El cierre de este 2025 vuelve a encontrarnos en un punto conocido de la historia argentina: cansados, golpeados, pero de pie. No fue un año sencillo. A lo largo de estas décadas la palabra crisis dejó de ser un concepto abstracto para transformarse en experiencia cotidiana: en el bolsillo, en la mesa familiar, en la incertidumbre del trabajo, en los proyectos postergados. Y, sin embargo, una vez más, los argentinos llegamos hasta acá.
No es poco. En un país acostumbrado a las sacudidas, sostenerse ya es algo así como una forma de resistencia. Porque mientras los números fríos hablan de superávits, equilibrios macroeconómicos, ajustes, inflación o caída del consumo, la vida real siguió su curso gracias a una trama invisible que rara vez aparece en las estadísticas: la solidaridad cotidiana, la empatía silenciosa, el enorme esfuerzo compartido.
Este año volvió a demostrar que, aun en los contextos más adversos, los argentinos jamás caminamos solos. Hubo manos que se tendieron sin pedir nada a cambio, incansables redes que se sostuvieron cuando el Estado o el mercado no alcanzaron, gestos pequeños -pero decisivos- que hicieron la diferencia.
Un plato compartido, una changa que aparece, una vaquita solidaria, una rifa, un recital solidario, un abrazo a tiempo. En lo particular y en lo general, esa suma de actos simples sostuvo, una vez más, el entramado social.
También fue un año que dejó lecciones. Tal vez la más importante sea recordar que nadie se salva solo. Que la salida individual es una ilusión frágil en un país donde, tarde o temprano, todo termina siendo colectivo. Que la empatía no es un valor decorativo, sino una herramienta concreta para atravesar las muchas tormentas sin dejar a nadie atrás.
Cerrar el año no es negar las dificultades ni romantizar el sacrificio. Es, más bien, reconocer la fortaleza que se construye en común. Es entender que el verdadero capital de esta sociedad no está solo en sus recursos, sino en su capacidad de organizarse, cuidarse y volver a empezar.
Ojalá el 2026 nos encuentre con menos urgencias y más horizontes. Pero, sobre todo, que no perdamos aquello que nos permitió llegar hasta acá: la convicción profunda de que salir adelante es posible, siempre y cuando lo hagamos juntos.




