Para Eber Romero, el reloj se detuvo hace diez meses, pero el calendario sigue corriendo sin dar tregua. El hombre que hasta hace menos de un año conducía un camión de una reconocida firma de gaseosas en Puerto Iguazú, hoy vive conectado: tres veces por semana, de 6 a 11 de la mañana, su vida depende de una máquina de diálisis. Al margen de las estadísticas frías sobre insuficiencia renal, detrás de cada sesión hay una familia que se desarticula y se vuelve a armar como puede.
En diálogo con la FM 89.3 Santa María de las Misiones, Rocío Paola Ferreira, su esposa, describió un cuadro que excede lo médico. “El tratamiento no termina a las 11 de la mañana cuando lo desconectan. Hay días que pasa todo el día vomitando, no está apto para nada”, confesó con crudeza.
El trasplante es la única salida definitiva, pero Eber todavía no está en lista. ¿El motivo? Una falla cardíaca que requiere el visto bueno de un especialista que, por ahora, se hace esperar. “Ayer fuimos y el cardiólogo no lo pudo atender. Necesitamos que nos dé el ‘ok’ para ver si está apto para la cirugía. Recién ahí entra en lista”, explicó Paola. Es la paradoja del sistema: para tratar el riñón, primero hay que asegurar que el corazón está fuerte para soportar la intervención quirúrgica.
Mientras tanto, la economía familiar se desmorona y se reconstruye con rifas de 100 números y ventas de pollo los domingos. Con dos hijos de 4 y 8 años que están por arrancar las clases, lo económico se volvió un malabarismo constante. Paola trabaja tres veces por semana en una casa de familia, pero no puede hacerlo todos los días porque debe acompañar a Eber a Posadas, a 100 kilómetros de su rutina habitual, para los controles quincenales.
Para tapar los agujeros económicos, la solidaridad misionera apareció en forma de pollo a la parrilla y números de rifa. “Hice 100 números pensando que no se iban a vender y al mediodía ya no quedaba nada”, contó Paola, conmovida por una respuesta comunitaria que, a veces, llega más rápido que los turnos médicos y agregó que tenían pensado “juntar una platita para comprar una máquina de hacer pollo al espiedo”. El plan es a largo plazo: Eber tendrá un año de reposo absoluto después de la cirugía y saben que no podrá volver al camión de inmediato. La máquina de pollos no sería solo un emprendimiento; sino el símbolo de la autonomía que la enfermedad les arrebató.
Más allá del dinero, la familia pide sostén espiritual. “Le pido a todos los que me están escuchando que tengan siempre presente a Eber en sus oraciones”, cerró Paola antes de volver a la realidad de los turnos y los efectos de la diálisis.
La comunidad de Iguazú ya dio el primer paso agotando la rifa en una mañana, pero los viajes quincenales a Posadas (un trayecto de 300 kilómetros) y los gastos diarios de una familia con un solo ingreso estacional son una carga pesada. Para quienes puedan y quieran dar una mano para los traslados y el inicio escolar de los chicos, la familia habilitó una cuenta:
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Alias de Mercado Pago: todosxeber.0002
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Titular: Rocío Paola Ferreira
Hoy la vida de Eber depende de una máquina, de un cardiólogo que firme un papelconfirme que está apto para la cirugía y de la generosidad de los que, del otro lado, entienden que nadie está exento de que un diagnóstico te baje del camión de un día para el otro.



