La demanda de diagnósticos vinculados al trastorno del espectro autista (TEA) crece cada vez más en distintas etapas de la vida y un avance importante, independientemente de la edad, es conocer esa condición para buscar los apoyos necesarios en la salud, pero también en la vida social y familiar.
Un convenio del Instituto de Previsión Social (IPS) con la Fundación Socialmentik busca dar respuesta a esa demanda, ya que a partir de este mes permite a sus afiliados acceder al diagnóstico diferencial, una evaluación completa que identifica rasgos del espectro autista a cualquier edad.
El presidente del IPS, Lisandro Benmaor, destacó que “es un salto de calidad importantísimo” para la obra social provincial y explicó que permitirá “acortar el camino” de muchas familias que recorren varios especialistas antes de llegar a un diagnóstico certero.
Detectar y diagnosticar
Viviana Obermann, psicopedagoga especialista en TEA y fundadora de Socialmentik, explicó a PRIMERA EDICIÓN que el diagnóstico diferencial “permite tener un panorama más ajustado con respecto a una persona en ese momento de su vida y cómo aparece la sintomatología del TEA”.
Dentro del espectro autista, hay conductas más visibles, como evitar el contacto visual o las dificultades en el lenguaje, pero también “hay otras que son más sutiles y en esos casos los diagnósticos llegan a ser más tardíos”. Eso hace que familias y pacientes pasen por varios profesionales antes de llegar a detectarlo.
El diagnóstico diferencial es una herramienta que acorta ese camino porque evalúa cada historia personal. Está compuesto por tres evaluaciones (ADOS-2, ADI-R y estudios complementarios) que permiten construir el perfil de cada persona de acuerdo a su edad, su subtipo de diagnóstico dentro del TEA, sus actividades diarias e incluso el lugar donde vive.
Todo eso se tiene en cuenta porque, además de identificar el subtipo de TEA, la evaluación ofrece una hoja de sugerencias, con tips y recomendaciones para que el paciente pueda fortalecer las áreas que necesita, como habilidades sociales o estimulación sensorial.
Obermann aclaró que las sugerencias superan el espacio del consultorio. “Los acompañamientos también son familiares y de oportunidades. Cuando hablo de oportunidades, pensemos en, por ejemplo, amiguitos del barrio, un club, la iglesia, o sea, posibilidades sociales para desplegar habilidades y tener una inclusión real”, explicó la psicopedagoga.

Apoyo social y terapéutico
Las sensaciones que viven las familias y los pacientes adultos cuando reciben el diagnóstico varían, pero en todos los casos es un momento de cambios importantes.
Para definir cómo lo afrontan padres y madres, Obermann aseguró que “la palabra más específica es un duelo. Duelar esta idea de lo que yo pensé que iba a ser de esta manera y ahora tiene otro camino”.
Las personas adultas también pueden sentir angustia o miedo, “pero luego el proceso es liberador, es un proceso de sanidad y autoconocimiento”, señaló la especialista. Es que a partir de ese punto los pacientes con TEA empiezan a comprender ciertas conductas o sensaciones que vivieron a lo largo de su vida.
“Poder entender a la persona con autismo o entenderse como persona autista es muy liberador y baja dimensionalmente la ansiedad, la angustia, la depresión por sentirse raro, diferentes o no encajar”, explicó la psicopedagoga.
En cualquier etapa de la vida
El diagnóstico de TEA no se limita exclusivamente a la infancia. Si bien los primeros signos pueden aparecer entre el año y medio y los dos años de vida, cada vez más jóvenes y adultos consultan al reconocer ciertas conductas y características del espectro en su día a día.
Para Obermann, eso se explica porque hoy existe más información y herramientas más precisas para evaluar clínicamente y teniendo en cuenta la realidad completa de cada paciente.
En ese sentido, explicó que un niño, un adolescente o un adulto pueden presentar expresiones distintas del espectro, por eso no existe un modelo único de análisis ni de acompañamiento.
Recibir el diagnóstico en la adultez también es diferente: muchas personas llegan después de años de sentirse “fuera de lugar” o sin comprender dificultades o sentimientos del día a día. Para ellos, el proceso abre una nueva forma de leerse a sí mismos y su relación con el entorno.




