La curiosidad de los más chicos, que se repite en preguntas como “¿qué es eso?” o “¿qué significan esos puntitos?” dio lugar a una propuesta nueva en la Biblioteca Pública de las Misiones: un taller para acercarlos a la lectoescritura en braille desde la experiencia sensorial.
Al frente de la propuesta está Yesica Lochner, profesora de Braille con discapacidad visual, quien en entrevista con PRIMERA EDICIÓN resumió el espíritu de la propuesta: “Usamos cosas que son del día a día para aprender jugando y los chicos pueden aprender que, a pesar del método de escritura, ya sea una persona que ve como una que no ve, las dos pueden escribir, leer y aprender, aunque sea de formas diversas”.
Leer con las manos
El taller empezó este fin de semana en la sala Ciegos de la biblioteca y se apoya en objetos de uso diario y en la exploración táctil como puerta de entrada al sistema. Tapitas, maples y materiales adaptados conviven en una misma mesa para construir la experiencia accesible que parte de lo más básico.
“Los chicos entienden, a través del juego, de dibujos, de historias y de algunas actividades todo lo referido al braille, para qué sirve, qué significa, cómo se ubican los puntos o se forman las letras”, explicó Yesica.
En ese recorrido, los chicos no solo ven: tocan, prueban y comparan formas de escribir. Además, pueden interactuar con mapas, maquetas y una máquina de escribir en Braille, que se suma a la forma clásica de dibujarlo, con pizarra y punzón. Lo que destaca es que la propuesta no está pensada solo para niños con discapacidad visual. Como explicó la instructora, el objetivo es generar “un espacio compartido”, donde el aprendizaje también pasa por el vínculo con otros.
Enseñar a leer
Yesica también se refirió a su experiencia como profesora: “Explicar a un niño el sistema Braille es más fácil de lo que parece, dado que son muy intuitivos. Yo en particular les digo que es un modo diferente de escribir, que, así como ustedes que ven, utilizan la birome, el lápiz y el cuaderno, las personas que no ven lo hacen con una pizarra, un punzón, o una máquina que hace puntitos en una hoja”.
Su vínculo con el Braille comenzó desde los cuatro años y creció con el tiempo hasta convertirse en su campo de trabajo. Desde ese recorrido, valoró que “aprenderlo significó mucho para mí, se me han abierto muchas puertas al mundo de la lectura y el acceso a la información, leer es una de las cosas que más disfruto hacer”.
Por eso, aseguró que el Braille la acompaña día a día, “etiquetando cosas en mi hogar, leyendo algún medicamento o producto de belleza, anotando alguna cosa importante”, pero que, aún así, en cada jornada enseñándolo “hay emoción, intriga de qué va a pasar. Quiero que se lleven algo positivo”, dijo.






