Tragedia de Austral: A más de 30 años, recuerdos del horror

El 12 de junio de 1988 el Douglas DC 9 arrasó una plantación de eucaliptus a tres kilómetros del aeropuerto de Posadas. Los pasajeros y tripulantes -22 en total- murieron en el accidente.

23/09/2018 10:15

El trágico accidente causó conmoción en todo el país y el exterior enlutó a varias familias posadeñas. Quienes por distintas razones debieron ser testigos de este luctuoso hecho, aún lo conservan en la memoria y en sus retinas.

El Vuelo 46 de Austral Líneas Aéreas estaba programado de Buenos Aires a Posadas, con una escala en la ciudad chaqueña de Resistencia. Operado por un McDonnell Douglas MD-81, partió del aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires hacia el Aeropuerto Internacional de Resistencia a las 7.04, y despegó de Resistencia a Posadas a las 8.40 después de estar detenido por veinte minutos.

A las 9.09 la tripulación se contactó por radio con el controlador aéreo de Posadas y siete minutos más tarde el avión se preparó para una aproximación a la pista 01.

Poco después, debido a condiciones de poca visibilidad, la aeronave golpeó la parte superior de un bosque de eucaliptos y se estrelló a tres kilómetros, fuera de la pista, provocando un incendio. Luego del primer impacto, la aeronave dio un giro cayendo en forma invertida.

El informe de la Junta de Investigación de Accidentes Aéreos concluyó: “Impacto contra una arboleda y posterior incendio, debido a efectuar una aproximación por instrumentos, sin respetar lo indicado por la carta correspondiente para ese aeropuerto”. De todos modos al pie de las revistas especializadas abundaron las opiniones más diversas.

Lo cierto es que quienes cumplían tareas con el comandante tenían presente que Roberto Ianuzzo era con quien no debían volar cuando el tiempo era desfavorable, se disgustaban, ya que era muy probable que no aterrizara en algún aeropuerto hasta que las condiciones permitieran un excelente descenso.

Era sumamente precavido y volaba con el manual bajo el brazo. Es por todo esto que aún no se puede creer cómo pudo cometer semejante error”, aseguraron.

El predio 30 años después. No hay un solo indicio de semejante tragedia.

La lista de los fallecidos está conformada por el comandante Ianuzzo, Marcelo Tarrio (copiloto), Marta Kenny (comisario de a bordo) y las auxiliares: Micaela Constantino, María Cristina Andino y Edith Bidegain. También el despachante de vuelo Alberto Martin, quien había subido en Resistencia. Y pasajeros: Analía Laura Cardozo, Claudia Saldaño, Jean Nguyen, Enrique Kaltmazer, Marta González, Carlos “Veco” Villegas -exentrenador de Los Pumas- y su esposa María Fernández Vidal, Rubén Aquino, Gregorio Dimitrovich, A. Shaku, A. Kiuchi, Zenalda Izasa, R. Petterson, y un matrimonio norteamericano de apellido Bruzas.

“No se podía hacer nada” 

Omar Centeno, de 58 años, era cabo primero y se desempeñaba en el Departamento Logística de la Policía de Misiones. Vivía sobre la avenida San Martín y junto a su cuñado estaba cavando un pozo para agua cuando escuchó el “estampido”.

“Pensamos que alguien chocó por ahí. Salimos a mirar a la avenida y no se veía nada porque había mucha niebla, aunque hacía calor. Ya tenía teléfono y me llamó Miño desde Jefatura. Me preguntó si tenía la motosierra que era de la fuerza porque cayó un avión cerca del aeropuerto pero no sabemos dónde. Llevá la motosierra y andá a mirar. Fuimos enseguida. Se veía mucho humo pero no se podía divisar donde estaba”.

“Tomamos para el lado del campo de los laosianos porque había una entradita. Estando cerca no se distinguía si era fuego, hierros. En ese tiempo traían parvas de diarios y eso era lo que avivaba las llamas. Había mucho combustible”, agregó.

Dijo que no se veía para qué lado estaba ubicada la aeronave: de sur a norte o de norte a sur, era la misma cosa.

