Con una mesa plástica debajo de un árbol y la decisión de transformar la falta de trabajo en un emprendimiento genuino, María Soledad Maciel de Ávila y Malena Schevaga se atrevieron a soñar en grande y, luego de mucho trabajo, actualmente están al frente de un pequeño bodegón de comidas al paso, convertido en la principal fuente de ingresos para sostener a sus familias.
“Preparábamos los insumos y la comida en nuestras casas, lavábamos las verduras, horneábamos el pan y hacíamos las empanadas, teníamos que traer prácticamente casi todo listo”, contaron las mujeres a este Diario al reconstruir los primeros pasos de un emprendimiento gastronómico que ya las encuentra con un espacio propio y un proyecto que sigue creciendo.
Actualmente, el negocio cuenta con la promoción del Ministerio de Cultura de Misiones a través de los “Patios Culturales”, cuyo objetivo es divulgar la identidad gastronómica regional.
La historia de María y Malena comenzó a partir de una coincidencia sencilla, pero clave: a las dos les encantaba cocinar. Pero detrás de esa afición había también una necesidad concreta: no tenían trabajo ni dinero, pero soñaban con encontrar una alternativa que les permitiera permanecer cerca de sus familias.
“Tener la idea de vender comida nos abrió la cabeza; en ese momento ni nos imaginábamos que íbamos a vender algo y mucho menos pensar en tener ahora nuestro local. Sin embargo la vida nos muestra que todo es posible”, suspiró María mientras terminaba de cerrar las empanadas que un cliente se apresuraba a comprar.
Para ambas, la posibilidad de salir del pueblo para buscar trabajo tampoco resultaba sencilla. Como jefas de hogar, tenían responsabilidades familiares y la edad de sus hijos pequeños pesaba a la hora de evaluar alguna actividad que les permitiera generar ingresos sin tener que alejarse de Cerro Corá.
“Fue entonces que decidimos emprender con la comida”, acotó su socia Malena.
La primera etapa fue completamente artesanal y sacrificada. Pero cada venta, por pequeña que fuera, se convertía en un nuevo paso para consolidar el proyecto.
“Y el centavito que vendíamos debajo del árbol era centavito que guardábamos para un ladrillo, una bolsa de cemento”, recordó emocionada la mujer.
Así, lo que comenzó como una iniciativa para generar un ingreso fue transformándose lentamente en una inversión en el propio emprendimiento. Ladrillo por ladrillo, fueron construyendo el espacio que hoy utilizan para trabajar.
Permiso y oportunidad
El salto de aquella mesa debajo del árbol hacia un espacio propio también tuvo un componente institucional. Las emprendedoras recurrieron al municipio para solicitar autorización para utilizar el lugar y, con el permiso concedido, pudieron avanzar.
“Fuimos a pedir un permiso para la municipalidad como corresponde y bueno, nos concedió el espacio y comenzamos”, explicaron.
El crecimiento no fue solamente económico. También implicó incorporar infraestructura, organizar el trabajo y encontrar una forma de sostener una actividad que inicialmente había comenzado con recursos muy limitados.
En ese proceso tuvieron además el acompañamiento de familiares y amigos.
“Recibimos mucho apoyo, sí, tenemos mucho apoyo de amigos, de conocidos para la construcción del local, y por supuesto de nuestras parejas también”, destacaron.
La clave, para ellas, no está solamente en tener una idea comercial sino en aprovechar aquello que se sabe o se tiene experiencia.
“Con lo que uno tenga, sepa hacer y sobre todo con lo que nos gusta se puede salir adelante. Lo nuestro fue cocinar, así que eso nos llena de alegría cada día”.








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