Dentro del contexto de la historia misma de esta localidad, conocida en un primer momento como línea Cuña Pirú, dentro del departamento Libertador General San Martín, se destacan las fuertes raíces de la medicina natural utilizada desde los inicios en la región.
En 2022 Ruiz de Montoya logró reivindicar su fundación alineando su fecha a la adquisición de tierras del colonizador Carlos Culmey dentro de la inmigración privada a Misiones, avalando más de un siglo de historias. La periodista Mariela Mallman quiso rescatar las vivencias y anécdotas dentro del área de la salud, incluyendo los conocimientos que se fueron pasando de generación en generación y de la fuerte presencia en la zona de las comunidades mbya guaraní con las que se encontraban al llegar las familias de los inmigrantes.
Este trabajo fue presentado y será publicado en el libro de la 25 Jornada de Historias de Vida de Montecarlo y la Región, que pone en valor la memoria, las vivencias y el legado de quienes forman parte de la comunidad, y es organizado por la Agrupación Fundadores, la Asociación de Maestros y la Municipalidad de Montecarlo.
En su escrito, Mallman señala que a partir de 1919 “tenemos relatos referidos a la ardua lucha de poder curar heridas, mordeduras de serpientes, lesiones, dolor de muelas, atención de partos de manera natural con las conocidas parteras e infinidad de necesidades que surgían relacionadas a la salud.
Sin contar con médicos y en medio de precarias condiciones de vida se recurría desde siempre a los conocimientos de algunos entendidos en hierbas medicinales o de algunas técnicas para poder ayudarse entre vecinos a lograr el equilibrio y el bienestar”. Recordó que el agrimensor Carlos Krumkamp, residente en Cuña Pirú, comentaba siempre a su familia sobre cómo los mbya fueron de gran ayuda para conocer el monte y darles una mano con el conocimiento de las plantas para usarlas como medicina. Alfredo Robotti aseguró que su abuelo agrimensor difícilmente hubiera sobrevivido sin ayuda de quienes ya habitaban la zona desde muchísimos años antes. Primaba la solidaridad y el apoyo mutuo entre las familias que se iban asentando a la vera del arroyo Cuña Pirú, ya por el agua en sí pero también por los peces para alimentarse, esto sumado a la posibilidad de trabajar tierras fértiles para lograr la producción y el sustento.
Desde Europa se traía el conocimiento y algunas semillas para ir haciendo las primeras huertas tanto de verduras como medicinales y quienes venían desde Brasil o Paraguay también agregaron muchos conocimientos en hierbas medicinales y técnicas de uso. “Comentan varias abuelas del municipio que para ir propagando y replicando las plantas ellas se iban intercambiando las que tenían para que todos puedan cultivarlas para su consumo y uso de las que eran consideradas medicinales para aliviar distintas dolencias.
Así podemos mencionar algunas de las más conocidas: la manzanilla que es usada para cólicos en niños, problemas de vista, y tranquilizante. El llantén como un antibiótico natural, el pipí, el té de hojas de naranja como relajante, el té de gramilla para dolores menstruales, el té de orégano para la frialdad, té de salvia y hoja de mamón para la tos, té de salvia para lo relacionado al vientre, eneldo, anís, mil hojas y cúrcuma, ajo, té de carqueja o marcela para la digestión”, entre muchísimos otros.
Cada familia tiene en sus tradiciones y por herencia recetas y usos varios para las distintas plantas y éstas, a su vez, fueron pasadas de manera generacional para ayudar y lograr la salud. Cuando se menciona la forma en que se curaban las enfermedades o se aliviaban dolencias existen infinidad de ejemplos y relatos. En aquellos años si alguien caía enfermo de gravedad, ser atendido por un médico era misión imposible, significaba días de viaje hacia Brasil o Paraguay, por lo que en muchas ocasiones se lamentaron fallecimientos por no poder lograr ser atendidos.
Las familias mayormente se iban formando con el nacimiento mediante la ayuda de parteras que con sus bendecidas manos eran llamadas para atender todo el proceso del parto, ayudaban y enseñaban a las madres a cuidar al recién nacido, usando pocos elementos como paños calientes, aceite y alcohol. Aún en medio de las tormentas cuando un nuevo ser quería llegar al mundo le tocaba al padre de familia o algún allegado salir en busca de ayuda. La partera es una figura que con varios nombres se sigue recordando y su labor fue vital para que muchos sobrevivan ya que en casos complicados había que acomodar a los bebés en el útero, acompañar en embarazos delicados entre otros. En la actualidad se siguen impulsando los partos naturales con la ayuda de la medicina actual.

Medicina ad honorem
En las memorias de inmigrantes que Juan Nobs rescata en “Misiones. Recuerdos y anécdotas” hace mención a la medicina recordando al solidario vecino Juan Vogt.
“Un poblador que es inolvidable, fue don Juan Alfonso Vogt, hojalatero de profesión, sabía hacer de todo, tenía muchos (quién sabe dónde y cómo adquiridos), conocimientos de medicina. No había enfermedad o dolencia para la cual no tenía un yuyo, cáscara, fruta o raíz. Sabía preparar pomadas en base de resina, sebo vacuno y azúcar que curaban toda clase de heridas. Con harina de trigo, miel y yema de huevos preparaba emplastos y quien sabe con qué mejunjes sabía parar hemorragias y así evitar que alguien se desangrara, debido a atroces cortes que se hacían los hombres que trabajaban con afilados machetes, foisas y hachas.
Como durante años no había médicos, ni farmacia en toda la colonia, es inmenso el bien que hizo este hombre como así también las viejas improvisadas comadronas”. Las hijas de Juan Vogt heredaron estos conocimientos. En la huerta de Celia Vogt hay una gran variedad de plantas medicinales. Y Elsa (ya fallecida), recordaba con claridad cada acción de su padre en ayudar a los vecinos con heridas, cortes, mordeduras y otros, preparando una pasta que según ella “era para todo”.
En más relatos dentro del contexto de los primeros años en estas memorias se cuenta sobre el uso de la quinina para tratar la malaria. Se recuerda la labor de Teófilo Werlen, el bolichero que tenía un trato cordial y de trueque con los aborígenes caiguás que vivían monte adentro en Cuña Pirú.