No se podía distinguir. Lo único visible eran dos cuerpos colgados en un asiento que eran alcanzados por el fuego. No podíamos hacer nada. Era imposible acercarse, el que lo hacía se quemaba. Porque el combustible corría por una zanja y se encendía”.

A los pocos instantes “llegaron unos lugareños pero sólo mirábamos porque no había nada que hacer. No se podía arrimar. Cuando llegó la autobomba de los bomberos no tenía agua. Fueron como para auxiliar, pero tiraron los 100 litros de espuma que tenían y se terminó”.

El expolicía no sabía cuál era el panorama con que se iban a encontrar pero reconoció su impotencia “porque no había elementos. Estaban todos muertos y se estaban calcinando. El avión quedó suspendido a unos 2,50 metros de alto sobre los árboles. Y por eso entraba el aire y hacía que el fuego se propague. No había forma de apagar”.

Los bomberos “tampoco tenían alternativa. Tenían un Ford 350 naftero que no podían arrimar mucho. Después de unas dos horas la Municipalidad llevó dos camiones con agua y fue otra autobomba. Pero no se podía hacer nada por nadie”, lamentó.

Cuando se apagó el fuego había que bajar la estructura para sacar los cuerpos. Entonces fue que con la motosierra, Centeno cortó los troncos de los eucaliptus para que se cayera.

“Como no había morguera, los bomberos cargaban los restos sobre un Dacia. La gente quedó lejos porque justo había un alambrado que dividía el terreno y los policías se ocupaban de que no cruzaran. Después decían que había oro y que nosotros nos quedamos con eso. Pienso que todo eso se fundió con el fuego”, dijo el expolicía, que con el paso de los días “no podía dormir, no podía comer, no me cruzaban los alimentos”.

“La jornada fue muy triste”

Teresa Sánchez de Bejar, de 78 años, estaba trabajando en los preparativos para cocinar el tradicional locro en el Centro Correntino. “Nos fuimos muy temprano porque teníamos que pelar mandioca, limpiar las tripas, el mondongo para elaborar alrededor de 200 litros de locro”, contó. Alrededor de las 10 se levantó un neblina tan cerrada que no permitía ver nada de nada.

Ese día estaban Carlos Lucero, Faustino Cardozo, Basilio Nowosad, “Lalo” Bejar y varias mujeres. Mientras estaban ensimismados en las tareas, escucharon dos explosiones.

“El cuidador dijo que provenían de la cantera, que estaban dinamitando y quedamos con eso. Habrá pasado una hora cuando vimos muchos autos que intentaban cruzar por detrás del Centro Correntino, a través de los campos de Pascual Sarubbi. Preguntamos y nos dijeron que había caído el avión”, recordó.

Fue entonces que “le dije a ‘Negro’ Paiva, uno de los del grupo, que nos acercara al lugar con su Citroën. Fuimos. Detrás venían las ambulancias y los bomberos”.

Llegaron bastante cerca porque el vehículo lo permitía y “nos encontramos con un panorama desgarrador, que no pude olvidar. El fuselaje comenzaba a prenderse fuego. Vimos a las azafatas sentadas en su butaca, decapitadas, las bandejas de comidas desparramadas en los alrededores al igual que los equipajes. Enseguida se amontonó la gente. Y no podíamos hacer nada. Era algo terrible”.

Después de un rato comenzaban a llegar los familiares y “nosotros volvimos a nuestra actividad. Pero la jornada fue muy triste porque sabíamos de la cantidad de familias que estaban de duelo”. Por su esposo, Umberto Ángel Bejar, en ese momento presidente del Centro Correntino, “supe que allí perdió la vida la hija de uno de sus conocidos, Jesús Cardozo”.

Describió a la zona que rodeaba al Centro Correntino como “toda despoblada. Sólo había un barrio de viviendas Ñande Roga y a los costados de la actual avenida 147, que era de tierra, plantaciones de pino”.

“Esas dos muñecas me instaron a viajar”

Raúl Armando Segovia (67) era gerente de Juegos de la Lotería de Misiones y debía abordar el vuelo 46 de Austral pero decidió adelantar su viaje para las últimas horas de la tarde del sábado. Era un día lluvioso y sus amigos lo habían invitado a concurrir al recital de Soda Stereo en el Estadio de Obras Sanitarias.

