Manos inquietas que dan calor a la vida

Diseminado por toda la provincia, un sinnúmero de personas forma parte del Grupo Solidario “Misiones teje por un sueño” que, contra viento y marea, arropa a miles de bebés recién nacidos en distintos nosocomios de la tierra colorada. Una historia de compromiso y de amor puro.

09/02/2020 19:00

Entre mate y mate, charlas, carcajadas y alguna que otra lágrima que se escapa, las hábiles manos de las tejedoras, no se detienen. Si bien el stock de lana escaseará de a ratos, como por arte de magia, algún alma caritativa se encargará que las madejas se repongan y los bebecitos que llegan al mundo en las frías salas de parto, puedan ser abrigados. Similares situaciones trascienden en distintos puntos de la provincia donde se conforme un apéndice del Grupo Solidario “Misiones teje por un sueño”. Una tarea que imprime mucho amor pero de manera silenciosa, que cubre las necesidades más urgentes en los momentos más esperados.

María Cristina Echenique, Marta Giménez, Mónica Machicote y Yolanda López, son sólo unas pocas caras visibles en esta interminable cadena de ciudadanos con las mejores intenciones. Reunidas en la casa de la primera, contaron cómo se gestó la iniciativa, qué las motivó a nuclearse y porqué siguen fieles a la causa.

María Cristina es la anfitriona y motor del Grupo Solidario. Narró que en 2012, tras la muerte de su papá, Ricardo Alfredo Echenique, quedó devastada, y que su amiga, Valentina Hendrie, le propuso el tejido como “terapia”. “En ese momento ella era mi sostén, y como es una gran tejedora que anda siempre por las redes sociales buscando nuevos puntos, encontró a un grupo de Buenos Aires que se denomina ‘Tejiendo por un sueño’. Me propuso que hiciera algo similar como para que yo acomode a mi alma”, dijo al referirse al disparador de la iniciativa.

Buscaron más datos, se interiorizaron sobre el funcionamiento, hasta que “me comuniqué, y además de darnos una acogida maravillosa, nos mandaron 47 mantas que, en principio, no sabíamos a donde entregar”.

Inquieta como es, fue hasta el Hospital Materno Neonatal y esperó que alguien la atendiera. “Me recibieron dos personas maravillosas: Beatriz Ramírez y Javier Yesa, quienes me dijeron: ¡claro que queremos!, tráelas y vamos a entregarlas. A los dos días, cuando llegaron las mantillas, fui con otra señora que ya no está en el grupo y entregamos en las camas de las mamás. Sinceramente, ver esas caritas, esos bebecitos, y esa necesidad de abrigo, hizo que mi dolor trocara de una manera extraordinaria”, aseguró. Esa situación “parece que me reforzó” y con Valentina se pusieron a tejer a full con las lanas que cada una tenía en casa. Armaron las primeras mantillas y las fueron entregando. A través del grupo de Buenos Aires, María Cristina se conectó con un comerciante que vendía lanas en cono. “Juntábamos seis colores y se ovillaba. Uno de los ovilladores era Cristian Protzer, que es no vidente. También estaba Yayi Escallier, Valentina, Mabel Renée Esperanza, Viviana Montero (esposa de Cristian, también no vidente), y así nos fuimos organizando”, sin pensar en las repercusiones que tendrían ocho años después.

Gestiones sin parar

Para continuar con el proyecto, pasaron por las mil y una. Llegó un momento en el que “nos quedamos sin las lanas en cono y empezamos a ver cómo conseguirlas a menor precio. A través de Internet conozco a Marcia, pero dijo que no vendía para afuera porque era complicado el envío.

Empecé a rastrear otras fábricas, pero lo barato que costaba en la planta, se encarecía en el traslado hasta Misiones”. Luego acordaron con una distribuidora de Córdoba. Primero traía un transporte y como se encarecía, cocinaron cazuelas -actividad de la que no se salvan los familiares de los voluntarios- e hicieron rifas para juntar dinero. Entre los premios se sorteó un mantel tejido por Liliana Ríos.

