Al compas del 2×4: “Cada uno toca lo que siente como propio”

Mauricio Jost, es obereño, y Sofía Calvet, rionegrina, se conocieron cuando fueron convocados como reemplazo en una orquesta. Después de varias idas y vueltas, ambos quedaron fijos y, además, empezaron un proyecto de vida juntos. Actualmente, desafiando a la pandemia, emprendieron “La Santa Calavera”.

18/11/2021 17:32

Mauricio Jost (35) y Sofía Calvet (31) son apasionados del bandoneón y del tango. Si bien cada uno comenzó a familiarizarse con el instrumento en su ámbito, él en Oberá, y ella en Cipolletti, Río Negro, los caminos de la vida los llevaron a coincidir sobre distintos escenarios y más tarde, en pareja.

De paso por la última Fiesta Nacional del Inmigrante, Mauricio contó que a los 9 años empezó a ejecutar la guitarra y que, junto a otros chicos de su edad, tocaba en los actos escolares y, poco después, en peñas. A los 13, empezó con el bandoneón, casi de casualidad. Fue después que asistiera a un festival donde estaban los Hermanos Nuñez, y “fue como que flasheé con ese instrumento”, recordó. Tales eran sus ganas que fueron tras los pasos del maestro Ricardo Vuori. “Una mañana de sábado entera buscamos su casa por las chacras de la zona hasta que llegamos, y no estaba. Lo esperamos como una hora, y no llegaba. Cuando íbamos saliendo por el yerbal, apareció, ataviado con sombrero, paraguas, y sobretodo”, contó.

 

 

En realidad, quería tocar el acordeón porque su abuela, Hilda Mayer de Fucks, lo ejecutaba, y sabía que en la familia quedaba uno de esos instrumentos porque “la oma cantaba, tocaba guitarra, cítara, acordeón, piano. Era una autodidacta”.

Pero Vuori le dijo que el bandoneón era más lindo y lo empezó a convencer. “Llavátelo durante el fin de semana y volvé el lunes. Si te gusta seguimos, de lo contrario, empezamos con el acordeón. Fui a casa y me pasé todo el fin de semana, jugando, descubriendo las notas, y me quedé con el bandoneón”.

Sostuvo que el maestro “tenía eso, de no cobrar las clases y de prestar el instrumento. Era un capo, súper solidario, dispuesto a crear artistas. Enseñaba guitarra, acordeón, bajo, contrabajo, violín, chelo, y tenía una pila de instrumentos. Durante la semana iba una o dos veces, pero los sábados era la clase comunitaria donde nos juntábamos los alumnos y tocábamos lo que íbamos aprendiendo”.

Una semana después, haciendo zapping en la tele, Mauricio se detuvo en Canal 7 porque un bandoneón acaparó su atención. “Dije, vamos a ver de qué se trata. Y era un documental sobre la vida de Astor Piazzolla. Terminé de verla y me sentí seguro de lo que quería hacer el resto de mi vida: tocar tango”, aseveró. Volvió a la casa de Vuori y le contó que descubrió a “un tipo que se llama Piazzolla, pero al maestro no le gustaba mucho, porque era más tradicional, y me quería convencer que lo suyo era más lindo. No quería enseñarme temas de Piazzolla. Entonces empecé a pedir a mamá, que viajaba a Buenos Aires a hacer compras para su local, que me comprara partituras de Piazzolla: traeme discos, lo que encuentres. Y me empecé a meter con el tango, con una idea muy definida. A los 13 o 14 ya sabía que me quería dedicar a la música y que quería hacer tango, por sobre todas las cosas”, aseguró el artista que gracias al compas del 2×4 prácticamente dio vueltas al globo terráqueo.

 

 

 

Definiendo el rumbo

En Oberá, el joven integró varios grupos que tocaban “un poco de todo”: chamamé, folclore y algo de tango. En ese momento, “nos miraban un poco como ¿qué les pasó a estos que quieren tocar tango? Y hacíamos nuestros arreglitos. Todo como más tirando a lo moderno, más Piazzolla, más pos Piazzolla, que era lo que descubrí. Con mis amigos empezamos a comentar, y a escuchar eso”.

En alguna ocasión, escuchaba un tango de una orquesta antigua y “dudaba si me gustaba, me parecía algo muy viejo. Pero, finalmente, cuando fui a Buenos Aires es como que empecé desde atrás hacia adelante: con Piazzolla, que fue hasta donde llegó el tango como desarrollo -aunque se sigue desarrollando y creciendo-. Lo más grande que tenemos cercano es Piazzolla. Está más o menos a la altura de Osvaldo Pugliese con Horacio Salgan, dos grandes transformadores del tango milonguero, de la época dorada. Después empiezan a aparecer un montón de orquestas”.

