Escritores de Misiones: “Sin rumbo”

Carlos Clavero es un escritor aficionado nacido en Buenos Aires, pero desde hace 8 años se radicó en esta bella provincia de tierras coloradas y abundante follaje verdoso.

05/04/2021 18:04

Estaba en la cola del colectivo, y de pronto se apareció.
Desgarbado, sucio, asustado. Como mendigando una caricia.
Tal vez con temor a ser echado, agredido.
Lo llamé y le acaricié la cabeza, pude notar cuánto le gustaba que lo hiciera.
Se quedó ahí hasta que subí al transporte.

Me alejé en ese colectivo mirando hasta que lo perdí de vista, mientras él también miraba cómo me iba. Al día siguiente ya casi me había olvidado del episodio cuando volvió a aparecer. Me buscaba, lo descubrí porque al verme movió entusiasmado su colita.

Desde entonces se convirtió en una rutina. Yo iba con todas las ganas de verlo, y hacerle esas caricias que tal vez fueran las únicas que recibía en el día. Y comencé a llevarle pequeñas comidas que él agradecía agitando su cola.

Y después procuré que tuviese en donde beber, y le proporcioné un envase que resguardé en una esquinita de la parada. A la comida que le llevaba le agregué una botellita de plástico en donde cargaba el agua.

Jamás olvidé de hacerle muchas caricias, algo que sentía que agradecía más que los alimentos. Una vez el envase del agua no estaba y puse otro con una leyenda “por favor, no tirar, es para el agua del perrito”. Y nunca más volvió a desaparecer. Por el contrario, casi siempre le agregaban agua.

Un día no estuvo y me preocupó, confieso que lo extrañé y subí al colectivo estirando el cuello para ver si lo veía, no me resignaba a que no estuviese.

Al día siguiente estaba otra vez, pero ahora se lo notaba bañado, olía mejor. Nunca pude saber qué le pasó.Seguramente alguna alma caritativa lo llevó, le dio de comer y lo higienizó. Pero una vez más él me fue a buscar a la parada de ese colectivo.

Siempre me pregunté cómo hacen para conocer la hora los animales, porque llegaba yo y enseguida se aparecía él. Pensé en adoptarlo pero se me hacía imposible, no tenía espacio en mi casa para un perro de su tamaño. También pensé en ofrecerlo a gente conocida y tampoco resultó.

La rutina seguía, aún con lluvia él se aparecía. Yo nunca dejé de llevarle alimentos y agua. Inclusive he llegado a olvidarme de llevar lo mío. Pero era muy feliz cuando él consumía esos alimentos. Casi sin darme cuenta comencé a llamarlo “Sin rumbo”, necesitaba llamarlo de alguna manera y eso se me ocurrió.

Él lo aceptó porque al llamarlo así me miraba y movía su cola. La gente de la fila (casi siempre la misma) se reía del nombre.
Inclusive hubo gente que también le traía “cositas” para comer. Se convirtió en la mascota de la parada. Un día no vino, al siguiente tampoco. Pasaron varios días y nada…

Yo sentía que lo extrañaba, y me preguntaba qué podía hacer para saber de él. Un día fui más temprano de lo habitual y comencé a recorrer el barrio.

Mostrando su foto (le había sacado varias con el celular) preguntaba si lo habían visto. Todos lo conocían pero no sabían darme más información.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Siempre lo recordaba e iba a esa parada con la secreta ilusión de encontrarlo, pero nada…

Comencé a pensar en dos alternativas, o tuvo un accidente, o alguien lo adoptó. Pero no tenía rastros de ninguna de esas dos hipótesis. Nada cambiaba en mi rutina, seguía con ese viaje seis días a la semana.

Recordaba a “Sin rumbo” pero empezaba a resignarme. En mi casa me preguntaban por él, de alguna manera lo habíamos “adoptado”.

Un día de mucho calor se apareció. Estaba impecable, gordito, higienizado y…con un collar. Mi alegría y sorpresa fue enorme, me saltó como queriendo abrazarme. Nos abrazamos un rato…

La gente de la parada celebraba y festejaba, Sin rumbo había reaparecido. De alguna manera sospeché que se había escapado, que estaba bien pero que me extrañaba, como lo extrañaba yo. Subí a ese colectivo con algo de congoja, algo me decía que no lo volvería a ver.

Que era mejor para él que continuara con su nueva vida. Nos miramos y creí adivinar ojos vidriosos en él, lo mismo me ocurría a mí.

Durante todo el viaje pensé en Sin rumbo, en qué sería de su nueva vida, en quién lo adoptó. Aún hoy, transcurrido mucho tiempo, sigo yendo a esa parada con la secreta esperanza de encontrarlo, de que se haya escapado para verme. Pero no pasa de eso, de una ilusión…