Durante años, la caída de la natalidad fue explicada casi siempre de la misma manera. Las nuevas generaciones postergan la maternidad y la paternidad, las mujeres tienen otras prioridades, las familias son más pequeñas y cada vez más personas simplemente eligen no tener hijos. Una parte de todo eso es cierta. Pero no alcanza.
El Estado de la Población Mundial 2025, elaborado por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), propone cambiar la pregunta. En lugar de observar únicamente cuántos hijos tiene la población, plantea mirar cuántos hijos hubiera querido tener y cuántos efectivamente pudo tener.
El resultado altera bastante la interpretación tradicional de la caída de la fecundidad.
El organismo sostiene que la verdadera crisis no está necesariamente en que nazcan demasiados o demasiado pocos niños, sino en que millones de personas no pueden concretar sus propias decisiones reproductivas.
Para elaborar el informe, el UNFPA y YouGov encuestaron a más de 14.000 adultos de 14 países. Cuando se preguntó cuál sería el número ideal de hijos, la respuesta más frecuente fue dos. Sin embargo, casi uno de cada cinco adultos en edad reproductiva consideró que no lograría llegar al número de hijos que deseaba.
El 18% creyó que no alcanzaría su ideal: un 11% esperaba terminar con menos hijos de los que quería y otro 7% con más.
El desajuste se observa con todavía mayor claridad cuando se consulta a personas cuya etapa reproductiva probablemente ya terminó. Entre los mayores de 50 años encuestados, el 31% terminó teniendo menos hijos de los que hubiera querido, mientras que un 12% tuvo más. Apenas el 38% señaló haber alcanzado exactamente el tamaño de familia que consideraba ideal.
No se trata entonces solamente de decidir tener menos. Muchas veces se trata de renunciar.
Cuando el proyecto de familia se posterga hasta desaparecer
Otro dato del estudio ayuda a dimensionar ese fenómeno. Alrededor del 23% de los encuestados atravesó algún momento de su vida en el que quería tener un hijo, pero no pudo hacerlo en el momento que consideraba adecuado. Entre ellos, más del 40% terminó abandonando definitivamente ese deseo.
El problema aparece así en una zona mucho más cotidiana que las grandes discusiones demográficas: conseguir trabajo, independizarse, alquilar o comprar una vivienda, mantener ingresos previsibles y sentir que dentro de algunos años será posible sostener la vida que se está proyectando.
Cuando el informe preguntó por qué las personas no conseguían formar la familia que deseaban, la economía apareció como la principal barrera.
Entre unas 10.000 personas que manifestaron querer tener hijos, el 39% señaló directamente restricciones económicas. El segundo motivo más mencionado fue el desempleo o la precariedad laboral, con un 21%, y el tercero fueron las dificultades relacionadas con la vivienda, con un 19%, entre ellas la falta de espacio y los elevados precios de compra o alquiler.
Cuando esas respuestas fueron agrupadas en categorías más amplias, más de la mitad de los encuestados señaló algún obstáculo económico para alcanzar la cantidad de hijos que deseaba.
La conclusión pone en discusión otro lugar común: que los jóvenes simplemente cambiaron de prioridades.
Es cierto que las preferencias culturales se transformaron y que existe una mayor aceptación de modelos de vida sin hijos. Pero los datos muestran que una parte de las familias pequeñas no nació de una elección original, sino de una sucesión de postergaciones.
Primero conseguir trabajo. Después mejorar el salario. Después mudarse. Después encontrar una vivienda adecuada. Después estabilizarse. Y en ese recorrido, el proyecto de tener uno, dos o tres hijos puede ir reduciéndose o directamente desaparecer.

La vivienda se convirtió en una frontera
El problema de la vivienda ocupa un lugar especialmente relevante. El informe señala que el costo de vivir por cuenta propia, los gastos habitacionales y la dificultad para obtener empleos adecuados están entre los principales obstáculos que los jóvenes mencionan para independizarse de sus familias de origen.
La relación no es puramente intuitiva.
