bryggen, un centro que fue pionero en su tiempo (dicen que inauguró la museística actual) y que muestra los cimientos más antiguos de la ciudad, restos de barcos vikingos y muchísimo más.

Pero es que el Bryggen es un museo en sí mismo. Adentrarse en sus callejones de madera es viajar un par de siglos atrás. El Museo de la Liga Hanseática Schøtstuene, aparte de estar en un edificio histórico (del siglo XVIII) recrea las antiguas oficinas y almacenes de aquellos comerciantes que hicieron grande a la ciudad. Un viaje al pasado, a la cultura, y a la belleza de los fiordos, un lugar que no olvidará.