Doña Gregora, una vida dedicada a sus nueve hijos

A pesar de afrontar varias pérdidas y situaciones familiares y económicas difíciles, siempre estuvo para ayudar a los demás. Aún en esas condiciones, viviendo en Montecarlo, adoptó a otros dos niños y educó a todos con extraordinaria entereza y templanza, en un marco de amor y unión familiar. Gracias al ingenio y a la perseverancia, siempre supo salir adelante.

18/05/2020 09:46

Hija de Doroteo Torres y de Rosa Capli, Gregoria nació en Carmen del Paraná, Paraguay, el 9 de mayo de 1919. Vino a la Argentina con ocho años y durante los primeros tiempos vivió en Posadas, donde a los 19, se casó con Eugenio “Yuí” Benítez, nacido en la capital de la provincia, en 1908.

La pareja vivió unos años en Puerto España, donde Eugenio hacía trabajos rurales, y en 1939, se radicaron en Puerto Bemberg, en el Alto Paraná, donde se avizoraba mejor el progreso. Allí nacieron siete de sus nueve hijos, ocho varones y una mujer: Ramón Silverio, Domingo Salvador, Timoteo, Osvaldo Valerio, Juana de La Cruz, Esfrén Cirio, Anacleto Eugenio, Getulio Daniel, e Hilarión. En diciembre de 1960 la familia se mudó a Caraguatay, y a principios de 1963 se estableció en el barrio Sarmiento de Montecarlo, donde Doña Gregoria vivió hasta diciembre de 2005, en ocasión de su muerte, a los 86 años.

Quedó viuda con apenas 32, debiéndose hacer cargo de sus nueve hijos. El mayor de 13 y, el menor, Hilarión, tan sólo un mes. No volvió a casarse ni a formar pareja porque se consagró íntegramente a su amor. Es que su esposo, la dejó a causa de la mordedura de una yarará, el 21 de noviembre de 1951.

Por esta dramática situación, su madre vino desde el Paraguay para acompañarla y ayudarla en los quehaceres. Sin embargo, el destino tenía otros planes: a tres meses de su arribo la mujer sufrió un derrame cerebral que la dejó postrada. Y Gregoria debió hacerse cargo de su progenitora a lo largo de quince años. La llevó a Santa Fe en barco (único medio de transporte de la época) en busca de un tratamiento más adecuado para su salud.

En 1955, llevó a Getulio (5) al hospital Eva Perón de Buenos Aires, por graves problemas de salud. Regresó feliz, con su hijo recuperado. Ese mismo año, el Gobierno que derrocó al del General Perón, la despojó de la pensión graciable. Desde entonces, no tuvo ningún beneficio del Estado. En la década del 90 le fue denegada la Pensión para Madres de siete hijos, basando esta decisión en un informe que indicaba que “no la necesitaba”. De esta manera, soportó un nuevo golpe a su dignidad y a sus derechos.

Además de su dedicación a la familia, integró la Cooperadora de la Escuela Normal y durante muchos años la Comisión de Madres de la Iglesia Católica. Junto a María Luisa Cappiello, Josefa Paredes y otras madres del barrio Sarmiento siempre brindaron su ayuda solidaria en favor de los vecinos más necesitados.

En 1960, ocho niños de Puerto Libertad quedaron huérfanos, entre ellos, Juana Villalba, quien fue adoptada por Gregoria e incorporada a la familia recibiendo el mismo amor que los demás hijos. “Juanita” fue abanderada en la primaria y escolta en la secundaria, y ejerció la docencia por más de 30 años. La Escuela Nº 725 de barrio Retiro, donde fue directora, lleva su nombre, por méritos acumulados en el desempeño de su función y su condición de persona de bien.

En 1966, se produce una nueva incorporación a la familia. Fue la de Norma Araujo (8), hija de Julia Torres, sobrina de Gregoria, que vivía en Colonia Delicia, y no tenía posibilidades de estudio para sus hijos en ese paraje tan alejado.

Las manos de mamá

Hilarión aún recuerda las manos curtidas de Gregoria, de color oscuro, cuando venía de tarefear en los yerbales, que volvían a limpiarse luego de lavar ropa ajena en algún arroyito. Desde la madrugada elaboraba productos en el horno de barro para que sus hijos salieran a vender a horas tempranas. “La evoco preparando comida para los pensionistas, con lo que generaba un ingreso más para la familia”, dijo, y agregó que en su casa almorzaban los profesores Maerker, Rosas y Benisch cuando, solteros, recién llegaron a Montecarlo.

Sostuvo que sus hermanos mayores no quedaban atrás. Desde muy niños trabajaron y algunos, desde los 14, ya tenían empleo estable. “Los más chicos también ayudábamos. Todos colaborábamos en la manutención de la casa. Desde los 5 o 6 años trabajábamos en la carpida de yerbales, juntábamos tung o cosechábamos té. A los 10 y 11 años, Anacleto, Getulio y yo incorporamos otra experiencia laboral como canillitas”, admitió.