Una investigación realizada en Brasil y citada por Naciones Unidas encontró que jóvenes beneficiados con créditos habitacionales mediante sorteos tenían un 32% más de probabilidades de tener hijos. Estudios realizados en otros países también encontraron relaciones entre el precio de la vivienda, la posibilidad de formar pareja y las decisiones reproductivas.
Es un cambio importante en la manera de mirar la natalidad.
Durante mucho tiempo, el debate se concentró en incentivos directos para tener hijos. El informe propone observar aquello que ocurre mucho antes del nacimiento: si las personas pueden construir las condiciones materiales que consideran necesarias para formar una familia. Una vivienda estable deja entonces de ser solamente una cuestión habitacional. También puede convertirse en una condición para decidir cuándo iniciar una familia o ampliarla.
Trabajo precario, proyectos precarios
Algo parecido ocurre con el empleo. El desempleo, los trabajos inestables, el empleo a tiempo parcial involuntario y la incertidumbre económica retrasan los hitos tradicionalmente asociados con la vida adulta.
No necesariamente porque exista rechazo a formar una familia, sino porque el futuro resulta demasiado incierto como para asumir compromisos que se extenderán durante décadas.
El UNFPA plantea que empleo, salarios y costo de vida no pueden analizarse por separado. La estabilidad laboral y los ingresos deben guardar relación con los precios de la vivienda y las condiciones que permiten alcanzar independencia económica.
El retraso, además, tiene consecuencias.
La edad promedio mundial para tener hijos ronda actualmente los 28 años y viene aumentando de manera sostenida, en parte porque muchas personas intentan alcanzar primero mejores niveles de estabilidad económica.
Postergar no necesariamente significa renunciar. Pero cuanto más se retrasa el proyecto, más estrecho puede hacerse el margen biológico para concretarlo.

También pesa el miedo al mundo que viene
El dinero no explica todo. El 19% de los encuestados mencionó temores relacionados con el futuro como una causa para tener menos hijos de los que deseaba: cambio climático, degradación ambiental, guerras, pandemias y otras crisis.
La decisión de tener un hijo incorpora así una pregunta que excede la situación económica inmediata: ¿qué mundo encontrará? La incertidumbre política, ambiental y social se incorporó al cálculo íntimo de muchas personas.
El informe abre de esta manera otra dimensión de la caída de la fecundidad. Tener hijos dejó de depender únicamente de la capacidad económica presente y pasó a estar atravesado también por la confianza en el futuro.
Cuando esa confianza se erosiona, también puede erosionarse la voluntad de proyectar una familia.
Argentina: en diez años nacieron casi 364 mil chicos menos
Argentina no formó parte de los 14 países incluidos en la encuesta de UNFPA y YouGov, por lo que no es posible trasladar automáticamente al país los porcentajes sobre las razones económicas, laborales o habitacionales que llevan a las personas a tener menos hijos de los deseados. Sin embargo, los datos nacionales muestran que la transformación demográfica ya está ocurriendo y que lo hace a una velocidad extraordinaria.
En apenas una década, la cantidad anual de nacimientos cayó 46,8%. En 2014 habían nacido 777.012 bebés en Argentina; en 2024 fueron 413.135. La diferencia es de 363.877 nacimientos menos por año.
La dimensión del cambio se vuelve todavía más visible al traducir esas cifras a la vida cotidiana. Hace diez años nacían en el país, en promedio, 2.128 chicos por día, alrededor de 88 cada hora y uno cada 45 segundos. En 2024 fueron unos 1.131 nacimientos diarios, 47 por hora y aproximadamente uno cada 80 segundos.
Los investigadores de CIPPEC Rafael Rofman y Carola della Paolera describen el fenómeno como una “revolución demográfica”. Según sus estimaciones, la tasa global de fecundidad cayó un 48% entre 2014 y 2024 y alcanzó el año pasado un mínimo histórico de 1,23 hijos por mujer. El descenso producido en apenas una década fue, según los especialistas, mayor que el acumulado durante los 60 años anteriores.
