Murió Carlos Alberto “Indio” Solari, una de las figuras más influyentes, esquivas y decisivas de la cultura argentina contemporánea. Tenía 77 años, padecía Parkinson desde hacía años y deja una obra que excede largamente la historia del rock nacional: su voz fue, para varias generaciones, una contraseña emocional, política y poética.
La noticia golpeó con la fuerza de aquello que parecía inevitable y, al mismo tiempo, imposible. Porque el Indio había dejado los escenarios, había administrado sus apariciones públicas con cuentagotas y había hecho de la distancia una parte de su mito. Pero seguía allí: en las canciones, en los estadios que ya no pisaba, en los rituales ricoteros, en los viajes, en las banderas, en las frases que sus seguidores convirtieron en marca de vida.
Solari fue el rostro más visible de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda que fundó junto a Skay Beilinson y que transformó la independencia artística en una forma de resistencia. Sin grandes concesiones a la industria, sin apariciones televisivas permanentes y sin el manual clásico de la fama, Los Redondos construyeron uno de los fenómenos culturales más poderosos de la Argentina democrática.
Nacido en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949, el Indio encontró en La Plata el territorio donde empezó a tomar forma esa criatura colectiva llamada Patricio Rey. Desde mediados de los años setenta y, sobre todo, durante las décadas siguientes, la banda fue creciendo desde los márgenes hasta convertirse en un acontecimiento masivo. No era solo música: era una comunidad, una estética, un idioma compartido y una forma de estar en el mundo.
Su obra con Los Redondos combinó rock, poesía callejera, crítica social, imágenes oscuras, humor ácido y una sensibilidad popular que escapaba a las etiquetas. En sus letras convivían marginales, derrotados, profetas torcidos, sobrevivientes, traidores, iluminados y buscavidas. El Indio no escribía consignas lineales: construía mundos. Sus canciones no explicaban la realidad; la abrían, la deformaban, la volvían más inquietante y más propia.
Con discos como Gulp!, Oktubre, Un baión para el ojo idiota, Bang! Bang! Estás liquidado, La mosca y la sopa, Lobo suelto / Cordero atado, Luzbelito, Último bondi a Finisterre y Momo Sampler, Los Redondos dejaron una obra que todavía funciona como mapa sentimental de la Argentina de fines del siglo XX. Cada álbum marcó una etapa, pero también una manera distinta de narrar la desconfianza, la euforia, la derrota, el deseo y la intemperie.
La separación de la banda, en 2001, cerró una era, pero no apagó el fenómeno. Solari siguió su camino con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, proyecto con el que volvió a convocar multitudes y confirmó que su magnetismo no dependía de la nostalgia, sino de una relación singular con su público. Sus recitales solistas se transformaron en peregrinaciones masivas, muchas veces descriptas como “misas ricoteras”, una expresión que intentó nombrar algo difícil de reducir a la lógica del espectáculo.
Esa dimensión colectiva tuvo momentos luminosos y también zonas dolorosas. El último recital del Indio en vivo fue en Olavarría, en 2017, una noche atravesada por la multitud, el desborde y la tragedia. Aquel episodio quedó como una marca compleja en su historia pública: la prueba de una convocatoria casi sin comparación, pero también de los riesgos de una pasión multitudinaria cuando las condiciones organizativas no están a la altura de lo que se convoca.
La salud fue alejándolo de los escenarios. En 2016, durante un show en Tandil, Solari blanqueó ante su público que padecía Parkinson. Lo hizo con su estilo: sin solemnidad impostada, sin victimizarse, casi como quien informa una batalla privada sin permitir que esa batalla le robe el centro de la escena. Desde entonces, la enfermedad fue parte de su vida pública, aunque nunca desplazó lo esencial: la obra.
En los últimos años, sus apariciones fueron más escasas, pero cada una tuvo peso propio. El reconocimiento académico llegó poco antes de su muerte, cuando la Universidad de Buenos Aires le otorgó el título de Doctor Honoris Causa, una distinción que terminó de confirmar algo que su público sabía desde hacía décadas: la obra del Indio ya no pertenecía solo al rock, sino al patrimonio cultural argentino.
Ese homenaje tuvo algo de despedida involuntaria. El Indio no estuvo presente en el acto por cuestiones de salud, pero envió un mensaje grabado. Del otro lado, músicos, autoridades universitarias y seguidores celebraron una trayectoria que cruzó música, literatura, política, estética popular y construcción comunitaria.
El Indio fue también un artista plástico, un lector voraz, un compositor incómodo y un personaje que eligió no domesticarse. Rechazó durante años la exposición tradicional de la celebridad y mantuvo una relación tensa con los medios, a los que miró siempre con desconfianza. Esa distancia alimentó el mito, pero también protegió una forma de creación que nunca quiso volverse transparente del todo.
Parte de su potencia estuvo en no ofrecer respuestas fáciles. Sus canciones fueron apropiadas por públicos muy distintos, a veces incluso contradictorios. Hubo en ellas épica barrial, sensibilidad obrera, lirismo oscuro, ironía política, imágenes psicodélicas y una idea persistente: la belleza también puede aparecer entre los restos, en los márgenes, en las noches largas, en los personajes que nadie invita a la fiesta.
Por eso su muerte no cierra solamente una biografía. Cierra, o al menos sacude, una zona entera de la memoria afectiva argentina. Para miles de personas, el Indio fue la banda sonora de la adolescencia, de los viajes en micro, de las banderas colgadas en alambrados, de los tatuajes, de los amigos que ya no están, de las noches en ruta y de esa mezcla rara de fiesta, pertenencia y desamparo que solo algunas canciones logran contener.
El Indio Solari deja una obra incómoda, popular y resistente. Deja también una forma de entender el rock como algo más que entretenimiento: como rito, como refugio, como crítica, como lenguaje colectivo. Su figura seguirá siendo discutida, celebrada, revisada y cantada. Porque los artistas de su tamaño no desaparecen del todo: quedan vibrando en las frases que la gente repite sin pedir permiso, en los discos que vuelven a sonar y en esa multitud invisible que, aun en silencio, sabe exactamente cuándo empieza una canción.
Murió el Indio Solari. Pero queda Patricio Rey, quedan Los Fundamentalistas, queda la voz áspera, queda la poesía oblicua, queda la ceremonia. Queda, sobre todo, una certeza difícil de discutir: pocas figuras hicieron del rock argentino una patria emocional tan intensa, tan imperfecta y tan propia.






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