¿Es posible percibir que se vive bien en medio de la crisis? Esa es la pregunta que abrió un estudio de la Universidad de Harvard, que reveló que en 2023 los niveles de bienestar percibidos por los argentinos se ubicaban por encima del promedio global, aún cuando se registraban fuertes preocupaciones por la seguridad y la economía.
Según el informe internacional, que incluyó a 6.700 personas en Argentina, el país se ubicó por encima en 10 de 12 indicadores, vinculados al bienestar social y psicológico, pero también mostró que la preocupación de los argentinos -tanto financiera como por cuestiones de inseguridad- es de las más altas entre los 22 países analizados.
El contraste llama la atención y abre el escenario para pensar cómo se viven las crisis en el país. PRIMERA EDICIÓN entrevistó a una de las investigadoras a cargo del estudio en Argentina, Claudia Vanney, doctora en Filosofía y directora del Instituto de Filosofía de la Universidad Austral, quien explicó por qué, a primera vista, ese contraste puede parecer una paradoja, pero se explica por algunas particularidades de la sociedad argentina.
Si tuviera que resumirlo, ¿qué dice este estudio sobre cómo vive la sociedad argentina?
Diría que los argentinos vivimos con altos niveles de preocupación por cuestiones financieras, pero que contamos con recursos de otra índole que nos permiten sobrellevar esa situación sin quedar atrapados en ella.
¿Cómo se explica que un país con crisis económica sostenida muestre niveles altos de bienestar?
Porque, en otras dimensiones, los argentinos obtenemos puntajes elevados. Por ejemplo, en bienestar psicológico -que incluye satisfacción con la vida, sentido y propósito- nos ubicamos por encima del promedio internacional. También ocurre en el bienestar social, probablemente porque las relaciones familiares y de amistad tienen un peso central en nuestra vida cotidiana, lo que genera redes de contención muy fuertes. Además, hay otra dimensión que el estudio llama “virtudes y carácter”, en la que Argentina también se sitúa por encima de la media global.
¿Considera que estos resultados reflejan un bienestar real o una forma de adaptarse a la crisis?
Pienso que reflejan un bienestar real. Tal vez estos resultados nos invitan a revalorizar algunas características de nuestro país que a menudo naturalizamos. Por ejemplo, no vivimos en un contexto de guerras, no enfrentamos grandes conflictos raciales o religiosos, ni catástrofes naturales frecuentes o climas extremos, y existe un acceso relativamente amplio a la educación y a la cobertura de salud.
¿Se puede hablar de una desconexión entre cómo perciben su bienestar los argentinos y cómo viven?
No hablaría de una desconexión. Más bien diría que los argentinos registramos tanto los aspectos negativos como los positivos. Lo que sí ocurre es que, cuando nos sorprende vernos por encima del promedio, suele ser porque tendemos a idealizar la situación de otros países: pueden no tener nuestros problemas financieros, pero enfrentan otros factores que también afectan su bienestar.
¿Este resultado puede replicarse en otros países o Argentina tiene algo particular?
Creo que estos resultados muestran que, si bien el bienestar material es necesario -e incluso imprescindible a partir de cierto umbral-, no es la dimensión más determinante del bienestar general. Cuando se estudia el florecimiento global de las personas, el bienestar material es un factor más, no el único, y, pasado cierto umbral de necesidades satisfechas, posiblemente tampoco sea el principal.
Ese concepto de “florecimiento humano”, ¿en qué se diferencia de medir únicamente niveles de felicidad?
Existen varios conceptos relacionados -como prosperidad, felicidad y florecimiento- que suelen confundirse, pero no son equivalentes. Algunos índices ponen el foco en la prosperidad, priorizando indicadores como el bienestar material o la seguridad. Sin embargo, hay evidencia de que incluso países muy prósperos pueden presentar, por ejemplo, altas tasas de suicidio, lo que implica niveles muy bajos de bienestar psicológico.