La reducción tampoco ocurrió de igual manera en todas las edades. La fecundidad entre las adolescentes menores de 20 años se desplomó un 71%, mientras que entre las mujeres de 20 a 24 años retrocedió un 52%.
Ese dato obliga a introducir una distinción central: que nazcan menos chicos no significa necesariamente que haya una crisis en todos los sentidos.
Una parte importante de la disminución está vinculada con una transformación positiva: la posibilidad de decidir.
El propio informe del UNFPA destaca a Argentina por la pronunciada reducción de la maternidad adolescente. Entre 2015 y 2022, la tasa de natalidad entre adolescentes de 15 a 19 años cayó 60%, desde 64 hasta 25 nacimientos cada 1.000 adolescentes, una evolución que el organismo relaciona con el acceso a información y servicios de planificación familiar y con el retraso del primer embarazo.
Especialistas consultados en Argentina coinciden en señalar que detrás del descenso existen múltiples factores: mayor acceso a métodos anticonceptivos, más educación sexual, postergación de la maternidad, mayor autonomía de las mujeres, transformaciones culturales y familiares y cambios en los proyectos personales y profesionales. A esos elementos se suman las dificultades económicas y laborales que implica criar un hijo, aunque los investigadores de CIPPEC advierten que la economía por sí sola no alcanza para explicar una tendencia que comenzó hace más de una década y atravesó ciclos económicos muy diferentes.
Es justamente allí donde el caso argentino se conecta con la discusión que plantea Naciones Unidas.
La pregunta no puede limitarse a por qué nacen menos chicos. También es necesario distinguir entre quienes tienen menos hijos porque así lo decidieron y quienes, aun deseando una familia más numerosa, terminaron postergándola o reduciéndola porque las condiciones de vida no acompañaron ese proyecto.
Son fenómenos distintos y requieren respuestas distintas.
La mayor capacidad para evitar embarazos no deseados representa un avance en autonomía reproductiva. Pero que una persona quiera tener hijos y no pueda concretarlo por razones económicas, laborales, habitacionales, sanitarias o personales constituye otra dimensión del problema.
Argentina atraviesa además las primeras consecuencias estructurales de esta transformación.
En 2014, los 777.012 nacimientos superaban ampliamente las 325.539 defunciones registradas durante ese año. Diez años después, la distancia prácticamente desapareció: en 2024 hubo 413.135 nacimientos y 376.405 muertes, por lo que el crecimiento vegetativo quedó reducido a solamente 36.730 personas, el nivel más bajo registrado en el país.
El cambio ya comienza a sentirse también en la estructura por edades. La población argentina de 3 a 5 años se redujo alrededor de un 31% en una década, desde unos 2,3 millones hasta cerca de 1,6 millones de chicos, una modificación que empieza a repercutir sobre jardines de infantes, servicios pediátricos y maternidades y que, a más largo plazo, modificará la relación entre población activa y adultos mayores.
No significa que Argentina esté a punto de quedarse sin habitantes. La demografía se mueve lentamente y la evolución futura depende también de la mortalidad, la esperanza de vida y las migraciones. Pero sí significa que la pirámide poblacional que durante décadas caracterizó al país está cambiando con enorme rapidez.
En ese escenario, reducir la discusión a exhortar a las parejas a tener más hijos sería ignorar buena parte del fenómeno. La caída argentina contiene simultáneamente más autonomía reproductiva, menos embarazos adolescentes, cambios profundos en los proyectos de vida y una creciente postergación de la maternidad y la paternidad.
Y abre, al mismo tiempo, una pregunta todavía difícil de responder con los datos disponibles: cuántas de esas familias pequeñas son exactamente las familias que sus integrantes querían tener y cuántas terminaron siendo más pequeñas porque el momento adecuado nunca llegó.
La falsa solución de pedir que nazcan más chicos
Ante el descenso de la natalidad, numerosos países comenzaron a aplicar políticas destinadas explícitamente a aumentar la cantidad de nacimientos. Bonificaciones, transferencias económicas, premios por hijo y campañas gubernamentales aparecen periódicamente como respuesta al envejecimiento poblacional.
