La discusión sobre agricultura sostenible está cambiando. Ya no alcanza con medir cuánto se protege el suelo, el agua o la biodiversidad. Una producción será verdaderamente sostenible si además resulta económicamente viable, incorpora tecnología y permite que el productor permanezca dentro del sistema.
Esa fue una de las principales conclusiones que dejó la II Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible realizada en Posadas, que durante dos jornadas reunió a alrededor de 500 participantes y especialistas de Argentina, Brasil, Paraguay y Cuba.
El encuentro permitió mostrar experiencias, pero fundamentalmente dejó planteado un desafío: cómo transformar conceptos, desarrollos científicos y nuevas tecnologías en soluciones concretas para la chacra.
La sostenibilidad ambiental, la viabilidad económica, la inclusión social y la innovación tecnológica atravesaron la agenda. El cambio no es menor. La discusión deja de presentar ambiente y rentabilidad como asuntos separados para comenzar a pensar cuánto cuesta producir de determinada manera, qué tecnología puede reducir costos o riesgos y qué mercados están dispuestos a reconocer esa diferenciación.
Del bioinsumo a la IA
Buena parte de esa nueva agenda apareció durante la jornada final. Agricultura digital, inteligencia artificial, análisis de datos en tiempo real, energía solar aplicada al abastecimiento de agua y sistemas predictivos fueron incorporados al debate junto con cuestiones tradicionales como conservación del suelo, producción orgánica y bioinsumos.
La inteligencia artificial, por ejemplo, puede procesar información climática y productiva para anticipar riesgos y mejorar decisiones. La energía solar puede resolver necesidades de bombeo de agua para ganadería o riego. La agricultura digital permite medir variables que antes dependían principalmente de la experiencia del productor.
Pero la tecnología adquiere verdadero valor cuando puede ser utilizada fuera de una exposición.
El ministro del Agro y la Producción, Facundo López Sartori, lo resumió al cierre del encuentro: el desafío es conseguir que el conocimiento generado llegue al territorio y se transforme en oportunidades concretas para los productores.
Ese probablemente sea también el parámetro con el cual medir el resultado de la Cumbre en los próximos años.
Bioinsumos, una ventaja
Misiones ya tiene un camino recorrido en uno de esos campos. Biofábrica desarrolló capacidades vinculadas con bioinsumos y biotecnología que durante el encuentro fueron destacadas por especialistas nacionales e internacionales.
María Helena Irastorza, vicepresidenta del Movimiento Argentino para la Producción Orgánica (MAPO), señaló un aspecto central: los productores orgánicos necesitan herramientas para enfrentar sus problemas y acceder a bioinsumos suele resultar costoso. Allí identificó una oportunidad para que Biofábrica pueda acercar productos, proyectos y seguimiento técnico.
El punto es particularmente importante porque permite llevar la discusión ambiental al terreno económico. Un bioinsumo será una alternativa real si funciona, está disponible y su costo resulta compatible con los números del productor.
Pablo González, biólogo y cofundador de El Gato y la Caja, fue más allá y sostuvo que los cambios en la matriz agrícola mundial pueden abrir espacio para nuevos bioproductos y que Misiones posee capacidades para participar de ese proceso.
Eso supone pensar los bioinsumos no solamente como sustitutos de productos convencionales, sino también como una posible actividad vinculada a la bioeconomía, la innovación y el empleo calificado.
Producir distinto, vender mejor
La ubicación y las características ambientales de Misiones agregan otra oportunidad. Fernando Schwanke, representante del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), destacó que la protección de la naturaleza constituye una característica reconocida de la provincia y puede representar una ventaja frente a mercados regionales y mundiales.
Ese es otro cambio de enfoque: transformar una exigencia ambiental en diferenciación comercial.
Misiones difícilmente pueda competir por escala con las grandes regiones agrícolas. Puede hacerlo, en cambio, mediante productos diferenciados, producción orgánica, trazabilidad, bioinsumos e identidad territorial.
Pero existe una condición indispensable: alguien debe pagar esa diferencia.
Producir bajo mayores exigencias sin encontrar mercados que reconozcan económicamente ese esfuerzo puede terminar convirtiendo la sustentabilidad en otro costo para la chacra. Por eso, junto con tecnología y ambiente, durante la Cumbre aparecieron cuestiones como financiamiento e internacionalización. La medida será lo que ocurra después.
El encuentro cerró con la presentación de la Declaración de Misiones para la Agricultura Sostenible 2026, que reunió lineamientos y estableció una agenda de continuidad.
También hubo un Laboratorio de Ideas donde estudiantes secundarios y universitarios trabajaron sobre problemas vinculados al suelo, agua y reciclado, además de experiencias de educación ambiental y proyectos comunitarios.
Todo eso amplía el concepto de agricultura sostenible. Pero el resultado final deberá buscarse fuera del Museo Aníbal Cambas, donde se desarrolló la Cumbre.
Estará en cuántos productores incorporen bioinsumos, cuántos puedan utilizar energía solar o herramientas digitales, cuánto se reduzcan costos y riesgos, cuántos productos encuentren nuevos mercados y cuánto valor quede finalmente en origen.






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