Jorge Cieslik, una vida al servicio de la naturaleza

Llegó al Parque Nacional Iguazú a principios de la década del 70. Fue su primer destino al finalizar la escuela de guardaparques. La tierra colorada marcó su carrera, de auténtica vacación de servicio, y a su familia, que lo acompañó a sus más de veinte puestos a lo largo y ancho del país.

16/02/2021 15:46

“… Aquí estamos, en situación de retiro. Retiro no significa olvidarse de los 34 años de servicio y seguimos al pie del cañón por la conservación de nuestra biodiversidad y por la dignidad de nuestros camaradas que hoy están en servicio” escribió el 20 de abril de 2012 en su página de Facebook Jorge Cieslik, “el último guardaparque”.

Sólo cincuenta días pasaron hasta que su vida se apagó, el 10 de junio. La muerte se llevó de esta tierra a uno de los más grandes luchadores por la protección de la diversidad biológica y el reconocimiento de la labor de los guardaparques, pero no pudo borrar sus huellas. Su lucha no fue en vano y sus enseñanzas calaron tan hondo, que aún hoy su nombre está en el eco de cada logro de los “guardianes de la naturaleza”.

El respeto y el estima de quienes lo conocieron se replican en cuanto comentario puede hallarse. Y en su esposa, Alicia Segovia, sólo se observa amor, ese profundo, que la admiración y devoción completan, aunque es imposible no imaginar que fue una vida en cambios constantes, de incertidumbres y miedos.

“Soy la esposa viuda de un idealista. Un conservacionista nato, amante de la naturaleza”, describió y añadió que “formado como guardaparque luchó toda su vida por la conservación del medio ambiente. De manera sostenida y con vocación de servicio, puso en peligro su propia familia y su salud en favor de sus convicciones. Tenía una gran formación moral y cultural. Se educó en colegio de curas y se recibió de maestro mayor de obras en la Escuela Técnica Otto Krause, en Córdoba. Fue atleta, campeón nacional de lanzamiento de jabalina, y se recibió de técnico en Administración de Áreas Protegidas, en la Universidad Nacional de Tucumán”.

Y sí, sólo en familia y con ella como pilar se sortean algunos obstáculos, “transitamos juntos ese arduo camino por los montes, montañas y desiertos. Soportando todo tipo de atropellos y desconsideración. Todo fue muy difícil, desde la misma institución de Parques Nacionales se entorpecía su labor y se ignoraban sus documentos e informes. Fuimos trasladados 22 veces de domicilio, de norte a sur y de este a oeste en nuestro país. La mayoría de las veces era cumpliendo castigo. Castigo por denunciar. Castigo por oponerse a procedimientos ilegales y por insistir en darle valoración a la escuela como formadora de Guardaparques de Campo. Castigo por luchar contra la caza furtiva haciendo la detención de los infractores sustentado en procedimientos legales y el corte ilegal de palmitos dentro del Parque Nacional Iguazú. Castigo por cuidar y defender la investidura del uniforme de guardaparque. Castigo por exigir el orden y respeto entre sus pares”, recordó Alicia.

“Era una persona con una formación intelectual impecable, conocedor de las leyes. Dueño de un carácter manso y educado, altruista, diplomático y buena persona. Esos valores y cualidades le permitieron manejarse fuertemente en medio de tantos avatares”, dijo sobre el hombre con el que tuvo tres hijos varones y una nieta.

 

Dejar su vida para ser guardaparque
“Parece que fuera ayer la etapa de la escuela de guardaparques y sus vivencias tan imborrables. Tuve la enorme suerte de que mi primer destino fuera el Parque Nacional Iguazú que marcó a fuego mi vocación de servicio. De todos los que conformamos la sexta promoción solamente terminamos la carrera dos, Gonzalito Raúl y yo. La Administración de Parques Nacionales siempre fue expulsadora de guardaparques por la precariedad del futuro y las duras condiciones de poblamiento de las seccionales. Cuando logramos que el Poder Ejecutivo Nacional dictara el decreto 1455/87 y luego que se sancionara nuestro régimen previsional especial, este éxodo se frenó rotundamente. Debo aclarar que todas estas mejoras laborales las conseguimos nosotros, con nuestra lucha y en contra de las autoridades políticas de turno que siempre se opusieron a cualquier mejora”, posteó ese mismo 20 de abril de 2012 el Jefe.

Alicia contó que llegó en Navidad de 1973, en ómnibus, junto a Martín Burgos y Barreda. Se alojaron en las habitaciones para huéspedes de la Intendencia del Parque Nacional Iguazú y ya en la primera noche quedaron asombrados con un cielo plagado de estrellas, el canto sostenido por miles de cigarras, la enorme cantidad de mariposillas nocturnas y coleópteros de todos los tamaños, que pululaban alrededor de las farolas y luminarias del lugar. Al día siguiente conocieron al intendente del Parque Nacional, un hombre de baja estatura y carácter autoritario, porque en aquellas épocas, y actualmente no cambió demasiado -aclaró Segovia-, se manejaban los Parques como si se tratara de una estancia, y en consecuencia, al personal se los trataba como a peones.