El UNFPA cuestiona esa lógica cuando el objetivo consiste simplemente en modificar una estadística.
La pregunta, sostiene el organismo, no debería ser cuántos hijos necesita la economía o el Estado, sino cuántos hijos quiere tener cada persona y qué le impide concretar esa decisión.
El cambio parece sutil, pero modifica completamente la discusión. Si alguien no quiere tener hijos, garantizar su libertad reproductiva implica respetar esa decisión.
Pero si alguien quiere tener dos y termina teniendo uno porque nunca consiguió una vivienda estable, porque perdió repetidamente el empleo o porque postergó durante años el proyecto esperando condiciones que nunca llegaron, también existe una libertad que no pudo ejercer plenamente.
Por eso el informe habla de una “verdadera crisis de fecundidad”. No es necesariamente que el mundo haya dejado de querer hijos. Es que, para una parte cada vez más visible de la población, tener la familia que alguna vez imaginó se convirtió en un proyecto que las condiciones de vida no le permiten concretar.
Abuelos al rescate
Hay una escena que se repite en millones de hogares. La jornada laboral empieza antes de que abra la escuela o termina varias horas después de que los chicos regresen a casa. Una reunión se extiende. Alguien se enferma. Hay que buscar al niño, preparar la merienda, llevarlo a una actividad o quedarse con él durante varias horas.
Entonces aparece una llamada: “¿Podés quedarte con los chicos?”. Y muchas veces la respuesta llega desde la generación anterior.
Los abuelos se convirtieron en una pieza silenciosa de la organización familiar moderna. Una función tan cotidiana que durante mucho tiempo fue tratada como una extensión natural de los vínculos afectivos y no como lo que también es: trabajo de cuidado.
El informe sobre el Estado de la Población Mundial 2025 del Fondo de Población de las Naciones Unidas coloca esa tarea en primer plano y advierte que, en numerosos países, los abuelos funcionan como una verdadera tabla de salvación para padres y madres que trabajan.
Su aporte no se limita a resolver emergencias.
En algunos países, los estudios citados por el organismo encontraron que la disponibilidad de familiares para cuidar a los niños favoreció la incorporación de las madres al mercado laboral. También existen investigaciones que asocian la presencia cercana de los abuelos con una mayor disposición de los hijos adultos a convertirse en padres o ampliar la familia.
El fenómeno adquirió tal importancia que algunos investigadores llegaron a definir la participación de los abuelos en los cuidados como “una nueva estrategia reproductiva”.
Mucho más que “dar una mano”
El lenguaje cotidiano suele disminuir la magnitud de ese trabajo.Los abuelos “ayudan”. “Dan una mano”. “Se quedan un rato”. Pero detrás de esas expresiones pueden esconderse varias horas diarias de cuidado.
El informe cita otra investigación internacional que encontró que el 17% de los padres y madres no recibe ningún tipo de ayuda para cuidar a sus hijos, una situación especialmente frecuente entre las familias de menores ingresos.
La ausencia de una red modifica incluso la experiencia de la crianza.
Entre las personas consultadas por Equimundo, el 29% de los padres y el 32% de las madres dijeron sentir que cuidar a sus hijos era más agotador que entretenido. Los adultos que no contaban con ayuda eran más propensos a expresar esa sensación.
Ahí aparece el valor de una red familiar. Un abuelo que retira a un nieto de la escuela no solamente resuelve una hora del día. Puede permitir que una madre o un padre mantenga una jornada laboral completa. Una abuela que se queda con un niño durante una enfermedad evita que alguno de los progenitores tenga que faltar al trabajo. Un familiar disponible durante las vacaciones escolares resuelve semanas enteras de incompatibilidad entre calendarios laborales y educativos.
En los hogares, esa ayuda parece cotidiana. Vista a escala social, constituye una enorme infraestructura de cuidados que funciona fuera de presupuestos, contratos y estadísticas.
