La calurosa siesta de abril está a punto de terminar, y en el Hogar de Abuelos Santa Marta del kilómetro 11 aguardan la visita de PRIMERA EDICIÓN. La novedad generó un cambio de actividades y aunque algunos, vencidos por el cansancio, se fueron a dormir, muchos otros se quedaron a la espera en la galería con una emoción en sus ojos que reflejan la misma expectación y el entusiasmo de los niños cuando están a punto de recibir una golosina…
“Nadie debería envejecer solo ni en la calle”. La frase pertenece a Teresita Ziegler, la voluntaria que vino a trabajar al hogar por un año y el 12 de abril último cumplió tres décadas y media al frente.
Actualmente viven allí 43 adultos mayores, muchos de ellos con historias marcadas por el abandono, la ruptura de vínculos familiares o la imposibilidad de sostenerse por sus propios medios.
El dato, en sí mismo, podría parecer apenas una cifra. Pero detrás de cada número hay una persona que llegó a la vejez en situación de calle o, que teniendo familia, se encuentra en total soledad.
De hecho, el Hogar no recibe únicamente a ancianos “sin hogar” en términos materiales. En muchos casos, la carencia más profunda es de un afecto que los acompañe en el tramo final de la vida. Y ahí entra el voluntariado de Teresita.
“Me encanta estar acá. Los días que vengo a estar con ellos son los más felices. Recién cuando uno lo hace, puede saber la felicidad que produce poder servir al otro. Mi meta es que disfruten hasta el último día que se queden en el hogar, que coman rico, en platos decorados. ¿Por qué no? A las abuelas siempre les digo que se vistan lindas, que estén coquetas”, explicó con un contagioso entusiasmo. Para Teresita es su forma de cuidar en sus últimos días a quienes estaban en el desamparo total…
Historia de fe y acción
Ligada a la parroquia San Miguel Arcángel, lindante a la casa de los abuelos, la historia de cómo nació el Hogar despierta admiración y pone la piel de gallina al mismo tiempo: la galería se llenaba de abuelos que deambulaban durante el día por las calles de Eldorado y por las noches buscaban allí un refugio para dormir.
Motivado por el dolor que le producía ver “tirados” a los abuelitos, el sacerdote verbita, Juan Winckler, desarrolló la idea, la dio a conocer durante una homilía y movilizó a sus fieles. Corría 1986 cuando la institución abrió sus puertas por primera vez y comenzó un rescate de los ancianos que estaban en las calles como nunca se había hecho en esta ciudad. Anteriormente, el cura Winckler también había fundado otro hogar con el mismo nombre, pero en Ruiz de Montoya el 7 de julio de 1981.
“Acá vivimos de la providencia de Dios. Esto lo hablo con alma, vida y emoción. Porque cuando algo nos falta, parece que Dios lo escucha y lo ve y aparece alguien que nos trae lo necesario. Nunca nos abandona y está en el momento justo”, enfatizó Teresita al borde de las lágrimas.
“Estamos en pie por la generosidad de la gente trabajadora y algunas empresas, que nos proporcionan carne, leche, huevos, verduras y frutas. Un panadero local junto con otras personas que colaboran con harina, nos cobran lo mínimo para que no falte el pan. Hay profesionales que nos aportan medicamentos y la Municipalidad está presente”, destacó.

Atención y amor
Desde hace tres años la recepción de abuelos es mixta, pero sin perder de vista el perfil solidario y enfoque en las personas en situación de calle ya que también aceptan a jubilados que no pueden manejarse por sí mismos y sus familias disponen de los necesario para su residencia. Para ello se cuenta con instalaciones independientes que antes pertenecían a las monjas de la parroquia.
El funcionamiento cotidiano del hogar, según contó Teresita, tiene una estructura organizada para garantizar condiciones básicas de dignidad. Cada jornada comienza bien temprano, ni bien despunta el sol con rutinas de higiene, alimentación y cuidados médicos. Luego se despliegan actividades que apuntan tanto a la movilidad física como a la estimulación cognitiva: ejercicios con kinesiólogos, prácticas con profesores de educación física, además de los espacios recreativos y momentos de socialización.
“Sin embargo, por supuesto el ritmo de esas actividades está condicionado por el paso del tiempo y el estado de salud. Para ellos todo ocurre más lento, cada tarea demanda paciencia. Constantemente nos adaptamos a sus capacidades”, acotó.
Según ella, los pequeños gestos adquieren una dimensión significativa. La televisión prendida, por ejemplo, ocupa un lugar central en la vida diaria.
“Las novelas generan conversaciones, intercambios. No importa tanto la continuidad del relato muchos no recuerdan ni si desayunaron o merendaron”, sonrió indulgente, “es el momento de compartir, de opinar, de sentirse familia. Aquí somos familia”, aseguró nuevamente emocionada.
“Visiten a sus padres, perdónenlos”
Por momentos, el relato de Teresita se vuelve duro y ultra sensible, principalmente a causa de la rota relación de los abuelos con sus familias. “En algunos casos, los vínculos se mantienen con cierta regularidad, no la deseada pero bueno. En otros, las visitas son esporádicas. Y en muchos, directamente inexistentes”, lamentó.
“Muchos hijos hacen promesas de visitas que no se concretan, llamados que se espacian hasta desaparecer, la excusa de que no tienen tiempo o las dificultades económicas. El resultado es un distanciamiento que termina en abandono”, dijo con pesar.
“Yo les aconsejo a los jóvenes que estén atentos a ellos, que sea lo que sea que haya pasado, con el padre o la madre hay que perdonar. Hoy la mayoría de nuestros jóvenes están peleados con sus padres. Una lección muy dura que aprendí acá es que una madre pudo sola con 12 hijos, pero de 12 hijos ninguno atiende a esa madre. Eso te duele en el alma…”.
“Acá no hay un mañana, acá hay un hoy, los abuelos que llegan pasan su últimos días. Son cosas duras las que nos tocan ver y aprender. Una madre deja todo por darle lo mejor a sus hijos, pero esos hijos, cuando en el hogar les pedimos algo para la mamá nos sacan todas las excusas. Me parte el alma”.
“Háganse tiempo para visitar a sus padres, mímenlos, porque después es tarde. Vivan con ellos el hoy. Nosotros los grandes estamos solo para vivir hoy”, urgió Teresita momentos antes de entrar al salón principal donde el personal se disponía a servir la merienda.
En tono confidente, la voluntaria contó que algunos “residentes llegan en condiciones críticas y logran estabilizarse. Otros atraviesan allí sus últimos días, duele que sea en soledad. No deberían”.
Sostenimiento
La administración del hogar que lleva doña Teresita Ziegler implica un equilibrio permanente entre lo que se necesita y lo que efectivamente se consigue.
Según contó, entre los gastos más relevantes se encuentran la alimentación, los insumos médicos, el mantenimiento edilicio y el pago del personal. A eso se suman necesidades específicas como equipamiento, mejoras en la infraestructura y servicios básicos que requieren inversiones constantes, por lo cual apeló a la solidaridad. En ese mismo sentido, la mujer invitó al voluntariado, que viene en constante declive, dijo.
“Ya no hay voluntariado como antes cuando podíamos contar con algunas mujeres que venían a planchar la ropa como algo que podían dar a los demás. Eso no se consigue más”, finalizó deseando la llegada de tiempos mejores.








