“Acá me conocen más por la altura que por lo que hice en el deporte”

Tranquilidad es lo que busca Ernesto “Finito” Gehrmann (75), quien si bien pregona el bajo perfil se trata, ni más ni menos, del hombre que marcó una época en el básquetbol nacional y vistió la casaca argentina en varios mundiales de la disciplina.

11/08/2020 16:24

Nació en Oberá, pero su niñez transcurrió en General Alvear, en una zona de tierra colorada y, por aquel entonces, de pocos autos. Recibió educación primaria en colonia Picaza -en el municipio de Campo Viera-, y diariamente caminaba casi cuatro kilómetros para llegar a la escuela.

Como su padre, Jens Emilio Gehrmann, trabajaba para la empresa tabacalera CIBA, la familia pudo mudarse a Posadas y planificar el ingreso de Ernesto al colegio secundario. Dio la casualidad que la vivienda que le cedió la firma quedaba a una cuadra del Club Tokio, donde empezó este sueño sobre el que giró la vida de este misionero talentoso de 2,11 metros. Su primer amigo y vecino, Mario Larumbe, acudía a ese lugar a practicar básquetbol.

“‘Vamos’, me decía, pero en ese tiempo tenía mucho complejo de altura. En la colonia nadie me miraba, pero cuando llegué a la ciudad, me cargaban, y me enojaba porque no me gustaba que lo hicieran. Pero un día me decidí y le acompañé”, recordó. Apenas llegó, lo vio un técnico correntino de apellido Pelozzo, que se extrañó que el adolescente, a punto de cumplir 13, y con esa altura, no desplegara sus habilidades en la cancha. “Me animé, y empecé.

Lo único que me decían era que no bajara la pelota. Criado en la chacra, era flaco pero tenía cierta fuerza por realizar las diversas tareas diarias. Empecé en infantiles, y después de poco tiempo, pasé a cadetes. Armamos un hermoso grupo con los hermanos Echeverría, Escudero, y ya le hacíamos fuerza a la primera.”, agregó, quien durante su carrera deportiva convirtió 45 mil puntos.

En 1962 se llevó a cabo el campeonato argentino en el anfiteatro “Manuel Antonio Ramírez” y el entrenador lo quiso integrar al equipo porque se había lesionado uno de los jugadores, “pero me asusté y me fui al interior. Cuando el torneo ya había empezado, volví para mirarlo. Ese iba a ser mi debut en la Selección Misionera”.

Al año siguiente viajaron a jugar a Mendoza, donde comenzó a ser codiciado por clubes de Córdoba, Chaco, Buenos Aires, que veían que el misionero tenía posibilidades de progresar. Como estaba terminando la escuela industrial -ubicada en Colón y Roque Pérez-, no quería dejar de cursar, pero lo convencieron de viajar a La Plata, teniendo en cuenta que la idea de Ernesto era estudiar ingeniería electrónica.

Fue entonces que terminó quinto en la industrial Nº 1 “Albert Thomas” y se integró al Club Gimnasia y Esgrima de La Plata (GELP), cuando era dirigido por Roberto Bianchi. Ingresó a la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) pero los estudios quedaron relegados por el tema de los constantes viajes.

Y como el básquetbol “me daba de comer y con eso podía vivir, entonces tuve que optar por el deporte. Me fue bien. Pronto fui parte de la Selección Nacional. En 1966 salimos campeones sudamericanos y en 1967, jugué en el Mundial, en Montevideo, Uruguay, donde fui elegido como sexto mejor jugador del mundo”, señaló.

Lo querían llevar a la universidad de Detroit, en los Estados Unidos, pero “les dije que no porque viajar tan lejos en ese tiempo, tampoco era fácil. Ahora estoy arrepentido. Todo pasó muy rápido, y seguí jugando en Gimnasia hasta los 23 o 24 años”, lamentó. No lograba hacer una diferencia económica pero hubo una oferta del Palmeiras, de São Paulo, y decidió emigrar a Brasil.

“Fui a jugar allá, estuve seis años e resultó rentable. Lo poco que tengo, me lo gané ahí en un momento en que los brasileños invadían nuestro país para hacer compras. Era mi mejor época porque integré la Selección de América contra Europa. Querían que jugara para la Selección Brasilera pero nunca acepté, siempre lo hice con los colores de la celeste y blanca.

Después me vinieron a buscar desde otros clubes importantes, como el Estudiantes de Madrid, pero mi idea era siempre volver a Misiones. Estaba bien, tenía trabajo, un hermoso departamento, y me volvieron a contactar desde Gimnasia. El dirigente estuvo una semana en casa para poder convencerme. Finalmente, le dije que sí, y volví a La Plata”, confió.

