“Casta”, “ignorantes”, “ladrones”, “delincuentes”, “chorros”, “parásitos”, “profesionales de la mentira”, “delirantes”, “corruptos”, “mafias”. Uno tras otro, los insultos se fueron amontonando hasta aterrizar en el último éxito del verano en el Congreso: la “moral como política de Estado”.
Detrás, no muy lejos, los delirios, contrasentidos y escándalos de la gestión, se acumularon a montones:
- Un candidato investigado por vínculos con un narco. “Yo no creo que (José Luis) Espert tenga vínculos narco, eso fue parte de una campaña sucia”;
- Un escándalo financiero y judicial: “Yo no lo promocioné, lo difundí”, sobre $Libra.
- Una legisladora con antecedentes judiciales en Estados Unidos por tenencia de estupefacientes.
- Funcionarios y empresarios procesados por asociación ilícita, sobornos y sobreprecios en la Agencia de Discapacidad.
- Audios sobre cobro de coimas en la compra de medicamentos.
- Valijas no controladas en la Aduana y aportes obligatorios a punteros políticos.
Los que venían a cambiar el paradigma inmoral que, objetivamente, se instaló en las dirigencias anteriores, apuntan con el dedo índice a los “ladrones”, “delincuentes”, “chorros”, “profesionales de la mentira” y “corruptos” como si nada de eso habitara entre ellos. Y entonces, como una nueva piña del destino, aparece un nuevo escándalo: el viaje de uno de ellos con su esposa a Nueva York como parte de la comitiva presidencial. Por enésima vez en dos años, la narrativa se ensucia, los argumentos se difuminan, el descalce del relato queda al desnudo… y aquello que era “corrupción”, “mafia” y “casta” se transforma ahora en “costo marginal que los ignorantes no entienden”, “deslomarse” y otras pavadas.
Apenas horas después el relato cae por su propio peso y brotan (verdes) los intentos de aclaraciones. “Uno puede decir alguna palabra o frase desafortunada en un vivo. La palabra no debió ser ‘deslomarse’”, señala el apuntado, intentando centrar el debate en el concepto y no en el hecho. El eje se corre entonces y, una vez más, el pasado no existe.
Desde el primer escándalo, la estrategia del Gobierno no consistió en defenderse técnicamente de una acusación sólida, sino de desentenderse, de ignorarla deliberadamente y volcar la sospecha sobre el pasado que, sería necio negarlo, también le debe muchas explicaciones a la Justicia.
La dinámica incluso quedó expuesta en alguna pregunta perdida en la efervescencia discursiva de la última campaña. El que antes era para ellos un “pésimo candidato y un engendro”, de pronto ya no lo era. “¿Y a mí qué me importa mirar para atrás? Necesito ir para adelante. Ahora con el ‘Colo’ Santilli”, expulsa de su boca como si el pasado fueran dos o tres segundos. Aunque no debería sorprender a nadie si se tiene en cuenta que esa incongruencia salió de la misma boca que en 2021 soltó livianamente como un aviso de lo que se vendría: “Somos superiores moralmente, estéticamente, somos mejores en todo”.
Cambian los nombres de los protagonistas, de los partidos y de las ideologías, pero detrás sigue operando la misma casta que juraron combatir.
Están plácidamente infiltrados, tanto que ellos mismos los invitaron a ser parte. Lo que sí cambia, en todo caso, es la narrativa. Se vuelve más áspera y agresiva, pero no deja de ser eso, relato, como el de antes. De un populismo de izquierda a uno de derecha, los vicios son los mismos y en un punto hasta se emparentan en algún proyecto caído a último momento una noche en el Senado. Si hasta la vice de ellos se les ríe mientras oficialistas y opositores se aumentan los sueldos. “El ajuste lo paga la política, jaja”, posteó la que antes se refería con ternura al “pobre jamoncito”.
Ellos construyen su relato basados en la corrupción de las gestiones anteriores, pero no muestran la menor preocupación por deconstruir la propia. Es hasta irónico entonces que, frente a las evidencias actuales, sigan señalando a la “casta” privilegiada. Ese elemento, que fue clave en la narrativa original de este oficialismo, les da de lleno hoy.
Sobre el último escándalo, el del avión presidencial que llevó gente de paseo, ellos intentan zanjar la controversia con lógica matemática. El “costo marginal”, usado como ellos lo usan para justificarse, permitiría entonces que todos viajen gratis: total, el recorrido se hace igual.
Sin embargo, la discusión no se limita a un análisis contable, sino que se desplaza hacia el plano de la ética pública y la coherencia. Si hasta pasó un menemista y se preguntó si lo de ellos no era mucho ya.
En el terreno
Lejos de la parafernalia repleta de memes y slogans que, hay que admitirlo, es lo de ellos, en Argentina pasaron y pasan cosas reales que laceran el tejido social, amparadas siempre por la ausencia total de empatía gubernamental. Mientras ellos hablan de un país que no para de crecer, en el que incluso “lo peor ya pasó” (Milei dixit) hace como un año, los datos duros de la realidad generan zozobra.