Timoteo tenía 10 años cuando falleció su padre. Y, por muchos aspectos, fue quien tomó ese rol. Tras su experiencia como guapo carpidor de yerbales, a los 14, ingresó a trabajar como mensajero en el correo de Puerto Bemberg, aprendiendo con habilidad e inteligencia el código morse, lo que lo consagró como radiotelegrafista e impulsó su traslado al correo de Montecarlo. Fue el principal sostén económico y trajo consigo a la familia. “Nos aconsejó siempre con amor y paciencia y abrió el camino para que estudiáramos”, confió Hilarión.

“Mi hermana Juana ayudó a mi madre en las tareas de la casa, cuidaba de los hermanitos más pequeños y de la abuela que estaba postrada. Estudió corte y confección y fue modista, contribuyendo también con ese trabajo al sostenimiento económico de la familia.

Considera que “los logros de cada uno de sus hijos, y su propia actitud ante la vida, son el reflejo del amor y la solidaridad y coronan los méritos de mi madre, quien fue el pilar fundamental de la familia”. Sin dudas que también habrá estado presente en su vida “el ejemplo que dejó mi padre quien al ver en aquellos años un nuevo amanecer para las esperanzas de los humildes asumió su compromiso para lograr una sociedad mejor, desde el naciente peronismo, entendiendo que para ello sus hijos debían ser buenas personas, estudiar y capacitarse”.

Benítez fue recordado “como un destacado dirigente de sus compañeros trabajadores, quienes lo honraron después de su muerte con una placa de mármol colocada en su tumba el Día de la Lealtad para recordar sus firmes convicciones”. Cuentan que tenía una fluida y fuerte capacidad oratoria en idioma castellano y guaraní. Fue pescador y cazador por pasión y necesidades de subsistencia. Deleitaba a su entorno familiar y amigos con la música de su guitarra y canciones improvisadas para sus hijos y sobrinos.

En el homenaje a su madre, Hilarión también quiso destacar el rol que cumplió cada uno de sus hermanos en esta historia de entrega de Doña Gregoria, cada uno estudiando y trabajando “como sostén para llegar a nuestras metas, en el marco de la solidaridad que caracterizó a la familia”.

Sobre Timoteo, dijo que comenzó el secundario a los 20. Fue escolta de bandera y maestro en Caraguatay y en la Escuela de Frontera de Montecarlo. Le propusieron estudiar Telecomunicaciones en el Correo Central de Buenos Aires, como reconocimiento a los méritos demostrados y a la confianza de sus superiores y compañeros de trabajo. Luego se graduó de Ingeniero en Telecomunicaciones en la Universidad Nacional de La Plata. Fue profesor de física en la Facultad de Ciencias Forestales de Eldorado y de matemáticas en la Escuela Técnica de Puerto Piray.

“Esfrén y yo nos graduamos en nuestras carreras universitarias. Ejercimos la profesión de contador público por más 40 años y nos desempeñamos en diversas responsabilidades públicas, instituciones y en la vida política de Montecarlo. Me desempeñé como asesor de Concejo Deliberante, secretario de Hacienda, contador municipal y viceintendente. Además, me matriculé como productor de seguros y comencé un posgrado en tributación. Esfrén, además, ejerció por muchos años la docencia en la Facultad de Ciencias Forestales de Eldorado”, acotó.

Anacleto trabajó durante 30 años en el correo de Montecarlo. Comenzó a los 14 como mensajero, luego radiotelegrafista y jefe de oficina en Copahue (Neuquén), Yapeyú (Corrientes), Montecarlo y otras localidades de Misiones en forma interina. Fue maestro en Caraguatay, preceptor y luego secretario de la Escuela Normal durante 34 años, además de Director de Cultura Municipal.

Getulio terminó el secundario y trabajaba en el correo de Puerto Piray, hasta su temprana muerte en un accidente de tránsito, en 1975.

Domingo, el segundo de la familia, también ayudó con su trabajo desde niño en tareas rurales. Recién pudo concretar su sueño de cursar el secundario a los 45 años, en el bachillerato para adultos, finalizando con el mejor promedio de su promoción. Fue preceptor en la Escuela Agrotécnica de Eldorado y empleado de la comuna de Puerto Piray.

Ramón, el mayor, debió interrumpir la primaria a raíz de la muerte de don Benítez. Trabajó desde niño en tareas rurales y luego, durante 40 años, como agente sanitario de Salud Pública de la Nación.

Osvaldo falleció en los brazos de Gregoria a los tres años, debido tal vez, a alguna enfermedad súbita que no le dio tiempo recibir asistencia médica, debido la distancia entre Villa Alegría y el hospital de Puerto Libertad.