Mientras disfrutaba de jugar los últimos años en la “Ciudad de las Diagonales”, empezó la dictadura. “Las cosas se pusieron bastante feas, después llegaron los americanos, la liga nacional, y llegó el momento de retirarme. Terminé jugando en Misiones. En 1984 participé del exitoso nacional que se disputó en el polideportivo El Zaimán, donde salimos quintos.

Después jugué unos años más, y dejé. La despedida fue en el Tokio, el club de mis amores, donde terminé mi carrera entre 1986 y 1987”, acotó, el primer extranjero que triunfó en Brasil, que fue muy querido por todo el entorno y que en las canchas lo ovacionaban de pie.

Altibajos
Ser declarado padrino de la Fiesta del Deporte Misionero (FDM) -organizado por PRIMERA EDICIÓN- o saber que un polideportivo provincial lleva su nombre al igual que uno de los gimnasios del complejo deportivo de Oberá, es un “orgullo grande” para “Finito”. “Que me recuerden y que me reconozcan con cosas tan importantes, es para mí un gran orgullo.

Es lo que queda cuando uno se va poniendo grande. Pero, lógicamente, soy más popular en lugares donde hubo más básquetbol que en Misiones. Cuando voy a Buenos Aires, La Plata, de diez personas es seguro que siete me conocen. Cuando viajo a Bahía Blanca, como es una zona de mucho básquetbol, no se olvidan. Y eso que ya pasó mucho tiempo.

Acá hay muy poca divulgación. El básquetbol es muy pobre, entonces la gente no me conoce por el deporte, me conoce más por la altura que por lo que hice en el deporte”, manifestó. Pero admitió que “acá siempre fue así, con altibajos.

El gran problema es que nunca se hizo una liga importante, como la que está jugando Oberá. En Misiones los jugadores que, más o menos tenían condiciones, debían salir de la provincia. Cuando armamos una selección tenemos que traer a los que están en otros lugares porque los clubes no aportan para que el chico pueda estudiar, entrenar.

A un chico del interior, habría que darle cama, comida y estudio, para que se dedique al deporte. De eso acá hay muy poco. Sé que hay intenciones de Tokio, Mitre, pero es poco. Se está creando uno de primera en el CAPRI que es un club grande, que ojalá forme un buen equipo”.

“Siempre hablo con el profesor Caferatta -con quien dio clases en el Club Unión hasta el cierre de la entidad-, que fue un poco mi maestro, mi colega, jugamos juntos, y es un estudioso, pero tampoco tiene campo para trabajar porque los clubes no aportan lo necesario para retener a un equipo. Por ahí forman jugadores, porque hay mucho minibásquet, pero después se pierde porque no hay una continuidad. Ese es el problema”, concluyó.

A su entender, “público hay suficiente porque cuando se arma un partido más o menos importante, la cancha se llena. Nosotros llenábamos la cancha con los intercolegiales, con todos los partidos. El Club Tokio desbordaba. Era lo más grande que había, y es impresionante la gente que asistía”.

Trabajó un tiempo en la Dirección de Deportes siempre en lo que respecta a la disciplina que practicó. Nunca quiso ser funcionario a pesar que “me ofrecieron algunos cargos. No acepté, siempre dije vuelvo a Misiones para estar tranquilo”. Sostuvo que, económicamente, quizás le convenía estar en otro lado. Pero prefiere la paz y la tranquilidad. “Tampoco lo necesitaba, y no soy ambicioso. Aquí estoy tranquilo”.

Le gustaba salir de pesca cuando el río aún ofrecía alguna presa interesante. “Conservo todo el equipo, hasta lancha tenía, pero desistí porque ahora está muy pobre. Por ahí voy a Ituzaingó con un amigo, que me lleva una o dos veces, pero no saco nada y me ‘picho’”, reconoció.

Es que el Paraná en todo su esplendor le trae gratos recuerdos porque “cuando apenas vinimos a Posadas, me gustaba mucho el río. Teníamos la laguna San José, en un lugar que ahora está todo inundado. Ahí, con los chicos del básquetbol, pasábamos todo el verano y el cuidador nos prestaba la canoa. También estaba El Brete, pero iba menos porque el agua corría con más fuerza. Eran épocas muy distintas”.

Dijo que se crió prácticamente en el monte y que eso influyó en sus decisiones. “Soy un enamorado de la provincia, tengo una casa al lado del río. Cada vez que voy me siento bien, con toda la tranquilidad, rodeado de verde. Son por ahí gustos extraños pero es lo que me trajo acá”, aseguró el segundo goleador histórico de la Selección Argentina.