“Su primer destino fue el área Cataratas, fueron alojados -en una casa que todavía existe- a pocos metros del ingreso al Paseo Superior”, confió la esposa. Y ya en su primer día encontró con lo que nunca hubiera imaginado, la pesca estaba permitida dentro del parque, se practicaba en cualquier horario del día, como formando parte del atractivo, sin ningún tipo de restricciones.

Por supuesto, el Jefe sin salir de su asombro, dudó seriamente de todo lo que le habían enseñado en la Escuela de Guardaparques. Sin tener idea de la difícil y arriesgada tarea que tendría por delante, el Jefe puso manos a la obra. Pero audacia y determinación marcaría de allí en más, de manera nefasta, su carrera como funcionario policial encargado de la preservación del patrimonio natural de los Parques Nacionales.

“Sin saberlo, puso en funcionamiento una infame e interminable lucha plagada de injusticias, y persecución laboral, procedente de la misma institución, que teóricamente hacía una exaltada y enardecida prédica conservacionista, históricamente encubierta. Así, de esa manera, se fueron destruyendo los principios éticos juramentados durante la formación en la Escuela de Guardaparques”, describió Alicia.

E hizo hincapié en que “nuevos en el área, llenos de ideales y vocación, muy pronto pudieron comprobar que no contaban ni siquiera con el apoyo del intendente de turno. La reacción de la gente de la pequeña región del Iguazú fue enorme, ya que estaban acostumbrados a entrar y salir del Parque con toda tranquilidad y licencia. Consideraban la caza y la pesca como un entretenimiento, a los que tenían derecho por ser pobladores del lugar; la gente no tenía culpa alguna, ya que hacían aquello que les era permitido por el mismo organismo de Parques. Igualmente, muy pronto, a pesar de la resistencia de muchos, se logró la prohibición definitiva de la pesca en el área cataratas dentro del Parque Nacional”.

 

 

Y fue “esa victoria en favor de la preservación de la naturaleza, la que le valió el comienzo de una carrera sostenida con acoso laboral y hostigamiento continuos, que se traducían en constantes traslados como castigo, con el objetivo de evitar que lograra con éxito, agrupar a guardaparques con vocación y principios morales para luchar en favor de la investidura y su profesión”, apuntó la señora y detalló que incluso intentaron destruir a la familia.

“Viví dentro de los parques nacionales por cerca de cuatro décadas, con 22 cambios de domicilio, al lado de un hombre intachable y honesto, que luchó hasta el final por una carrera digna para los guardaparques y por la preservación de la naturaleza y su medio ambiente”, subrayó Segovia.

Jorge Cieslik, jefe del Cuerpo de Guardaparques del Parque Nacional Iguazú, vistió el uniforme hasta su último día. Cumpliendo con su deseo, el 5 de julio de 2012 se esparcieron sus cenizas a unos treinta kilómetros aguas arriba de las Cataratas del Iguazú, sobre la costa del río Iguazú, en medio de la selva, donde hace 44 años el guardaparque Bernabé Méndez perdiera la vida en un enfrentamiento con cazadores furtivos.

 

Será… “hasta la próxima patrulla”

“… Lo veo en su oficina, sumergido entre sus libros de historia y derecho; sus mapas y los trámites cotidianos propios de su función. Y siempre, por más ajetreada que fuese la jornada, tuvo un espacio y un momento para nosotros; recibiéndonos con la mano tendida y su sonrisa brillando en una expresión paternal invalorable.

Pero también lo recuerdo en la selva misionera; bajo el rigor del calor sofocante y las insoportables nubes de jejenes, mosquitos y ataques de las avispas; conduciéndonos por la maraña vegetal que recorríamos durante días, abriendo paso a machete para prevenir la caza furtiva de yaguareté, tapires, pecaríes y paca; o los cortes clandestinos de palmitos.

Su conducta ejemplar inspiraba a imitarlo y acompañarlo. Nunca abandonó sus nobles ideales, ni siquiera ante las más crueles estocadas de su enfermedad o de la incomprensión y la intolerancia.

E insisto: por sobre todas las cosas, fue un hombre bueno. Transitó la vida haciendo el bien, inclusive hacia aquellos que no quisieron o no pudieron entenderlo. Porque Jorge fue un hombre adelantado para su época, un visionario; virtud que caracteriza a los prohombres de nuestra Patria.

Se alejó soñando una institución floreciente; una escuela donde se formen los integrantes del Cuerpo de Guardaparques Nacionales; una estructura orgánica que los incluya y una carrera profesional para los funcionarios en servicio. Señor Jefe de Cuerpo de Guardaparques: será hasta la próxima patrulla, escribió el guardaparque nacional (R) Guillermo Méndez para despedirlo.