“Cuando sufrieron una fuerte epidemia de malaria y quedaron postrados, Don Teófilo les proporcionó alimento y administró quinina salvando la vida de todos. Ellos, más tarde, le llevaron yerba mate silvestre en agradecimiento y como pago por esta ayuda vital”.
Para los casos graves de mordeduras de serpientes, que abundaban, se procedía cortando la zona con una navaja limpia y afilada y luego una persona entendida succionaba el veneno con su boca para intentar salvar la vida. También en las memorias de Marie Schedler de Schweri se menciona: “me llené de heridas por las picaduras, el pijama quedaba duro como almidonado si se secaba el pus durante la noche, dos semanas no pude hacer nada de tan hinchadas que tenía las piernas. Trudy y Willy no estaban tan afectados por las “klimawunden” como yo y Hansi. ellos por un tiempo solían tener forúnculos, mamá y papá, algunas pocas heridas, pero grandes.
Estas “klimawunden” afectaban principalmente a los rubios, menos mal conseguimos un buen remedio y nunca más tuvimos heridas. El viejo farmacéutico suizo, Zimmermann nos aconsejó usar agua oxigenada. Cuando terminó la tintura de árnica que mamá había traído de Suiza, el pedía de la farmacia Rothlin de Buenos Aires igual que el “baredreck” que tenía”.
En el libro de Tutz Culmey, la hija del pionero, también se mencionan las luchas para resistir al clima, al calor y a los insectos: “Cuantas veces recuerdo sus preocupaciones por la salud de los recién llegados, vívida tengo la imagen ante mis ojos de cuán difícil les era a los europeos, venidos de un clima frío, con su piel delicada, adaptarse a nuestro clima casi tropical y la cantidad de insectos, mosquitos que atormentaban sin perdón durante las tareas agrícolas. Sus picaduras los tenían muy molestos. Como no podían resistir se rascaban con sus manos sucias de sudor y tierra, por lo que se formaban heridas que, poco a poco, se transformaban en forúnculos con pus en brazos y piernas, que al principio no les prestaban atención. Recién cuando comenzaba la fiebre y se infectaban, de lo que sufrían por meses, tomaban consciencia y aprendían a protegerse como mejor podían”.
Mallman analizó que con estos antecedentes “tenemos un hilo conductor desde los inicios mismos de la zona. Avanzando en los años, en 1994 llegó a Ruiz de Montoya la Dra. Mariana Mampaey, quien, de alguna manera mantiene esta sabiduría ancestral y trabaja de manera integrada con la naturaleza respetando sus procesos. Contamos con varios médicos que trabajan dentro del municipio y una gama amplia de especialidades en terapias que se integran perfectamente a la medicina convencional. Cada terapeuta debe saber distinguir cuál es el motivo y de allí ver si puede ayudar o si deriva a un colega de alguna de las ramas. Puede haber muchos nombres, pero la mirada general es lograr el bienestar de cada individuo según su necesidad”.
Medicina mbya
Ruiz de Montoya cuenta con 14 comunidades mbya guaraní que desde siempre manejaron de manera extraordinaria los conocimientos de medicina aprendida por el chamán -Yvyraija en guaraní- que es quien conoce sobre yuyos o remedios que hay en el monte y provee a la comunidad: al tener familia, cuidado del bebé, bajar la fiebre, dolores de garganta, panza o cómo echar lombrices. Hilario Acosta cacique de la Comunidad Takuapí explicó que cada yuyo o planta tiene sus horarios y eso se debe respetar para que haga su efecto y sea útil.
“Cuando amanece y oscurece son momentos claves”, dijo. Lo espiritual siempre está presente entendiendo que el ser humano consta de cuerpo y alma. En la comunidad está el “opiguá” que es quien pide a Dios salud y protección de su comunidad. Continúan con la medicina ancestral pero además consultan y son asistidos por la medicina convencional en casos complicados o que así lo requieran.

Memoria
Vecinos de Ruiz de Montoya recuerdan varios nombres: Albino Fröelich: “Fui atendido por la abuela Burri, la abuela de Rita, que atendía muchos partos en la zona”. Amalia Zeiter: “Yo nací en las manos de la partera Pufahl”.
Delia Jungblut: “Mi abuela Guillermina Dilkin de Mallmann era buscada por mucha gente para atender a las señoras”.
Sonia Jungblut: “Mi abuela Amalia Welter era partera y atendía a muchas mamás para que puedan tener a sus hijos, varios de sus propios nietos y bisnietos nacieron gracias a sus manos”.
Lucía Mallmann: “En nuestra zona atendía la oma Lili Brendler”, de la que “tenemos referencias que fue una mujer entendida en partos e infinidad de hierbas con sus propiedades”.
Según la autora, “podemos apreciar en relatos breves que las familias inmigrantes contaban con una gran sabiduría que les permitió acostumbrarse al lugar, al clima, a sobrevivir en medio de la espesa selva misionera”.






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