Fue así que, “empecé escuchando Piazzolla y, a los 18, ya en Buenos Aires, comencé a tocar Pugliese, fue la primera orquesta grande que descubrí”. Terminó el secundario y se quedó en la Capital del Monte porque se preparaba para el pre Cosquín, con Oberá Trío. “Fue medio de casualidad porque no tenía la edad permitida para viajar. Nos presentamos en la clasificatoria que se hizo en Posadas y ganamos como conjunto instrumental. Fuimos para vivir la experiencia de las nueve lunas coscoínas, y pasamos a la final. Dos o tres años buscamos prepararnos seriamente, dijimos si la vez anterior nos fue bien, ahora vamos con todas las pilas. Y me quedé por eso, básicamente. Fuimos a Córdoba y nos fue mal. Tuve la intención de tomarme un año sabático para después ir a Buenos Aires. Mientras tanto veía adonde estudiar”, rememoró.

 

Todos los caminos conducían

En un viaje que hizo a la gran urbe para comprar un bandoneón, empezó a ver escuelas, profesores, porque quería ser parte de la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA). En esa búsqueda, llegó hasta la Academia Nacional de Tango justo el día en que estaba el profesor de bandoneón. Era Osvaldo José “el marinero” Montes, “que tocó en la época dorada del tango, en orquestas zarpadas”. En mesa de entradas le dijeron, espéralo, que llega a las 15. “Me quedo, charlo con él y le digo que quiero empezar, pero ya era mayo. Me pide que ejecute algo de lo que venía tocando, y me dice, quedate tranquilo, podés venir después de las vacaciones de julio”. Mauricio volvió a la Capital del Monte, armó sus valijas, cerró cuestiones pendientes, y regresó. Corría el 2004.

 

 

En el lugar donde estudiaba, ensayaban varias orquestas, una de ellas era la Orquesta Típica Imperial. A los tres meses, una de las chicas que tocaba, quedó embarazada y necesitaban un reemplazo, pero no pensando en el corto plazo sino en la gira que se programaba para el año venidero. “Recién llegado de Oberá, me meten en una orquesta porque ensayaban en el mismo edificio, y al cuarto mes dijeron: chicos hay que poner plata para comprar el pasaje e irnos a Europa. Y así empecé”, narró, haciendo un ademán de sorprendido.

A partir de ese momento, no paró. Estuvo un año y medio en la Imperial y viajó al viejo continente. Al regresar, surgieron problemas en el seno de la orquesta, lo que hizo que Jost se alejara de la empresa musical. Al mismo tiempo, se armó la orquesta de la Academia Nacional de Tango, que era donde él estudiaba. Quedó tras varias audiciones. En 2006, salió otro viaje a Europa y el propósito era tocar en la Expo Argentina, por toda España y terminar en Alemania. El sueño se cumplió y pudieron brindar un espectáculo para la Selección Argentina, tres días antes que se inicie el Mundial de Fútbol.

Tras la gira, permaneció en la academia por otros ocho meses. Fue en ese momento que el cantor de esa orquesta seleccionó a algunos de los chicos que tocaban en ella porque tenía la idea de formar un grupo que tocara música para bailar. “Había tocado Piazzolla, Pugliese, en la Academia Nacional de Tango, eran estilos más generales de todas las épocas. Y con Javier, me metí a pleno a investigar en el pasado de las orquestas, en la raíz del tango”, acotó.

 

 

Los artistas explicaron que todas las músicas tienen una raíz que está ligada a lo social, a lo emocional de las personas, que habitan un tiempo determinado. “El tango es de Buenos Aires, y allá entendés porqué tiene esa rabia, esa energía, esa fibra. Allá vivís así, porque es el ritmo de la ciudad. No es que decís voy a vivir re zen y estar como acá, en el Parque de las Naciones, sentado en el pasto. Es muy difícil. Y eso forma el carácter de la música”.

Y en lo que tiene que ver con lo estrictamente musical, “podés tomar clases de teoría, de musicalidad, o de grandes orquestas con un historiador. Decir, la orquesta de Aníbal Troilo tocaba de esta manera; Juan D’Arienzo tenía este recurso, pero si después, no lo pones en práctica, si no lo experimentas, todo el aprendizaje, es una investigación constante. Después, con el tiempo, uno oscila entre el conocimiento que va adquiriendo y la práctica, y mescla todo. Antes cada orquesta tenía su estilo. Ahora agarramos y hacemos una mescla de todo. Es lo que uno se va apropiando. Cada uno de nosotros toca lo que siente como propio”, entienden.

