Anahí Fleck
Magister en Neuropsicología. 0376-154-385152
Un trastorno neurológico funcional (TNF) significa tener síntomas neurológicos reales (por ejemplo, debilidad, temblores, episodios tipo convulsión, mareo persistente o “niebla mental”) que generan discapacidad, pero que se explican mejor por un problema en el funcionamiento de redes cerebrales -cómo el cerebro predice, presta atención, regula la emoción y organiza la sensación de control- más que por una lesión estructural visible en estudios.
La revisión práctica de Dworetzky y Baslet enfatiza que el diagnóstico se hace con signos positivos (variabilidad, mejoría con distracción, etc.), que no implica “fingir”, y que el tratamiento funciona mejor cuando se explica el diagnóstico de forma clara, con enfoque de equipo y terapias basadas en evidencia (rehabilitación y psicoterapia) orientadas a recuperar función y reducir sufrimiento.
Mohan y colegas aportan un marco especialmente útil para el subtipo cognitivo (dificultad de atención, memoria, lentitud mental): el trastorno cognitivo funcional se mantiene porque el cerebro queda atrapado en un estilo de procesamiento llamado predictive processing: cuando se instala una expectativa (un “modelo interno”) del tipo “mi memoria está fallando”, esa expectativa se vuelve demasiado fuerte (“prior negativo”), y la atención se orienta a buscar pruebas de falla.
El resultado es un círculo vicioso: la persona se automonitorea, percibe esfuerzo excesivo, interpreta lapsos normales como señales graves y evita tareas (miedo a pensar o a exigir la mente), lo que impide reunir evidencia cotidiana de que la capacidad todavía está. Esto no es conveniencia ni “ganancia secundaria”; es un aprendizaje cerebral que erosiona la sensación de agencia (“no puedo controlar mi mente”).
Guthrie y colegas describen un mecanismo paralelo en la ansiedad por la salud: rumia, sesgos atencionales (hiperfoco en sensaciones), y “conductas de seguridad” (chequeos, búsquedas, consultas repetidas o evitación) que alivian la ansiedad a corto plazo, pero a largo plazo mantienen la amenaza porque nunca se aprende que el cuerpo puede ser seguro. La neuroimagen es preliminar y heterogénea, pero el modelo clínico es consistente: lo que sostiene el problema es la necesidad de reducir incertidumbre, no obtener beneficios externos.
Aquí entra un punto clave de neuropsicología clínica: la anamnesis (relato de lo vivido y lo sentido) puede distorsionar la percepción no porque la persona mienta, sino porque el cerebro organiza la experiencia con narrativas que “explican” lo que pasa. En TNF, después de meses o años de síntomas, es frecuente que el relato se vaya volviendo más rígido (“siempre me pasa”, “cada vez peor”, “esto significa daño”), y esa narrativa se transforma en una expectativa que guía atención y cuerpo. La revisión de Dworetzky muestra que, si el diagnóstico se comunica mal (“no tenés nada”, “es psicológico”), se aumenta la búsqueda de explicaciones y se refuerza el círculo de amenaza; si se comunica bien (“es un problema de funcionamiento, es real, y hay tratamiento”), se abre la puerta a reentrenar el sistema.
Abordar estas cuestiones neuropsicológicamente permite devolver agencia porque cambia el objetivo: no es “convencer” al paciente, sino enseñarle a su cerebro nuevas reglas. Se trabaja con (1) atención (pasar de hipervigilancia a foco flexible), (2) metacognición (cómo interpreto mis fallas), (3) conducta (reducir evitación y conductas de seguridad), y (4) rehabilitación basada en automatismos (recuperar movimientos/habilidades sin hipercontrol). En términos de bienestar subjetivo, la mejoría no es solo “menos síntomas”: es recuperar libertad cotidiana, confianza, identidad (“puedo”) y un sentido de futuro que no esté gobernado por la amenaza.






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