
En el paraje rural de El Saltito, el más alejado de 25 de Mayo, en el año 1979 Teresa Matos tenía 39 y estaba a punto de encontrar su propósito en la vida: ayudar a traer al mundo a decenas de niños y niñas en las colonias, donde no entraban las ambulancias, tampoco había médicos y solo la fe y la “ciencia” de las parteras podían hacer la diferencia.
Doña Teresa lo entendió así y convirtió la solidaridad en su misión de vida. Después del primero, atendió partos hasta los 84 por casi cinco décadas.
“Yo había salido para ir a buscar la caja (ayuda que daba el Gobierno) y por el camino salió este hombre, me pidió que lo acompañe porque su mujer estaba mal. Tenía todo listo en el bolso ya para ir al doctor, pero no hubo más tiempo y el bebé nació en mis manos… así empezó.
Después las mujeres, cuando estaban enfermas (dolores de parto) me buscaban y yo me iba a ayudar con todo mi corazón, porque una sabe qué hacer…, no sé cómo explicar. Seguro que es un conocimiento divino que te da Dios para ayudar”, reflexionó con fe.

A sus 86 años, con el rostro curtido por el trabajo, la pesada vida de la chacra y el paso del tiempo, PRIMERA EDICIÓN la visitó en su humilde casita de Saltito y recorrió aquel camino con Teresa, donde un día de otoño, aquel hombre desesperado la abordó para que lo ayudara.
Su testimonio, de gran valor cultural, busca salvaguardar esa sabiduría ancestral basada en la observación y la transmisión oral de un oficio que se encuentra en riesgo de desaparecer…
“Cuando (una panza) está mal una tiene que arreglar y arregla así con las manos…”, dijo y mostró un suave movimiento de ondulaciones que ella aprendió a hacer sobre la panza de las embarazadas, y repitió el gesto como si todavía estuviera “acomodando” a ese bebé por nacer.
Porque para ella no importa si alguien vive en un paraje que parece olvidado de la mano de Dios, al que solo se puede llegar por un camino imposible. Allí, en esa línea del mundo, o en cualquier otra, una persona con fe puede encontrar su propósito, aseguró.
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“Mis nietos”
Aunque la sordera le dificulta las conversaciones, la mujer no borró aún de sus recuerdos los años en los cuales ayudó a traer “sus nietos” al mundo, porque así llama ella a los niños y niñas que atendió al nacer.
Aquellos bebés nunca fueron simplemente hijos de otras familias, sino “mis nietos, yo les digo así”, rió con un poco de vergüenza y también algo pícara.
La memoria de esos nacimientos ocurrieron, como contó doña Tere, en un tiempo en que las mujeres de las colonias daban a luz en sus casas, asistidas por otras mujeres que aprendían observando, acompañando y transmitiendo los conocimientos que ahora se están perdiendo.
Por ello, el equipo de este Diario, con paciencia, un mate en mano que ella misma convidó y la certeza de estar ante una persona iluminada por un conocimiento especial, quizá divino, buscó su relato, principalmente para que no se pierda y para que las generaciones por venir sepan que, sin las “abuelas parteras” del monte, la historia de los hijos de las chacras no sería la misma.

Presencia indispensable
Sentada en el solcito de la mañana invernal, Teresa también contó que nunca imaginó que algún día las mujeres recurrirían a ella. Sin embargo, cuando el destino la llamó, hizo lo único que sabía hacer: brindarse.
Así fue como Teresa comenzó a transformarse en una presencia indispensable. Las noches la encontraban caminando por picadas oscuras en el medio del monte para asistir a una mujer con trabajo de parto. Otras veces la despertaban de madrugada. Ella nunca se negó.
“Siempre me venían a buscar. Yo me iba con todo mi corazón para atenderlas. Nunca cobré nada de ninguna”, afirmó.

