Anahí Fleck
Magister en Neuropsicología. 0376-154-385152
En consultorio, en medio de una sesión con un consultante que atravesó una semana compleja y tras intercambio de ideas y experiencias, donde el peso de lo cotidiano llegaba como quien dice con el agua al cuello y justo cuando parecía que todo se hundía en hechos y eventos desafortunados, el consultante dijo una frase inesperada, “lo que sí puedo hacer”, tras esta frase, que reflejó un cambio neuropsicológico desde un estado dominado por amenaza/evitación hacia un estado de control ejecutivo, agencia y orientación a metas, el consultante reactivó sus redes prefrontales que permitieron seleccionar acciones posibles y a su alcance, allí donde puede modular la emoción y sostener la motivación.
En neuropatologías como la bipolaridad, este tipo de “giro” es clínicamente relevante porque el trastorno se asocia a alteraciones contextuales en la interacción entre circuitos fronto límbicos (reactividad emocional) circuitos fronto estriatales (recompensa/impulso), con menor consistencia del control prefrontal en momentos de carga afectiva.
Desde un marco de neurocircuitos, el “no puedo/no sé/no tengo ganas” suele emerger cuando predomina el sistema de afecto negativo y/o la rumiación, con mayor interferencia límbica y menor eficacia de control prefrontal sobre atención, memoria de trabajo y toma de decisiones. El pasaje a “lo que sí puedo hacer” implica tres operaciones neuropsicológicas principales:
1. Reencuadre atencional y reducción de carga afectiva.
Al buscar activamente opciones posibles, la persona desplaza atención desde la amenaza (“no puedo”) hacia información accionable (“sí puedo”), lo que tiende a disminuir la interferencia emocional sobre cognición. En términos de redes, esto favorece el acople entre sistemas de control ejecutivo y sistemas de detección de saliencia para reorientar la atención hacia estímulos relevantes y manejables. Para varios trastornos neuropsicológicos, la desorganización de estas interacciones es un mecanismo propuesto de inestabilidad afectiva y rumiación; por eso, la reorientación a lo posible tiene valor terapéutico.
2. Activación de control ejecutivo y manejo de metas.
Formular “sí puedo” obliga a usar funciones ejecutivas: generar alternativas, seleccionar una, planificar el primer paso y sostenerlo en memoria de trabajo. Estas operaciones dependen de circuitos laterales prefrontales y su coordinación con redes fronto parietales y cingulo operculares, que sostienen la implementación de control top down. Especialmente bajo carga emocional, se reportan alteraciones en activación/conectividad de estas regiones, y en estados afectivos extremos puede verse peor administración de metas. El hecho clínico de que el consultante pudiera pasar a una lista concreta de acciones sugiere un “re encuadre” del sistema ejecutivo.
3. Recuperación de agencia y autoeficacia mediante un circuito acción resultado.
La agencia subjetiva (“yo estoy dirigiendo”) se refuerza cuando la persona detecta que su conducta produce un efecto. Estudios experimentales sobre sentido de agencia demuestran que el compromiso con esfuerzo y la obtención de resultados se asocian a actividad en regiones vinculadas a acción voluntaria y monitoreo, y que la autoeficacia potencia esa atribución de agencia. En la sesión, el cambio de lenguaje probablemente pueda crear un micro ciclo de agencia: identificar acción posible → sentir control → aumentar motivación → generar más acciones posibles.
En bipolaridad, ansiedad, depresión, estrés traumático o extremo, este tipo de intervención “centrada en lo que sí” puede entenderse como una forma breve de entrenamiento de regulación: reduce el dominio de la reactividad límbica y favorece la modulación prefrontal sobre emoción y conducta. Esto es coherente con modelos neurocircuitales que distinguen sistemas más automáticos de emoción/recompensa y sistemas más voluntarios de control; el objetivo clínico no es suprimir la emoción, sino recuperar flexibilidad para elegir acciones aun con emoción presente.
En síntesis, la frase “lo que sí puedo hacer” es clínicamente potente porque marca la transición a una postura de autogestión, apoyada por redes de control ejecutivo, monitoreo/selección, valoración y aprendizaje de resultados, que permiten convertir un estado de bloqueo en un plan mínimo accionable -un paso central hacia autonomía funcional e independencia.






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