Con el inicio del ciclo lectivo a la vuelta de la esquina, muchas familias atraviesan el mismo desafío: dejar atrás la lógica relajada de las vacaciones y retomar horarios, responsabilidades y exigencias.
Para la licenciada Nahir Brites, el secreto está en no esperar al último momento. “Este cambio de hábito ya debía haber comenzado”, advirtió durante una entrevista con la FM 89.3 Santa María de las Misiones.
Según explicó, la adaptación no debería ser abrupta: “Está bueno empezar a establecer ciertos límites, ciertos horarios, cierta organización, porque si no es como pasar de un extremo al otro”.
Durante el receso, es habitual que se flexibilicen rutinas: más horas de juego, mayor uso de pantallas y horarios desordenados. Pero el regreso a clases implica volver a una estructura más rígida. “Con las clases todo es mucho más estructurado y organizada la rutina”, señaló.
Libertad y descanso: también son necesarios
Una de las consultas frecuentes gira en torno a qué hacer con los chicos que adeudan materias o deben rendir en febrero.
¿Estudiar todo el verano o permitir espacios de descanso? Brites fue clara: “Es necesario que puedan tener un poquito de libertad, de recreación. Con exigencias 24/7 nadie puede rendir bien”. Y agregó:
“Todos necesitamos un momento de descanso para desconectarnos de lo que genera tensión y después volver más productivos”.
La clave, entonces, no está en el castigo permanente sino en el equilibrio.
Diálogo, confianza y límites claros
Más allá de los útiles y uniformes, la preparación emocional es central. “Es más que importante el diálogo previo al comienzo del ciclo”, sostuvo la profesional. Ese intercambio debe adaptarse a cada etapa: no es lo mismo un niño que inicia primer grado que un adolescente que empieza la secundaria.
Para la psicóloga, el objetivo es doble: que los hijos puedan expresar sus emociones -ansiedad, entusiasmo, nervios- y que los padres puedan plantear expectativas y acuerdos. “Que haya una comunicación fluida. Si se basa en retos, amenazas y castigos, no va a haber un buen rendimiento”, afirmó.
En ese marco, la palabra confianza aparece como eje. “Es superrelevante generar la confianza en que el hijo sepa que tiene un lugar seguro”, explicó. ¿Cómo se logra? A través de la validación emocional: “No minimizar lo que sienten, aunque para el adulto no parezca importante”.
Brites también advirtió sobre las comparaciones generacionales. “Comparar la crianza de antes con la de ahora genera frustración, porque el tipo de vida y la información que reciben hoy es distinta”.
Proyecciones y presiones
Uno de los puntos más sensibles es la tendencia de algunos adultos a proyectar en sus hijos sueños o frustraciones personales.
“Los padres siempre proyectan en los hijos lo que a ellos les hubiera gustado ser o hacer”, reconoció.
Sin embargo, marcó una diferencia fundamental: “Una cosa es acompañar y guiar, y otra es que el hijo venga a resolver lo que el padre no logró”. Esa presión, dijo, puede generar “más tensión y exigencia en un hijo que muchas veces se queda sin herramientas”.
Salud mental: una prioridad
La entrevista también abordó un tema cada vez más presente: la salud mental. “Si uno no para, la salud mental te para”, resumió Brites.
Señaló que existen señales físicas y emocionales que no deben ignorarse: contracturas, dolores de cabeza, irritabilidad, llanto frecuente o cansancio extremo.
El acompañamiento no es solo tarea de la familia. La escuela cumple un rol clave. “Los maestros son figuras de referencia. Pueden identificar cuando algo le está pasando a un niño y muchas veces ocupan ese lugar de sostén que quizás no tiene en otro lado”.
En ese sentido, destacó la importancia de los gabinetes escolares y la posibilidad de pedir ayuda profesional cuando sea necesario.
Pantallas y adaptación
Otro de los desafíos actuales es el uso de la tecnología. “Siempre es bueno poner límites”, sostuvo la psicóloga, y recomendó que la reducción del tiempo frente a pantallas sea progresiva. “Que no sea de un día para el otro, porque termina generando una desconexión total”.
La sobreestimulación digital, explicó, puede afectar la atención y el rendimiento escolar. Por eso propuso recuperar tiempos de recreación compartida y conexión con la vida real.
El contexto también influye
Finalmente, Brites reconoció que el escenario económico impacta en todas las edades.
“Los niños registran lo que los padres hablan y cómo se sienten. Si hay desborde por falta de dinero, ellos lo sienten”.
Y dejó una reflexión que atraviesa el regreso a clases y la vida cotidiana: “Es difícil pedir una perfecta salud mental si la crisis social y económica tampoco ayuda. Somos seres que crecemos en un contexto”.
La vuelta a clases, entonces, no es solo una fecha en el calendario. Es una oportunidad para revisar rutinas, fortalecer vínculos y recordar que, más allá del rendimiento académico, lo esencial es que cada chico se sienta acompañado, escuchado y contenido.



