En este mes de octubre, tradicionalmente dedicado a las misiones, vivimos un tiempo de gracia muy especial. Celebramos el centenario de la Jornada Mundial de las Misiones, una valiosa oportunidad para que todos, como Iglesia, renovemos nuestro compromiso misionero. Para nosotros, que habitamos esta hermosa provincia que justamente lleva el nombre de “Misiones”, este llamado resuena con una fuerza y una identidad muy particular, arraigadas en nuestra propia historia.
En su reciente mensaje para esta jornada, el Santo Padre León XIV nos ha propuesto un lema que invita a una profunda reflexión: “Uno en Cristo, unidos en la misión”. A menudo, cuando pensamos en la misión, imaginamos tierras lejanas y grandes sacrificios personales. Sin embargo, el Papa nos recuerda que el corazón de la tarea misionera está mucho más cerca de lo que creemos. Nos dice con absoluta claridad: “Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo”. Es de esa unión profunda con Jesús, de donde brota nuestra capacidad de salir al encuentro del otro, de nuestro prójimo.
La vida diaria es el escenario principal de nuestra misión. Ya sea en la familia, en el barrio, en la escuela, en la chacra, en la oficina o en las tareas a las que estemos abocados, nuestra primera gran misión consiste en compartir la alegría de la vida y el amor que Dios nos regala. Todos somos misioneros cuando vivimos con generosidad, cuando tendemos la mano al vecino que lo necesita, cuando ofrecemos una palabra de aliento, o cuando compartimos el pan con el que sufre.
Vivimos tiempos donde, lamentablemente, muchas veces experimentamos la fragmentación, los conflictos y las divisiones en nuestra sociedad. Frente a esta realidad, el mensaje del Papa es luz y esperanza. Nos enseña que la misión necesita, antes que nada, de corazones pacificados y hermanos unidos. Nos dice textualmente el Santo Padre: “La misión evangelizadora… requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión”. No podemos hablar del inmenso amor de Dios si primero no construimos la fraternidad entre nosotros, haciendo visible el rostro compasivo de Jesús.
De allí se desprende, quizás, la enseñanza más bella del mensaje pontificio de este año: “Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia”. No somos enviados a imponer una idea abstracta, sino a transparentar un amor concreto; un amor que sana, que perdona y que dignifica a la persona. Es una misión nos recuerda el Papa, “nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor”.
En nuestros encuentros cotidianos, en las obras de caridad y de solidaridad, es donde nuestra fe se vuelve verdaderamente fecunda y misionera al servicio de los demás.
Para sostener este andar a lo largo del tiempo, necesitamos alimentarnos. No hay misión duradera sin un encuentro personal y constante con Jesús en la Eucaristía. Es allí donde el Señor nos da la fuerza para no bajar los brazos frente a las adversidades, para superar nuestras fragilidades y seguir apostando por la vida. Porque, como nos asegura el Santo Padre en su mensaje: “Cuanto más unidos estemos en Cristo, tanto más podremos cumplir juntos la misión que Él nos confía”.
Ojalá que este mes misionero nos despierte a todos y nos anime a descubrir la grandeza de la vocación que hemos recibido en nuestro bautismo.
Acompañemos con nuestra oración ferviente a todos los misioneros y misioneras que hoy entregan su vida en lugares difíciles y lejanos. Pero también, animémonos a ser testigos valientes y alegres, como nos recuerda San Pablo: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.
Que la Virgen María, la primera misionera por excelencia que supo llevar a Jesús en su seno para entregarlo a la humanidad, bendiga nuestros hogares, anime a nuestras comunidades y acompañe siempre nuestros pasos en este hermoso camino de la fe.







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