Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
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Inevitablemente vuelvo a mí. A cada instante, en cada día, en cada tiempo de mi vida. Hay algo en el ser humano que siempre regresa a su centro, aun cuando pase largos períodos distraído, extraviado o completamente absorbido por el mundo exterior.
Existe una fuerza silenciosa que nos llama de regreso. A veces la escuchamos con claridad; otras veces apenas la intuimos en medio del ruido. Pero está ahí. Siempre está ahí.
Volver a uno mismo significa regresar al espacio interno donde recordamos quiénes somos cuando dejamos de actuar personajes, cuando se apagan las exigencias externas y cuando el pensamiento deja de correr detrás de todo.
Sin embargo, muchas veces nos deshabitamos. Nos vamos de nosotros sin darnos cuenta. Nos perdemos en preocupaciones, en vínculos, en expectativas ajenas, en obligaciones interminables, en el deseo de agradar o pertenecer. Nos alejamos cuando vivimos demasiado pendientes de la mirada externa y olvidamos nuestra propia mirada.
Nos ausentamos cuando sostenemos una vida que no nos representa. Y entonces aparece una sensación extraña: estamos, pero no terminamos de estar. En esos momentos la vida, de alguna manera, nos invita a regresar. Lo que parecía problema muchas veces es también llamado de retorno.
Cada amanecer puede ser una nueva oportunidad de volver a uno mismo. Cada anochecer, una ocasión para revisar dónde estuvimos durante el día: ¿estuvimos presentes o solo funcionamos? ¿Actuamos desde nuestra verdad o desde la costumbre? ¿Nos escuchamos o solo respondimos a lo urgente? Estas pequeñas preguntas son puertas de regreso.
Pero hay algo importante de comprender: no volvemos a nosotros solos. El otro cumple una función esencial en el descubrimiento de quiénes somos. Sin el otro, muchas veces no sabríamos quiénes somos. El problema aparece cuando confundimos relación con pérdida de sí. Cuando nos disolvemos en lo externo y olvidamos regresar. Cuando vivimos reaccionando a todo lo que sucede sin detenernos a sentir qué nos sucede a nosotros. Entonces el afuera deja de ser espejo y se vuelve prisión. Por eso el movimiento sano es doble: salir y volver. Ir hacia la vida y regresar al centro.
Madurar quizás sea aprender ese ritmo. Como la respiración: tomar y soltar. Como las mareas: avanzar y retirarse. Como el día y la noche: manifestarse y recogerse. La vida misma enseña ese movimiento constante de expansión y regreso.
Volver a mí no es volver a la persona que fui ayer. Cada regreso trae algo nuevo. Después de cada encuentro, de cada pérdida, de cada aprendizaje, regresamos transformados. Nunca se vuelve exactamente al mismo lugar interior. Por eso volver a uno mismo también es conocerse otra vez.
Recordar el camino de vuelta. No a controlar toda experiencia, sino a convertir cada experiencia en conciencia. Inevitablemente vuelvo a mí. Y en ese regreso comprendo que cada salida también tenía sentido. Porque incluso cuando me perdí, algo en mí seguía buscando el camino de regreso.








