La secuencia duró apenas unos minutos, pero condensa una realidad social agobiante. El pasado miércoles 25 de marzo, alrededor de las 17:30, la rutina de una panadería ubicada sobre la avenida Quaranta, casi Cocomarola, se rompió cuando un adolescente de 16 años ingresó al local con una supuesta necesidad básica: pidió comida.
La empleada, una joven de 20 años, accedió al pedido y el sujeto se retiró. Sin embargo, lo que parecía un gesto de asistencia terminó en un episodio de violencia. Minutos después, el mismo joven regresó, arrojó con desprecio el alimento que le habían entregado y pasó al ataque.
Según la denuncia, el asaltante increpó a la trabajadora y, manteniendo una mano oculta entre sus prendas para simular que portaba un arma de fuego, le exigió la recaudación.La empleada le entregó 10 mil pesos en efectivo, tras lo cual el menor escapó a pie.
La respuesta policial no tardó en articularse. A través del intercambio de datos entre dependencias y, fundamentalmente, el rastreo de las cámaras de seguridad, los efectivos lograron reconstruir la ruta de huida. El despliegue de patrullas preventivas dio sus frutos poco después: en la intersección de las avenidas Quaranta y Tomás Guido, la policía demoró a un menor de 16 años cuyas características coincidían plenamente con los registros fílmicos.
El joven fue puesto a disposición de la Justicia de Menores, mientras se completan las actuaciones para cerrar el caso. El hecho vuelve a poner sobre la mesa la vulnerabilidad de los comercios y la participación de adolescentes en delitos de modalidad “exprés”.





