En Misiones, donde la cultura de la chacra sigue viva en patios, colonias y periferias urbanas, una práctica sencilla vuelve a ganar terreno: producir semillas propias a partir de frutas y verduras compradas en la verdulería. Lo que parece un gesto menor se transforma, en realidad, en una herramienta concreta de autonomía productiva y ahorro.
La lógica es simple: aprovechar lo que ya se consume. Tomates, zapallos, pimientos, berenjenas o pepinos que llegan a la mesa pueden convertirse en la base del próximo ciclo productivo. “Antes esto era algo natural, se guardaba todo. Hoy se está retomando”, cuenta Silvia, huertera de la zona de Garupá, que desde hace años produce sus propias semillas para la huerta familiar.
El proceso no requiere más que paciencia y algunos elementos básicos de la cocina: cuchillo, cuchara, colador y recipientes limpios. En el caso de frutas y hortalizas carnosas -como el tomate o el zapallo- las semillas se extraen directamente del fruto, se lavan para quitar restos de pulpa y luego se dejan secar en un lugar ventilado, sin humedad.
“Lo importante es que queden bien secas antes de guardarlas”, explica Juan, productor urbano de Posadas que impulsa talleres de huerta. “Si no, se pueden arruinar o generar hongos. Eso es clave”.
La práctica se extiende también a frutas como sandía, melón o cítricos, que ofrecen semillas viables con un tratamiento similar. En todos los casos, el paso fundamental es el secado y posterior almacenamiento en condiciones adecuadas: recipientes herméticos, bolsas de papel o frascos, siempre etiquetados con la fecha y la variedad.
Pero no todas las semillas son iguales. En el caso de las hortalizas de raíz -como zanahoria, remolacha o rabanito- el proceso es más largo y requiere planificación. Estas especies son, en su mayoría, bienales: recién en el segundo año florecen y producen semillas.
“Hay que dejar que la planta complete su ciclo”, señala Marta, productora de Oberá. “Se deja florecer, se seca y recién ahí se cosecha la semilla. Es otro ritmo, más lento, pero vale la pena”.
Un punto clave que remarcan los productores es la selección. No cualquier planta sirve. Para garantizar semillas de calidad, se recomienda elegir ejemplares sanos, vigorosos y libres de plagas. Además, se desaconseja trabajar con semillas provenientes de híbridos comerciales, ya que pueden tener baja viabilidad o no reproducir las características deseadas.
En términos técnicos, el momento de cosecha es determinante. Las flores deben secarse completamente en la planta, tomando un tono marrón. Luego, se pueden cortar los tallos y colocarlos en bolsas de papel para completar el secado durante una o dos semanas.
“El error más común es apurarse”, advierte Juan. “Si la semilla no está madura, después no germina bien. Hay que observar, esperar y respetar los tiempos de la planta”.
Más allá de lo técnico, el rescate de semillas propias tiene un valor cultural y económico. En un contexto donde los insumos agrícolas aumentan y las semillas comerciales tienen costos cada vez más altos, esta práctica permite reducir gastos y fortalecer la independencia productiva.
Además, se vincula directamente con la agroecología. Al seleccionar semillas adaptadas al suelo y al clima local, los productores logran cultivos más resistentes y acordes a las condiciones de Misiones.
“Las semillas que uno guarda son las que mejor se adaptan a su tierra”, sostiene Silvia. “Eso no te lo da ninguna bolsa comprada”.
El almacenamiento también tiene sus cuidados. Las semillas deben guardarse en lugares secos, con poca luz y a temperatura ambiente. La humedad es el principal enemigo, ya que favorece la aparición de hongos o insectos.
En muchas chacras y hogares, esta tarea se convierte en un ritual de otoño. Es el momento de recolectar, secar, clasificar y guardar, pensando en la próxima temporada. Un trabajo silencioso que conecta con saberes antiguos y proyecta el futuro de la producción.
“Es como cerrar un ciclo y empezar otro”, resume Marta. “De lo que comés hoy, sale lo que vas a sembrar mañana”.
En un territorio donde la diversificación y la producción a escala familiar son pilares del sistema agrícola, recuperar estas prácticas no solo es una cuestión de tradición. Es, también, una estrategia concreta para sostener la huerta, cuidar los recursos y reafirmar la identidad productiva misionera.