Hace un tiempo comenzó a practicar Newcom, que es un deporte para adultos mayores, que “se juega como el vóleibol, pero agarrando la pelota. Se conforma con categorías de 40, 50 y de más de 60, y si bien es nuevo, se hizo bastante popular. Nos entretenemos aunque con esto de la pandemia estamos un poco parados”.

El grupo, del que participa con su esposa Ana, ya tiene en su haber dos Juegos Evita. “Salimos campeones misioneros con el equipo”, que lleva el nombre de “Finito” porque se creó en el polideportivo de Rademacher y Comandante Rosales.

2,11 metros
Contó que durante la adolescencia vivía acomplejado por la altura pero que, gracias al deporte, “eso fue desapareciendo. Ahora me ven en la calle y, lógicamente, que miran la altura, pero la mayoría me conoce, me respeta, entonces lo de la altura pasó a un segundo plano”. Precisamente en ese primer viaje a Mendoza llamaba la atención la altura del misionero.

“Es que antes había muy poca gente alta. Ahora vas a un partido de básquetbol y encontrás a varios de dos metros. En el Oberá Tenis Club (OTC), nomás, el más bajo es de dos metros, pero antes era difícil”, dijo, quien heredó los más de dos metros de los hermanos de su mamá, Elizabeth Scheelen.

“Ellos vinieron desde Hamburgo, Alemania, y se radicaron en una chacra de Leandro N. Alem. Íbamos a visitarlos y conocí a mis tíos, que medían más de 1,90. Papá tenía 1,87; mi mamá 1,77 y mis hermanas Isabel y Wilma, 1,87 y 1,75”, señaló, quien guarda parte de su historia (recortes, fotografías, souvenires, plaquetas, medallas, cuadros) en el Museo Municipal del Deporte de Posadas, que se encuentra en el polideportivo posadeño que lleva su nombre.

La vuelta al mundo

A través del básquetbol, “Finito” conoció el mundo. Visitó más de 40 países. “Fui tres veces a Rusia, así que imaginate”, expresó, como haciendo comprender todo lo que hizo.

“Conocí lo que por aquel entonces eran países comunistas como Rumania, Bulgaria, algunos que ya no existen. A Israel fui después de la guerra con Jordania. Teníamos que cuidarnos. Nos mostraban los túneles para los refugiados de los bombardeos. Desde la ruta se veían los alambres de púa, y los soldados subían con las ametralladoras”, relató, a quien en 2018, en Posadas, la Confederación Argentina de Básquetbol le entregó una camiseta enmarcada con el número 15, con el que se identificó durante su carrera.

Añadió que con muchos equipos viajé a Europa, y que conoce América en su totalidad, desde Canadá hasta Punta Arenas, en Chile. “Esa es una gran cosa que me brindó el deporte. Ahora me invitan a viajar y ya no me entusiasma porque para mí con ver una cosa, una sola vez, alcanza. Por ejemplo, ir a Roma, ver el Coliseo, ya no me atrae. Me pasó que fui varias veces a lugares que ya conocía y me quedaba en el hotel.

Todos los que iban por primera vez me decían ¡vamos! y ya no quería hacerlo”, alegó, quien fue distinguido con el título de “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), en reconocimiento a su destacada y ejemplar trayectoria deportiva en el ámbito nacional e internacional.

Así se dieron las cosas

Mientras residían en General Alvear, a unos 20 kilómetros de la Capital del Monte, el papá de “Finito” manejaba un Jeep Willys, propiedad de la empresa tabacalera CIBA, con el que recorría la colonia, donde también había un depósito en el que acopiaban la producción de tabaco, que luego trasladaban hasta Oberá.

“Mi hermana mayor no pudo estudiar y se quedó en la colonia. A la segunda la mandaron a Posadas, a la casa de una familia amiga, y pudo ingresar al colegio Santa María. Y cuando me tocó a mí, querían que siga estudiando, pero allá no había colegio secundario. Entonces mi papá pidió a la empresa para hacer un curso en Buenos Aires, y de esa manera podría venir a trabajar a la fábrica instalada en Posadas. Las cosas se dieron, y nos mudamos a pocas cuadras de lugar de trabajo de papá”, narró.

En la casa de “Fino” se hablaba castellano y alemán. Pero como por el tema del tabaco, Don Gehrmann tenía el depósito en el que trabajaban muchos peones brasileños, paraguayos, polacos, ucranianos, “aprendí de todos un poco porque estaba siempre con ellos”. Con el paso del tiempo, “me quedó el portugués por los años que viví en Brasil.