Con el tiempo, la hilandería en la que trabajaba Marcia estaba por presentar quiebra, entonces había que salir en busca de nuevos proveedores. Empezaron a rastrear fábricas. “Una, nos propuso vendernos a un precio muy bajo, pero si comprábamos cien kilogramos, que en aquel momento tenía un costo de unos 25 mil pesos. Y no llegábamos co el efectivo. Una puso un poco, otra, otro poco, y así. En ese momento teníamos a la Fundación ‘Por los pueblos de las Misiones’ que nos apuntaló durante unos cinco meses. Lo suficiente como para que pudiéramos resistir. Con el dinero que ellos nos facilitaron pudimos comprar durante dos meses”. Pero lo que llegó en esa primera compra, no era lo que las tejedoras necesitaban (mucha lana oscura, gruesa, que no era para bebés) por lo que decidieron reservarla para otro cometido. Posteriormente y mediante la colaboración de Stella Maris Báez, enviaron a San Pedro, donde las mamás tejieron abrigos para sus hijos.

Luego volvieron con Marcia. Pero el tema era otra vez el traslado. Fue entonces cuando María Cristina pidió a su amigo Raúl, que vive en Buenos Aires, que trasladara esa lana desde la fábrica hasta el transporte Sauer, que iba a traerla a destino. “No imaginé la gran distancia que debía recorrer, además de la carga de lana, que era tal, que le dificultaba el manejo”, recordó, entre risas. Cuando en Sauer supieron que era la hija de su antiguo proveedor de baterías, los empresarios decretaron que el traslado de la carga para el Grupo Solidario fuera gratuito a partir de ese momento.

Es por eso que “siempre digo que no sé cuántos somos, la cadena que se formó es infinita”, insistió.

Los núcleos se replicaron en Leandro N. Alem, Oberá y Eldorado, con el mismo objetivo y las mismas pautas.

La base de operaciones es la vivienda de María Cristina, en el barrio Campo Las Dolores. “Acá cocinamos, tejemos, lloramos, charlamos, tomamos mate, nos arreglamos, pero lo bueno es que no peleamos”, explicaron las mujeres, sin distraerse. Por lo general se juntan los sábados pero si alguna llama y la dueña de casa dice: “Estoy tejiendo, se viene”. Cuando por alguna razón no pueden quedarse, retiran el material, tejen en la casa, y lo traen elaborado. “Muchos llevan para otros grupos cuyos integrantes no conocemos.

Muchas veces nos enteramos que hay amigas que tejen en otros grupos para la misma causa que nosotros. Una vez al mes, el tercer sábado, vamos a la Costanera”, confiaron. Contaron que, por ejemplo, Graciela Martínez lleva materiales “para fulana y mengana, que desconocemos quienes son, pero al sábado siguiente viene con once mantillas terminadas. Lo mismo ocurre con Martita Fridman y su esposo Oscar, que aparecen una vez al mes, buscan el material porque tiene a la cuñada, a la hija, a las consuegras, que tejan. Y lo traen terminado. Entonces no sabemos decir cuántos somos”.

A María Cristina, que es maestra de reiki, terapeuta transpersonal, exfuncionaria judicial, mamá y abuela, “esto me sirvió de muchísimo. Soy una agradecida total a Dios. Los médicos dijeron que mi hija no iba a poder ser madre y un día vino con el test de embarazo positivo. ¿Qué más puedo pedir? Tenerlo a Genaro, el sexto nieto, es el premio a todo esto. Esa es una vuelta, un regalo”. Y el balance de la actividad que se inició en 2012, es más que positivo. “Cuando se me van cayendo las ganas, voy al hospital y parece que me inyectan energía.

No sé cuántos somos ni quiénes somos pero de todos conseguimos el aporte necesario. Podemos cocinar, tejer, un montón de cosas, pero si las autoridades del nosocomio no nos permiten entrar, estamos fritas. Si las chicas de enfermería no nos acompañan, no podemos hacer nada. Es una enorme tarea en conjunto”, aseveró, quien aprendió a tejer a los 9 años, de la mano de su abuela.

Aunque se ocupa de aclarar que “hago lo básico, sin embargo las chicas hacen maravillas”.

Hilo y agujas, un cable a tierra

Cuando su esposo, Arnoldo “Polaco” Kobez, cayó enfermo, Marta Giménez, se contactó con Echenique a través de las redes sociales porque eran conocidas desde su paso por el colegio Santa María. Aceptó venir a tejer pensando que sería un cable a tierra en un momento complicado de la vida de su familia. “No tomaba conciencia de la importancia de esta tarea porque tenía lo otro que me preocupaba. Cuando el ‘Polaco’ falleció, me quedé en el aire y decidí volver al grupo, que me recibió con mucho amor.

