Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
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Las mareas suben y bajan siguiendo un ritmo antiguo, una pulsación silenciosa que parece brotar desde el corazón mismo de nuestro planeta. El océano respira. Avanza y retrocede. Se expande y se recoge. Y mientras observamos ese movimiento, quizás olvidamos que algo muy parecido sucede también dentro de nosotros. ¿Acaso no podemos vernos reflejados en el agua?
Hay días en que nuestras emociones son tranquilas como una bahía en calma. Días en los que todo parece estar en su lugar, donde el silencio se vuelve compañía y la serenidad nos habita. Pero también existen jornadas de viento y tormenta, momentos en los que las olas internas golpean con fuerza las costas de nuestra alma y nos recuerdan que estamos vivos. El mundo externo y el mundo interno parecen hablar el mismo lenguaje. La naturaleza nos muestra constantemente aquello que sucede en nosotros. El cambio de las estaciones, el crecimiento de los árboles, el movimiento de las nubes, la danza de las mareas. Todo parece recordarnos una verdad sencilla que muchas veces olvidamos: no estamos separados de ella.
Somos naturaleza observándose a sí misma. Sin embargo, vivimos como si fuéramos algo distinto. Como si estuviéramos por encima de la tierra que nos sostiene, del agua que nos da vida o del aire que respiramos. Nos percibimos aislados, desconectados, separados del gran tejido de la existencia. Y quizás sea precisamente esa sensación de separación la que nos permite dañar aquello de lo que formamos parte. Porque cuando uno se siente ajeno, destruye sin darse cuenta. Pero cuando uno se siente parte, cuida.
Tal vez la verdadera transformación comience cuando volvamos a percibirnos dentro de la inmensidad. No como espectadores del universo, sino como una expresión de él. Como una célula dentro de un organismo mucho más grande. Como un cuerpo dentro de un cuerpo mayor.
La Tierra misma viaja por el espacio formando parte de sistemas aún más vastos. Nuestro planeta gira alrededor de una estrella; esa estrella pertenece a una galaxia; esa galaxia forma parte de una estructura todavía más inmensa. Todo está contenido dentro de algo más grande. Todo está relacionado.
Nada existe aislado.
Por eso, cuando dañamos la naturaleza, también nos dañamos a nosotros mismos. Cuando cuidamos un río, una montaña o un bosque, estamos cuidando una parte de nuestro propio ser. La separación es una ilusión; la conexión es la realidad profunda. Quizás el desafío de nuestro tiempo sea recordar esa pertenencia. Volver a sentir que estamos unidos por hilos invisibles que conectan cada vida con otra vida, cada ser con otro ser, cada latido con el gran latido de la existencia.
Entretejer nuevamente ese círculo de amor. Reconocer que todos formamos parte de una misma trama. Que somos olas diferentes del mismo océano. Que somos hojas distintas del mismo árbol. Que somos expresiones únicas de una misma vida. Y que, al final, aquello que buscamos afuera tal vez sea simplemente el recuerdo de que nunca estuvimos separados.






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