Y el inglés siempre me fue fácil por el alemán que hablábamos en casa. Cuando viajaba al exterior podía defenderme porque para mí era parecido al alemán en la pronunciación”, comentó, esta institución del básquetbol argentino, nacido el 7 de mayo de 1945.

 

Por unas estampillas

A su compañera de vida, Ana María Estrada, el deportista la conoció en La Plata mientras él jugaba al básquetbol y ella era una atleta que competía para el Club Gimnasia y Esgrima de La Plata. En ocasión de regresar de los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, “Fino” tenía un problema en la planta del pie y fue a ver al entrenador de la mujer, que era pedicura.

“Allí vinieron las chicas de atletismo y ella me pidió estampillas”, aduciendo que uno de sus tíos las coleccionaba. “Como en los Panamericanos siempre nos daban las estampillas oficiales, con el debido sello, le dije que las tenía y que le iba a dar algún día. Un día de lluvia, que era cuando ella iba a entrenar al estadio de Gimnasia, nos volvimos a encontrar y nos hicimos amigos”, agregó.

Ana contó que como en la adolescencia, “no quería estudiar, papá me dijo algo tenía que hacer. Entonces, fui a hacer deportes, y me fue bastante bien. Cuando vinimos a vivir a Misiones, no tenía el secundario. Mis hijos ya se habían ido a la universidad, nos quedamos solos, y me propuse terminarlo. Lo hice a través del SiPTeD, en solamente dos años”.

Y como había vivido en Brasil cuando “Finito” jugaba en el Palmeiras, y hablaba el portugués, decidió estudiar el idioma. “Creía que sería fácil pero me equivoqué. Eran 34 materias, pero me recibí hace cuatro años, con 66 años, en la Escuela de Idiomas de la UNaM”, dijo. Lo cierto es que pasaron 53 años de estar juntos, y Ana aseguró, entre risas, que todavía sigue esperando las estampillas.

 

Anécdotas

“Lo de ‘Finito’ surgió cuando fui por primera vez al Tokio, y uno de los técnicos decía: ¡Uy, qué finito y alto! A partir de ahí quedó ‘Finito’, ‘Fino’, ‘Don Fino’. Y yo lo incorporé a mi vida como un nombre porque lo de Ernesto nadie sabe. En el interior sí me llamaban por mi nombre”.

Otra anécdota muy particular ocurrió en Mendoza allá por 1963, cuando “Finito” tenía 17 años y hacía su debut en los campeonatos argentinos. Ya en ese entonces sobresalía por ser un “obelisco humano”. Los misioneros habían salido a recorrer la ciudad y, mientras se acomodaban para tomarse una fotografía, un grupo de jóvenes que pasaba por la vereda de enfrente, al ver a Gehrmann tan alto y muy flaco, ensayó una “cargada”. “¡Oigan! ¿Y a ése para qué lo tienen? Los misioneros no se quedaron atrás y terminaron la conversación con una sutil promoción turística…-¡Lo tenemos para pasarle el plumero a las cataratas!”.

 

Familia

“Finito” está casado desde 1967 con Ana María Estrada, una atleta nacida en Berisso, Buenos Aires, de cuya unión nacieron sus hijos: Jonatan Andrés y Eric Ernesto, que le regaló tres nietos: Anna Sol, Tomás Nazareno y Catalina.

 

Lo dice Jonatan

Su hijo Jonatan admitió que “amo tomar mate con mi viejo. Es un sabio a su manera, un tipo tranquilo que tenía una magia única para jugar al básquet que lo hizo legendario, pero él no se considera ‘famoso’. Es muy reconocido pero nunca se puso en ese papel de ‘tipo exitoso’. Siempre fue infinitamente humilde y respetuoso, dentro y fuera de la cancha. ‘Fino’ también es lo que es, porque tuvo una compañera como mi vieja a su lado. Es un padre único que con el tiempo se convirtió en amigo. Amante del monte y del río. Mi viejo es sencillo y, al mismo tiempo, una persona alucinante”.

 

… y lo dice Eric

Para su hijo Eric, “fino” fue siempre un papá “paciente, calmado y sumamente sencillo, en todo lo que hace. Disfruta los pequeños gestos, que le son suficientes para ser feliz. No habla mucho pero dos palabras alcanzan para darte una lección de vida.

Valoro mucho el hecho de tener una persona como él a disposición, e intento compartir más tiempo de calidad. Ser hijo de una figura como él, por momentos no fue fácil. Me tocó intentar jugar al básquet tanto en bahía blanca como en gimnasia y siempre me sentí orgulloso de ser ‘el hijo de’. Disfruto mucho de ir a su casita de San Ignacio, en medio del monte y cerca del río, y de su tranquilidad y su compañía”.