Danila, cocinera bilingüe

Hace ocho años que el director de la escuela, Diego Carballo, la convocó para que se hiciera cargo de la cocina porque ella es vecina del establecimiento y vive en picada Guaraní desde hace 21 años. “Voy a estar acá hasta que me ‘corran’”, declaró la mujer.

05/05/2019 12:24

Danila Bender (61) es la cocinera de la Escuela Intercultural Bilingüe (EIB) N° 905 de Picada Guaraní. Hace ocho años que comenzó con esta tarea de preparar el alimento a 130 chicos, muchos de ellos de la comunidad Mbya de la Aldea Chafariz. “Al principio me costó entenderlos a los chicos Mbya, pero ahora ya sé que es lo que me piden. También entiendo de que hablan cuando dialogan por lo bajo entre ellos. Me entretengo mucho con los niños y pienso seguir en el comedor hasta que me ‘corran’ de este lugar”, confió con simpatía.

La EIB, que está ubicada a tres kilómetros de la ruta Provincial 13, a la altura del kilómetro 19, es una muestra de inclusión entre dos culturas: la de los colonos establecidos en la zona y de los aborígenes de la comunidad Mbya. Un total de 130 estudiantes de las dos comunidades confluyen en el establecimiento para aprender. En las aulas, en los recreos y en el comedor de la escuela, se mezclan y demuestran que cuando se los educa con criterio no existe diferenciación alguna.

El comedor es un lugar de paso permanente de los alumnos. Allí no sólo van a alimentarse, sino acuden con el pretexto de buscar un utensilio, o bien, pasar por pasar. Es que Danila los atiende a todos por igual. Hace ocho años que el director de la escuela, Diego Carballo, la convocó para que se hiciera cargo de la cocina, teniendo en cuenta que ella es vecina del establecimiento y vive en picada Guaraní desde hace 21 años. “Me encanta cocinar para los chicos. Al principio me costó un poco entender a los integrantes de la comunidad, pero ahora ya sé que es lo que me piden, entiendo sus palabras en guaraní, aunque no aprendí a hablar el idioma”, contó Danila a Ko´ape. “Voy a estar acá hasta que me ‘corran’ porque me agradan mucho los chicos y más aún poder hacer algo por ellos”, agregó.

Danila, como tantas cocineras de escuela a lo largo de Misiones, no tienen sueldo alguno. Los integrantes de la cooperadora juntan el dinero que está al alcance para entregarle una colaboración por la prestación del servicio. Sabe que esa suma no cubre el trabajo que realizan las cocineras, mucho menos el amor que dan a los niños.

La mujer contó que tiene libertad para cocinar, pero que siempre escucha la sugerencia del director y de los docentes. “Tenemos un menú más o menos organizado para la semana. Preparamos guiso de arroz o fideos, porotos, polenta, arvejas o lentejas, platos que tratamos de no repetir muy seguido. Veo lo que hay y pregunto al director o a los maestros qué puedo hacer y muchas veces preparo lo que me sugieren”.

Indicó que la labor de una cocinera comienza muy temprano, y muchas veces depende del menú que se busca elaborar. Generalmente, antes que lleguen los chicos ellas ya están instaladas preparando los ingredientes. “Vengo bien temprano y tengo que hacer dos comidas, una para los chicos de la mañana y otra para los de la tarde. Existe una hora de diferencia entre los dos horarios de almuerzo y la norma del establecimiento es que “no tienen que comer comidas que sobran de un turno al otro. Después me quedo hasta que termine de limpiar las instalaciones del comedor.

Depende del menú que toque en suerte, llego antes que los chicos y comienzo a prepararlo. Mientras tanto, cuando los maestros vienen a la cocina, les invito un mate bien caliente. Más aún en los días de invierno. Los chicos no se quedan atrás y también vienen a saludar apenas ingresan”, comentó.

Hace 21 años que Danila se radicó junto a su esposo en una chacra lindante a la escuela. Nunca había tenido oportunidad de relacionarse con gente de la comunidad aborigen. A partir de su nuevo domicilio tuvo que convivir con ellos todos los días. “Primero les tenía un poco de recelo a los Mbya.

Ellos pasaban frente de mi casa todos los días porque salían de la aldea hacia la ruta, y siempre saludaban. Mi esposo tenía más confianza y comenzó a tratarlos, y fue en ese momento que yo comencé a conocerlos. Comenzaron a trabajar para nosotros y pude ver que son personas extraordinarias y que muchas veces somos nosotros los que tenemos prejuicios. Ahora convivo con ellos todo el día, todos los días, y me encantan”.