La felicidad, en cambio, se refiere al bienestar subjetivo y suele asociarse principalmente con el bienestar emocional, es decir, con sentirse contento o experimentar emociones positivas. El florecimiento es un concepto más amplio, que alude al desarrollo pleno de las capacidades humanas. No solo incluye indicadores objetivos -como el bienestar material-, sino también aspectos subjetivos, como la felicidad, y dimensiones más profundas, como el sentido de propósito en la vida y el bienestar social, entendido como la conciencia de formar parte de una comunidad a la que se contribuye.
Teniendo eso en cuenta, ¿considera que Argentina es “más feliz” de lo que parece?
Pienso que, junto con los problemas, Argentina también tiene muchos aspectos positivos. Estamos tan acostumbrados a ellos que a menudo los naturalizamos y dejamos de percibirlos de manera consciente. Sin embargo, su valor se vuelve más evidente cuando vivimos en otros países o entramos en contacto con otras culturas, que también enfrentan dificultades, aunque distintas a las nuestras.
¿Hay un punto en el que la crisis económica empieza a deteriorar todos los demás aspectos del bienestar?
Sí, en cierto punto eso ocurre. Existe un umbral de bienestar material que es imprescindible para el florecimiento. Es fundamental que ese mínimo esté garantizado para toda la población.
¿Argentina está cerca de ese límite?
Pienso que hay un segmento de la población que ya se encuentra en esa situación. Debería ser una preocupación colectiva que ese grupo se reduzca progresivamente hasta desaparecer.
Si este estudio se repitiera hoy, ¿considera que arrojaría resultados similares?
Harvard está realizando este relevamiento de manera anual hasta 2027. Actualmente, los datos se encuentran bajo embargo, pero será muy interesante analizar la evolución de los distintos indicadores una vez finalizado el estudio, especialmente considerando los múltiples cambios que están ocurriendo en este período, tanto en Argentina como en el resto del mundo.
Familias y vínculos
Para entender qué hay detrás de los buenos indicadores, es importante entender el lugar que ocupa la cultura argentina en el escenario del bienestar.
Una característica argentina que explica en gran parte la percepción positiva es el lugar que se le asigna a los vínculos familiares y de amistad. Vanney explicó que hay un fuerte componente social que compensa otras faltas o preocupaciones.
“Esto no implica que las dificultades objetivas dejen de existir, sino que los momentos difíciles se vuelven más llevaderos cuando se transitan en compañía. Hay una frase que lo resume bien: ‘con los amigos, las alegrías se multiplican y las penas se dividen’”.
En un escenario diferente, donde esas redes sociales se debilitan, o donde esos vínculos “no son positivos”, los indicadores de bienestar no podrían ser los mismos, porque “se pierde una importante red de contención personal”, lo que puede afectar de manera directa el bienestar, explicó Vanney.
El rol de la religión
El estudio también destaca que profesar una fe marca diferencias en cómo se percibe el bienestar. Las personas que dicen tener alguna creencia o participar en actividades religiosas muestran, en promedio, mejores niveles en aspectos como el sentido de la vida, la satisfacción personal y las relaciones.
“En el caso argentino, observamos que la población se distribuye principalmente en dos grandes grupos: personas cristianas (incluyendo distintas denominaciones) y personas sin afiliación religiosa (indiferentes, agnósticas o ateas)”, precisó Vanney, que analizó los datos relevados por Harvard.
Al comparar esos grupos, explicó que detectaron diferencias importantes en todos los indicadores de florecimiento a favor del grupo de los practicantes cristianos. Dentro de ese grupo, las personas que participaban en eventos y espacios religiosos con frecuencia semanal (o mayor) mostraron niveles aún más altos.
Vanney analizó que, en el caso argentino, los datos sugieren que la religión “permite dar sentido a las experiencias cotidianas y afrontar situaciones difíciles con mayor esperanza”, por lo que -en ciertos casos- funciona como un “amortiguador” frente a la crisis.
“La religión puede contribuir a dotar de sentido a la vida -lo que se asocia con el bienestar psicológico-, a promover el compromiso con el bien y una mirada esperanzada, y, en quienes participan regularmente en servicios religiosos, también favorece la integración comunitaria, con efectos positivos en el bienestar social”, agregó.