El Presupuesto Nacional 2026 de ellos, aprobado recientemente, proyecta una inflación anual del 10,1% para este año. Pero recién pasaron dos meses y medio y el índice ya roza el 6%. Parece que, una vez más, se quedaron cortos de realidad. O quizás no resulte importante ahora. Algún insulto y clase magistral de economía para ignorantes surgirá cuando se supere el 10,1%… en apenas algunas semanas.
Y hablando de “deslomarse”, un informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) echó luz sobre la situación alimentaria de los trabajadores en el país. El estudio revela que al menos ocho de cada diez asalariados enfrentan algún grado de inseguridad alimentaria. Es decir: incluso quienes trabajan tienen dificultades para garantizar algo tan elemental como comer bien todos los días.
Son apenas dos datos de la semana que contrastan vivamente con la narrativa oficial. La moral, esa bandera que levantan para denunciar al otro, suele durar exactamente lo que dura la distancia entre el llano y el poder. Después, como tantas otras cosas en la Argentina, también se convierte en un simple “costo marginal”. Fin.
En Misiones
El contraste entre discurso y realidad tampoco pasa desapercibido en Misiones, donde los indicadores económicos y los conflictos productivos empiezan a mostrar una cara bastante más compleja que la del optimismo que baja desde la Casa Rosada.
Los números de la inflación en el Nordeste vuelven a encender señales de alerta. Según un informe elaborado por la consultora Politikon Chaco a partir de datos del INDEC, el índice de precios en la región alcanzó en febrero el 3,1%, por encima del promedio nacional y con un acumulado del 7,1% en el primer bimestre de 2026, el más alto del país. El principal impulso volvió a venir de los alimentos, que treparon 4,5%, con subas marcadas en carnes, aceites y verduras.
En diálogo con la FM 89.3 Santa María de las Misiones, el empresario y expresidente de la Cámara de Comercio de Posadas, Carlos María Beigbeder, puso en duda que el proceso inflacionario pueda desacelerarse hasta niveles cercanos al 1% mensual, como proyecta el Gobierno nacional. “Lo veo muy difícil”, afirmó al analizar un escenario todavía atravesado por la desconfianza y por un consumo cada vez más debilitado. Según describió, en los primeros meses del año se observó un freno importante en la demanda en distintos rubros comerciales. La explicación, dijo, es bastante simple: “No es que la gente quiera ahorrar, es que no le alcanza”.
Mientras tanto, en las chacras misioneras el impacto de la desregulación también empieza a sentirse con fuerza. Durante una presentación ante inversores en Nueva York, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, puso al mercado yerbatero como uno de los ejemplos del nuevo modelo económico. Según explicó, la eliminación de la capacidad regulatoria del Instituto Nacional de la Yerba Mate permitió reducir el precio para el consumidor y expandir la producción y las exportaciones.
Sin embargo, en el eslabón primario de la cadena la lectura es muy distinta. Jorge Skripczuk, productor y referente de la Asociación Impulso Yerbatero, aseguró a PRIMERA EDICIÓN que las declaraciones del funcionario generaron una fuerte indignación en el sector. “Tomaron la actividad yerbatera como ejemplo, pero desguazaron al INYM y dejaron al productor sin herramientas para negociar”, afirmó. Según explicó, mientras las exportaciones crecen y el consumo interno se mantiene firme, los precios que reciben los productores siguen cayendo y los plazos de pago se vuelven cada vez más largos.
En paralelo, el Gobierno provincial intenta aplicar algunas medidas para moderar el impacto del ajuste nacional. A través de un decreto firmado por el gobernador Hugo Passalacqua, la Provincia prohibió la compra de nuevos vehículos oficiales en la administración pública hasta fines de 2026, con el objetivo de restringir el gasto y optimizar el uso de los recursos estatales.
Al mismo tiempo, el mandatario busca fortalecer otros motores económicos de la provincia, como el turismo internacional, promoviendo el destino Misiones en nuevos mercados de la región.
Con todo, la agenda provincial también quedó sacudida en los últimos días por un caso que conmocionó al municipio de Caraguatay. El intendente Mario Darío Peyer fue denunciado por una empleada municipal por presunto abuso sexual, lo que derivó en allanamientos judiciales tanto en la sede comunal como en su domicilio particular. Tras conocerse la denuncia, el gobernador Passalacqua pidió públicamente que el jefe comunal solicite licencia y se ponga a disposición de la investigación judicial, pedido que finalmente fue aceptado.
Así las cosas, entre la presión inflacionaria, los conflictos productivos y las tensiones políticas, Misiones atraviesa su propia versión de esa brecha cada vez más visible entre el relato y la realidad.