El precio oculto que pagan las abuelas
Pero ese sistema también tiene una cara menos visible. La ayuda familiar no es neutral. La mayor parte del cuidado informal sigue recayendo sobre las mujeres, incluso cuando esas mujeres ya atravesaron durante décadas las tareas vinculadas con la crianza de sus propios hijos.
El informe advierte que muchos abuelos cuidan de sus nietos sin recibir ninguna remuneración y que esa responsabilidad puede agravar situaciones de vulnerabilidad económica, especialmente entre las abuelas.
Investigaciones realizadas en Europa encontraron además que el nacimiento de los nietos puede provocar una reducción importante de la participación laboral de las mujeres mayores, sobre todo en países donde existen pocas alternativas formales de atención infantil.
El círculo resulta paradójico.
La generación anterior permite que sus hijos permanezcan trabajando, pero para conseguirlo alguna integrante de esa generación puede terminar reduciendo su propia actividad laboral.
La transferencia del cuidado no elimina entonces el trabajo. Simplemente cambia de manos. Y con frecuencia pasa de una mujer joven a una mujer mayor.
El país que empezó a pagar la licencia de los abuelos
Suecia decidió reconocer institucionalmente esa realidad. Desde 2024, una reforma permite que los padres transfieran hasta 90 días de licencia parental remunerada a familiares cercanos -incluidos los abuelos- o incluso a otras personas de confianza.
En una pareja, cada progenitor puede ceder hasta 45 días. Una madre o un padre que cría solo puede transferir los 90. Durante ese período, la persona que asume el cuidado puede dejar temporalmente su trabajo y recibir cobertura del sistema sueco de seguridad social.
En el caso relatado por el informe, Carina Persson, empleada del sector público y abuela, podía tomarse el tiempo para cuidar a su nieto mientras el organismo de seguridad social cubría el 80% de su salario.
La medida se inserta en un sistema que ya contempla hasta 480 días de licencia parental remunerada por niño, pero introduce una modificación conceptual importante: reconoce legalmente que las familias actuales no siempre pueden organizar la crianza únicamente alrededor del padre y la madre.
Y la utilización de la nueva herramienta reveló algo bastante previsible. La mayor parte de los días transferidos fueron utilizados por abuelos y, particularmente, por abuelas maternas.
El Estado no creó esa red. La red ya existía. Lo novedoso fue empezar a reconocerla.
Del favor familiar al reconocimiento social
La experiencia sueca abre una discusión más profunda. ¿Qué parte de la vida económica depende de trabajos que nunca aparecen como trabajo?
El Producto Interno Bruto registra el empleo formal de los padres. Registra las horas trabajadas. Registra los salarios. Pero no necesariamente registra a la abuela que posibilitó que esas horas pudieran trabajarse.
Ese aporte suele quedar en una zona intermedia entre afecto y obligación. Los abuelos quieren pasar tiempo con sus nietos. Para muchos constituye una de las experiencias más gratificantes de esa etapa de la vida. Pero querer hacerlo no significa necesariamente que toda tarea de cuidado deba darse por descontada.
Ese es uno de los aportes más interesantes del informe: reconocer el valor de los vínculos familiares sin convertirlos automáticamente en una obligación gratuita e ilimitada.
La discusión probablemente se vuelva cada vez más relevante. Las familias cambiaron. Los horarios laborales cambiaron. La participación femenina en el mercado de trabajo cambió. La crianza también se volvió más exigente en tiempo y atención.
Sin embargo, buena parte de la arquitectura cotidiana que permite compatibilizar esos mundos continúa dependiendo de acuerdos privados, conversaciones familiares y personas disponibles. Muchas veces, de una abuela.
El informe resume el cambio a partir de la experiencia sueca: las políticas familiares comienzan a reconocer algo que las familias saben desde hace décadas.
Criar un hijo casi nunca es tarea de dos personas solamente. Detrás de muchas madres y padres que todos los días pueden salir a trabajar hay otra generación sosteniendo, en silencio, una parte importante de la vida familiar.







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