La música popular misionera despide a una de sus figuras más queridas. Eduardo “Moni” Encina, acordeonista, chamamecero y personaje entrañable de la cultura provincial, falleció en las últimas horas tras permanecer internado de gravedad en el Hospital Madariaga de Posadas.
La noticia fue comunicada por el ministro de Cultura de Misiones, Joselo Schuap, a través de sus redes sociales. “Con profundo dolor informamos que acaba de fallecer nuestro querido Moni Encina, quien se encontraba internado de gravedad en el Hospital Madariaga, bajo la atención especial de la salud pública de la provincia”, expresó el funcionario.
En el mismo mensaje, Schuap agradeció al IPS por la asistencia brindada “en este momento duro para la familia y amigos” e informó que desde las redes oficiales de la Secretaría de Cultura se comunicará el lugar de despedida. “Enviamos el más sentido pésame”, agregó.
La muerte de “Moni” Encina golpea de manera particular al ambiente artístico misionero, donde su nombre estaba asociado no sólo al chamamé, sino también a una forma de estar en el mundo: sencilla, espontánea, barrial y profundamente ligada a la música de raíz popular.
Nacido en Posadas, en una familia atravesada por la música, Moni creció entre guitarras, acordeones, patios, reuniones familiares y canciones del Litoral. Era hermano del también músico Nito Encina, con quien compartía una historia familiar marcada por el chamamé y por esa defensa afectiva de la música de la región guaraní, entendida como una expresión común de Misiones, Corrientes, Paraguay y el sur de Brasil.
Su casa, ubicada en la zona de Alta Lucía, en la Chacra 235 de Posadas, se convirtió con los años en parte del paisaje cultural de la ciudad. Allí, sobre la avenida Aguado, vecinos y músicos reconocían el lugar como una suerte de punto de referencia popular: la casa de Moni, el músico que hizo de su vida cotidiana una extensión de su identidad artística.
Con su acordeón, su voz, sus ocurrencias y su modo particular de interpretar el chamamé, “Moni” Encina construyó una relación cercana con el público. Su figura trascendía los escenarios formales: pertenecía también a las guitarreadas, a los encuentros de barrio, a las fiestas populares y a esa memoria colectiva que no siempre se escribe en los grandes libros, pero queda prendida en las conversaciones y en las canciones.
Entre sus temas más recordados aparece “Samaniego tu sombrero”, una canción que se transformó en una de sus marcas más populares y que acompañó buena parte de su reconocimiento público. Para muchos misioneros, ese tema y su acordeón histórico quedaron unidos a la imagen de “Moni” como símbolo de la música regional.
Ese acordeón tuvo, además, su propia historia de pérdida y reencuentro. En 2017, el instrumento fue robado de su vivienda. No era un objeto cualquiera: lo acompañaba desde su juventud y había sido testigo de décadas de escenarios. La búsqueda movilizó a familiares, músicos, vecinos y seguidores, hasta que tiempo después el instrumento volvió a sus manos, en un episodio que muchos recordaron como un pequeño milagro navideño.
Cuando recuperó aquel acordeón, “Moni” resumió el valor afectivo del instrumento con una frase que lo pintaba entero: no importaba tanto el precio, sino el sentimiento. Para un músico popular, ese acordeón era mucho más que una herramienta de trabajo: era una prolongación de su historia, de sus manos y de su manera de contar el mundo.
A lo largo de su trayectoria, “Moni” Encina fue reconocido como un referente del chamamé misionero. En 2009, el Concejo Deliberante de Posadas lo declaró ciudadano ilustre por sus 35 años de carrera, una distinción que formalizó algo que el público ya le había otorgado mucho antes: un lugar propio dentro del imaginario cultural de la provincia.
En los últimos años, su figura también volvió a ganar visibilidad a partir de distintas acciones solidarias y mejoras realizadas en su vivienda, impulsadas por la Secretaría de Cultura de Misiones, la Municipalidad de Posadas y personas vinculadas al ambiente cultural. Aquellas intervenciones pusieron nuevamente en escena el cariño que “Moni” despertaba entre vecinos, artistas y seguidores.
Pero más allá de los reconocimientos, su legado está en otro lugar: en la persistencia de una música hecha sin artificios, en el humor de los escenarios, en la cercanía con la gente, en la dignidad de los músicos populares que sostienen una identidad cultural muchas veces desde los márgenes y en silencio.
“Moni” Encina pertenecía a esa clase de artistas que no necesitan solemnidad para volverse memorables. Su importancia no estaba sólo en lo que tocaba, sino en lo que representaba: una forma misionera de entender la música como compañía, como oficio, como raíz y como pertenencia.
Con su partida, Misiones pierde a un acordeonista querido y a un personaje de esos que ayudan a explicar una época, un barrio y una manera de sentir el chamamé. Queda su música, quedan sus frases, queda la memoria de quienes lo escucharon y queda, sobre todo, el afecto de una comunidad cultural que hoy lo despide con tristeza.






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