Y es cierto, quienes la conocen cuentan que nunca exigía nada. No esperaba recompensas, solo que los niños lleguen vivos a sus manos y crecieran sanos. En ese sentido la vida fue generosa y así fue. Por eso duele verla en su casita de madera 2×2, donde el viento helado entra por las rendijas y la jubilación apenas le alcanza. para colmo, hace dos meses un dolor impensado la volvió a poner a prueba: la muerte de uno de sus hijos.
“Yo me quedé mal y desde entonces muchos recuerdos se me están borrando, se van de mi cabeza. Me quedo así como en la nada”, dijo entre lágrimas aunque aseguró estar contenta porque la entrevista iba a servir para conservar lo importante, antes de que “a mí también me toque partir”, susurró conmovida en un abrazo interminable.
“Mi mamá fue mi partera”
Teresa nació el 30 de septiembre de 1940. Parte de su adolescencia la atravesó en Brasil, donde vivió junto a su familia antes de regresar a Misiones. Años más tarde, ya de nuevo en la Argentina se casó y formó una familia numerosa.
“Me casé con 20 años. después que vine para acá, a Saltito”, recordó. Rápidamente se convirtió en madre de siete hijos y prontamente quedó viuda.
Los siete nacieron en su casa y fueron recibidos por las manos de su propia mamá, que era partera y se había preparado por ese oficio. No como Teresa, cuya misión simplemente la sorprendió, pero, llegado el momento ella no se “achicó”.

Sin embargo, reconoció que cada uno de sus partos fue una lección. Cada nacimiento atendido por su madre, se convirtió en una enseñanza silenciosa.
“Mi mamá era partera. Los siete hijos que tuve me atendió ella. Por ella saqué la experiencia. Como ella me atendió a mí, así también atendí después a las mujeres”, explicó.
Durante años observó, sin saber lo que le iba a tocar. Pero, aprendió a reconocer los dolores, a interpretar los movimientos de la panza. A distinguir cuándo un bebé estaba acomodado para nacer o cuándo algo no marchaba bien y había que hacer algo más.

Allí, en su propia cama, dando a luz, sin saberlo, comenzó a gestarse la vocación que décadas después cambiaría la vida de muchas familias a sus alrededores.
Ni bien nació el primer niño de sus manos, Omar Storch, la noticia comenzó a correr por los caminos de tierra de Saltito. Las familias empezaron a hablar de aquella mujer capaz de asistir partos con serenidad y confianza.
Y su fama llegó hasta Apóstoles, “donde tengo montón de nietos, gracias a Dios”, volvió a sonreír.
Cuando llegaban los dolores de parto, especialmente durante las noches o en días de lluvia torrencial, muchos golpeaban su puerta y ella iba. La realidad rural de aquellos años era muy distinta a la actual.
Y si ahora el camino para llegar a Saltito es difícil y solo puede hacerse de forma segura en 4×4, antes eran transitables solo a pie. Las ambulancias no podían entrar y los centros de salud quedaban lejos. Ni en Saltito ni las colonias cercanas, las familias tenían otra alternativa a la cual recurrir.

Las parteras, como doña Teresa eran las únicas a quienes podían pedir ayuda en los momentos críticos. “Yo aprendí a hacer un tecito con el brote del parral de uva, que sirve para estimular el útero cuando se entra en labor de parto. Eso no es recomendado en otro momento, se toma cuando la mujer necesita dilatación, se hierve una tacita con tres o cuatro brotes y ahí nacen pronto”, dijo en otro tramo sobre la “medicina” que la chacra ofrecía cuando no había nada alrededor.
“Tuve toda clase de partos, acá cerquita (vecina) atendí a una mujer mamá de mellizas, dos nenas que nacieron en mis manos y ya están grandes; un parto atendí en un auto, porque la mujer fue al médico y el bebé venía de pies. Me buscaron para arreglar la panza y nació ahí mismo. Ya están todos grandes, están todos criados. Gracias a Dios, todos sanos. Una queda feliz, contenta por esa mamá y porque está bien el bebé”.
A los 84 años, atendió su último parto, un varoncito que ya tiene dos años y aunque se “jubiló” de partera sigue ayudando a quien recurra a ella.






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