 

De Río Negro a la tierra colorada

Sofía empezó a tocar piano a los 11 cuando su abuela le contó que ella se compraría un piano, pero que ella, como nieta, tenía que estudiar. Aceptó porque a esa edad le pareció divertido, y “me enganché con todo, me encantó. Cuando terminé el secundario, fui a Buenos Aires, y empecé a bailar. En las primeras salidas, vi las orquestas de tango, vi un bandoneón por primera vez en mi vida y dije yo quiero tocarlo. Definitivamente”.

Agregó que “estaba con una cuestión musical de las vibraciones, sentía que estudiando piano clásico y tocando en un piano eléctrico, no transmitía nada, que era algo frío, sin vida. Pareces una maquinita. Y de repente ver ese instrumento que es de madera, que por sí trabaja, se hincha, se deshincha, y encima es un instrumento de viento, que respira. Entre verlo y estar apasionadísima por el tango, quería eso”.

 

 

Después, “me agarró la cosa de bailar tango porque empecé a tocarlo con el piano y dije, bueno, para aprender a tocar, tengo que aprender a bailar. Porque me va a ir mejor, porque me va a pasar más por el cuerpo, porque lo voy a entender mejor. Pero al bailar tango, te convertís en adicto. Es muy placentero. Y me fue bien”, expresó. Con mucho esfuerzo y ayuda familiar logró comprar su propio instrumento y se volvió a la Patagonia a estudiar. Y, en una de esas salidas a milonguear, “cayó el sexteto milonguero por la zona”.

De regreso a Buenos Aires, Sofía y Mauricio “cayeron” como reemplazo en la misma orquesta. Al joven lo pusieron a cargo de la orquesta que estaba participando y le pidieron que organizara uno de los shows. Faltaba un bandoneonista y la llamó a “Sofi”. Tocaron juntos y empezaron a ir de reemplazo cada vez más seguido, hasta que se quedaron fijos. En ese momento, la orquesta explotó en todo el mundo y se pasaron viajando a lo largo de tres años. Hasta que ambos decidieron abandonar la causa. Ella se quedó en el quinteto “Bohemia” y él armó otra orquesta. Es que habían viajado tanto juntos que buscaron tener un proyecto en paralelo para que la convivencia no se trasladara también al trabajo.

Durante la pandemia muchos de los músicos se dispersaron. “Pensé en juntarnos igual, y le dije si ella quería estar. Se armó un grupo tan lindo a nivel humano y musical, y todos aceptaron quedarse. Entonces ahora estamos de nuevo conviviendo y compartiendo orquesta, re contentos. Tuve cuatro grupos que tuvieron muy buena recepción del público en todo el mundo, entonces creo entender más o menos qué es lo que espera el público.”, contó el obereño que se ausentó de su terruño hace casi 18 años. Desde su lugar, la búsqueda siempre fue la excelencia musical, “que los grupos en los que estoy suenen lo mejor posible con los elementos que uno cuenta y en el momento que uno está”.

 

 

Confesaron que viven de la música, aunque, ahora, “todos están sensibilizados por la situación, y nosotros no estamos exentos. Hay miles de maneras de vivir de la música: dando clases, tocando, grabando, haciendo producción musical, pero, vivir de tocar, es otra cosa. Eso es el día a día, de tocar. Toda mi vida viví así, de los shows en vivo. Pero, con la imposibilidad de tocar en vivo, se desarmó la casa de naipes. Si se reactiva, espero poder seguir haciendo lo mismo. Mas allá del streaming, las redes sociales, nunca será lo mismo ver un concierto a través de una pantalla que de manera presencial, la magia de los instrumentos y la música saliendo de ellos”, dijo.

A Jost, le encantaría vivir en su Oberá natal o en algún lugar tranquilo que no sea Buenos Aires. “Estoy intentando torcer mi futuro hacia ese lugar, y hacer lo mismo que vengo haciendo en los últimos 20 años: viajar por el extranjero, hacer conciertos en Buenos Aires, tocar en el interior, y hacer base acá, donde la vida es mucho más tranquila, más económica. Me pasé estos años viajando y no tuve chances de comprarme una propiedad, siempre dependiendo de alquiler. Entonces prefiero pensar en un futuro lejano, en un lugar lindo. Acá ya tengo un lote con arroyo, y estoy preparando todo para que dentro de 20 años pueda tener mi casa e instalarme”, proyectó. Sofía asintió el comentario. Y agregó: “Que podamos cosechar, paltas, mangos y mandioca, y estar cerca del monte. Vine a Misiones con mi familia cuando era chica, al tradicional viaje a Cataratas, y me encantó, me impactó el rojo. No deja de sorprenderme el contraste”.