Anahí Fleck
Magister en Neuropsicología. 0376-154-385152
La idea de percepción sin espacialidad objetiva que plantean Merleau-Ponty y luego Amil & Cazes se puede leer como una invitación a pensar el cuerpo no como objeto en coordenadas, sino como presencia encarnada que habita un espacio existencial. Desde la neurociencia actual, este enfoque tiene respaldo en dos grandes campos:
• Neurobiología de la interocepción: estudios muestran que la ínsula y el cíngulo anterior integran señales internas (latido, respiración, tensión visceral) en una vivencia subjetiva del “estar en el mundo”. Esto no depende de coordenadas externas, sino de un mapa corporal dinámico.
• Neuroplasticidad somatosensorial: la práctica de atención plena, el movimiento consciente y la meditación modifican la conectividad entre corteza somatosensorial, ínsula y áreas prefrontales. Es decir, el cerebro reorganiza su manera de “sentir el espacio” como experiencia vivida más que como geometría.
La percepción sin espacialidad es como volver al bosque interior: no se trata de medir distancias, sino de sentir cómo el cuerpo se expande y se recoge en un ritmo propio. En ecosanación, este sentido nos recuerda que habitamos un espacio vivo que no está afuera, sino que se despliega en cada respiración, en cada latido. El cuerpo deja de ser objeto y se convierte en territorio sensible, donde la memoria, la emoción y la naturaleza se entrelazan.
Así, la neuroplasticidad es la huella de esa práctica: el cerebro aprende a reconocer la presencia sin necesidad de coordenadas, regenerando circuitos que sostienen calma, pertenencia y apertura. Es un modo de sanar la fragmentación moderna, recuperando la experiencia de estar en el mundo como parte de un tejido mayor.
Tip neuropsicológico práctico
Un ejercicio sencillo para cultivar esta percepción:
• Detenerse un minuto y cerrar los ojos.
• Llevar la atención al ritmo de la respiración y al latido cardíaco.
• En lugar de imaginar un lugar externo, sentir cómo el cuerpo mismo es espacio: expansión al inhalar, recogimiento al exhalar.
Este gesto activa la interocepción y fortalece la plasticidad de redes que sostienen calma y regulación emocional.
Practicado con constancia, ayuda a “estar bien” porque devuelve al cuerpo su lugar como casa existencial, más allá de la geometría externa. Al propio Paisaje humano que somos.






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