El gallo de Raúl

Había una vez un gallo cantor sin nombre que era muy famoso en el barrio en el que vivía. Bah, quizás tenía nombre, pero nadie sabía cuál era y como el sonido de su canto venía desde la casa de Raúl, los vecinos lo llamaban: “El gallo de Raúl”.

26/07/2020 19:17

Por: Mariela Stumpfs

Había una vez un gallo cantor sin nombre que era muy famoso en el barrio en el que vivía. Bah, quizás tenía nombre, pero nadie sabía cuál era y como el sonido de su canto venía desde la casa de Raúl, los vecinos lo llamaban: “El gallo de Raúl”.
La fama se debía a la intensidad y frecuencia de su canto. Cantaba muy pero muy fuerte. Cantaba a la madrugada, al amanecer, a las seis, a las ocho y a las diez. Cantaba a las doce, a la siesta, a las diecisiete y treinta y a las nueve menos diez. A las veintitrés y a las cuatro menos cuarto … ¡Uf! … ¡Cantaba a cada rato!
-¡Qué gallito más gritón! ¡Por qué no se calla un rato! ¡Qué molestón! ¡Me tiene hasta la coronilla! ¡Nunca vi un gallo que cante con garganta y rabadilla! ¡Un gallo en plena ciudad, por qué no lo sueltan en el campo! ¡Qué tragedia y desventura ser vecinos de Raúl –eran algunas de las protestas! Rezongaban entre ellos, en voz baja. A Raúl no le decían nada porque también era famoso en el barrio, por su manera de ser, malhumorado, gruñón, antipático y huraño.
-Usted que vive al lado debe estar aún más harto. – ¿Por qué no le dice lo mucho que nos molesta?, ¿hablaría usted con él en nombre de todos? – le dijo un día Lidia al verdulero, Juan.
– Al que alborota el avispero le va como a los perros, así que mejor callemos – le respondió Juan a su mejor clienta, a ella y a todos los que algo le comentaban sobre el bendito gallo, porque el animal en cuestión, en esa cuadra y en el barrio, era tema de conversación.
El ave plumífera de lo que su balada generaba ¡ni se enteraba! Iba contento desafinando a los cuatro vientos, todos los días, aunque lloviera o saliera el sol, hiciera frío o calor.
Pero, aunque mucho repetían que al gallo no lo querían, lo que tanto criticaban, de recordatorio usaban. Con el canto de las cuatro menos cuarto, se levantaba José, que como un ómnibus manejaba, era quien más madrugaba. Con los de las seis y las ocho, casi todos los demás. Cuando cantaba a las diez, ¡a cocinar, con rapidez! Con el de las doce almorzaban los niños antes de ir a la escuela con el de las diecisiete y treinta, merendaban con polenta. Con el de las nueve menos diez se acostaban los bebés y cuando agotado emprendía el último canto del día, la mayoría a dormir se iba.
Hasta que un buen día, algo inesperado aconteció…
-Si pensaron un triste final… no, eso no ocurrió. El gallo de Raúl la voz no perdió, al campo nadie lo llevó, no dejó cantar toda hora y tampoco fue a parar a la olla. Lo que sucedió fue mucho peor. De repente y sin previo aviso un feo y contagioso virus al mundo entero sorprendió y a miles de personas infectó. Para detener con eficacia su mortal contaminación se decretó cuarentena en muchos lugares, en toda extensión. Excepto médicos, enfermeros, vendedores de alimentos, policías, y bomberos, y otras pocas profesiones, que iban a trabajar con guantes y tapabocas, todos los niños, padres y abuelos, primos, tíos y amigos, Raúl , el verdulero y toda la vecindad que al gallo odiaba , encerrados en sus casas debían permanecer si a este bravo bicho querían vencer.
Fue así que de un día al otro, de lunes a lunes sin pretextos, algunos tristes y otros contentos, se guardaron bajo sus techos.
Entre tanta quietud y silencio, el destemplado canto del gallo resonaba en los oídos con más intensidad que nunca. Cantaba como si nada, ¡Como si nada porque de pandemia no sabía nada! A los que sí lo que pasaba entendían, lo que menos les preocupaba , -ya no les molestaba- era el canto del bendito. Salvar sus vidas era la única prioridad y a ello se dedicaban Raúl y la vecindad.
Poco a poco, con el correr de los días, cada vez que el gallo cantaba, los habitantes del barrio, algo lindo recordaban. Les sorprendía extrañar lo que quizás no supieron valorar. José ya no madrugaba, con su ómnibus guardado, al escuchar al gallo, la tristeza lo inundaba. Los horarios de desayuno y de almuerzo, de la merienda o la cena, de limpiar, de cocinar…fueron cosa muy amena.
Esa cuestión de estudiar ¡qué cambio desopilante! ¡el reloj biológico enloqueció y ya nadie dormía ni se levantaba a la misma hora de antes! Los bebés lloraban más para dormir a las nueve menos diez, las señoras de la casa eran madres y maestras y los papás colaboraban más, con las manos siempre en vuelo. Los niños extrañaban visitar a los abuelos… los recreos de la escuela, los paseos, los cumpleaños, el deporte con amigos parecieron lindos hábitos ya para siempre perdidos
El único que no alteró su ritmo ni sus hábitos de vida, fue el gallito de Raúl. Era igual su día a día … a cada rato, obsequiaba su Co CO COOOO, intenso y desafinado, desfilando muy orondo sin guantes ni tapabocas. Ya nadie odiaba su canto ni de él se quejaban las doñas a Juan el de la verdulería.
Al fin y al cabo, aprendieron -los vecinos de Raúl- que lo que realmente importa son las cosas invisibles que hacen bien al corazón… la vida y todo lo que ella ofrece: salud, alegría, paz, unión, amistad y buen amor… del virus estar a salvo todos juntos, en familia… y apreciar aquello que agrega lo cotidiano, como el canto desafinado del gallito de Raúl.

La autora

Nació el Día del Amigo en Oberá, “la que brilla”, bella ciudad misionera donde vive y ejerce como docente. Idealista, soñadora y fiel defensora de la ecología, en sus obras refleja ese compromiso y como educadora busca inculcar a sus alumnos y lectores igual amor, cuidado y respeto a la naturaleza. Escribe cuentos, poesías y novelas. Obtuvo premios y menciones de honor y publica en Antologías y Ediciones propias para chicos y grandes.
Contacto: Página de Facebook: Mariela Stumpfs Escritora – Mail: [email protected]