Acá no sólo tejemos es, en definitiva, nuestro cable a tierra, es nuestro alivio, nuestro llanto, nuestras risas, escucharnos y ver lo que podemos solucionar”, contó. No se animaba a volver al hospital “por todo lo que me pasó pero un buen día me llevaron porque tenía que superarlo. Salí llorando a chorros pero me daba esa paz, tranquilidad, porque entrábamos a cada habitación y encontrábamos seis, siete, ocho camas, algunas compartidas entre dos mamás, dependía de la cantidad de nacimientos. Al ver todo eso, al dejarle las mantitas y al ver las caritas de alegría, que cuando te retirabas te decían ¡gracias! de una manera tan especial, que les salía del alma. Y las bendiciones que recibíamos, no podía pedir más”.

Rememoró que la primera vez “salí llorando, las otras, traté de contenerme. Salgo feliz de haber hecho feliz a otras personas. Mi aporte no es mucho porque todavía tengo empleo pero colaboro en lo que puedo. Aprendí que no sólo a mi me pasan las cosas y que son muchísimas las personas que necesitan. Para mi sigue siendo terapéutico. Y la finalidad es el amor más grande que puede haber que es abrigar a un bebecito”, manifestó.

Mónica Machicote se acercó porque “me encanta mirar tejidos a crochet o dos agujas y en medio de las publicaciones, aparece ‘Misiones teje por un sueño’. A dos cuadras de casa ofrecían una buseca (que cocinaban para recaudar fondos) por eso después me decían que me enganché por la comida”, agregó entre risas. Con Miriam, su mamá, suele confeccionar escarpines, chalecos, saquitos, “porque cuando alguna conocida da a luz, nos gusta regalar. Pasaron meses y me vine. Y acá seguimos. Ya pasaron dos años”, añadió, quien también hace de secretaria del grupo y se encarga de llevar los controles “para tener idea de cuanto tenemos para una próxima entrega”.

Al hablar de sus inicios, Yolanda López comentó que “nací en la costanera. Me recuerdo sentada en un sillón con mi hija, mi yerno Lucas, que comenzó a tejer también. Agarré lana y le metí ficha. Y como vivo cerca, vengo caminando cuando puedo, porque soy niñera. Trabajo con los niños y tejer para ellos es un ida y vuelta. Es lo que le pasa a María Cristina. Ella dio, ella recibe. Los que fuimos dando, recibimos, aunque aveces no nos damos cuenta. No anotamos lo que hacemos porque lo hacemos desde adentro. Esa es la finalidad, hacer algo para el otro. No hay política, religión ni fútbol. Son las reglas de la casa porque son temas que generan polémica y no es la finalidad. La única finalidad son los bebes”.

Colaborar es el fin

Así como estas mujeres se reúnen y tejen, hay otras que por distintos motivos no pueden hacerlo pero buscan colaborar de otras maneras.

Tal es el caso de una señora que tejía pero tuvo problemas de cervicales y el médico le prohibió continuar con esa actividad. Entonces dijo a María Cristrina que cada vez que cobre su jubilación, “fuéramos a su casa, a buscar dinero para la compra de lo que haga falta. Esa es su forma de colaborar. Hay otra que no teje pero viene a hacer ovillos o ceba mate”. También “tenemos a ‘Luchi’, una profesora que reside en Garupá, que toma cuatro colectivos para llegar hasta aquí. Tejió una pashmina y un colgante, producto de otra donación obtenida de Alemania, que serán utilizadas para el próximo sorteo. Todo se industrializa. Nada se pierde”.

Guillermina, que es cajera en una ferretería, se acercó aduciendo que malgastaba su tiempo mirando el celular mientras aparecían los clientes y no le resultaba redituable. “Pidió para hacer cuadros. Su hermana Rufina tiene un puesto en La Placita y también pasa muchas horas sentada. Mientras las dos esperan, hacen los cuadros. Después, nosotras, nos ponemos a unirlos”, acotó María Cristina, que es la responsable natural de evacuar las más diversas dudas que puedan presentarse en el trayecto.