“Terminé de tomar los números de la Lotería Misionera que se sorteaba por Lotería Nacional, pasé los extractos a Posadas, y para las 17.30 había concluido mi trabajo. Fui hasta el hotel, que quedaba cerca, y al ingresar a la habitación veo el sobre que llevaba el traje y sobre él dos muñecas que había comprado para mis hijas Gabriela y Natalia. Y pensé: qué me voy a quedar a hacer acá en lugar de disfrutar de mi familia en Misiones. Algo me decía que si podía viajar que lo hiciera”.

El conserje se sorprendió sobre su decisión de viajar “porque sabía sobre mi intención de asistir al recital. Le dije que iba al aeropuerto a ver si había pasaje para esa tardecita o que de lo contrario lo haría el domingo por la mañana. Al preguntar si podía cambiar el ticket, me respondieron que quedaban sólo dos asientos disponibles, el 21 y el 22. Pagué la diferencia, me cambiaron el pasaje, tomé el avión y llegué a casa de sorpresa”.

El sobresalto comenzó a las 9.30 del domingo cuando sonó el teléfono fijo de su vivienda. “Era la voz de Daniel Azar (expresidente del Instituto) que medio sollozando me dice ¿¡sos Raúl?! Si soy yo, le respondí. Noté que estaba exaltado y me preguntó si sabía lo que pasó, respondí que no. Cayó el avión que tenías que abordar. Me empezaron a temblar las piernas. Ni bien corté mis amigos de Buenos Aires también llamaban, lloraban, no creían que me había salvado”.

Ramón Fortte (ya fallecido) era el chofer asignado para ir a buscar a Segovia al aeropuerto y fue uno de los primeros en llegar al lugar del accidente. “Intenté comunicarme con él en varias ocasiones a través del handy hasta que logré entablar la conversación, pero él no entendía lo que pasaba. La pasó muy mal. Después me contó que a las 9.09 vio pasar al avión y al girar ocurrió el desastre. Cuando llegó vio esparcidas las hojas de la Lotería, que era la que yo tenía que traer y ya había despachado cuando adelanté el vuelo”.

Para Segovia, “fue un momento extraño. El 12 de junio vuelvo a cumplir años. Es la suerte, el destino está marcado y uno tiene que ponerse en manos de Dios. Esas dos muñecas me instaron a viajar porque, de lo contrario, iba a ver a Soda por última vez. No viajé por mucho tiempo hasta que volví a tomar coraje”.

“A Analía la recordamos con mucho amor y la extrañamos”

¿Qué hubiera sido si ella estuviera? ¿qué hubiera sido de su vida? Son algunos de los tantos interrogantes que la trágica muerte de Analía Laura Cardozo (27) dejó entre sus familiares que, a más de 30 años de la tragedia la recuerdan acongojados, en “una mezcla de dolor y amor”, aseguran.

Era el cumpleaños de don Jesús Cardozo, que ese año coincidía con el Día del Padre y la estudiante avanzada de Ingeniería Civil de la Universidad Católica Argentina (UCA) volaba desde Buenos Aires para unirse al doble festejo. Pero ocurrió lo impensado, lo terrible, que les cambió la vida para siempre.

Su hermana Clarisse tenía 21 años y un bebé de meses. Junto a su esposo Tulio; a su mamá, Laura, y papá, Jesús, fueron a esperarla al aeropuerto. Y allí se enteraron de lo peor.

“Pasó la hora y se escucharon sirenas, salieron los bomberos y la gente corría de un lado a otro pero no nos decían nada. En ese sector no se había escuchado el estruendo que luego todos comentaban. Nos acercamos a preguntar qué había pasado y nos dijeron que aparentemente el avión había tenido un desperfecto. Cuando vimos que el movimiento se intensificó, nos dimos cuenta que algo había pasado. Subimos a la camioneta y salimos detrás de los bomberos, cruzamos la ruta y atravesamos un campo. Le di el bebé a mi marido y salí corriendo hasta llegar al lugar del accidente”.

Cuando vi la imagen del avión, el humo que salía, no podía creer, es un dolor terrible. Es desgarrador. Sólo si lo pasás podés saber de lo que te estoy hablando. No podés dimensionar lo que se siente”, contó en un relato sumamente emotivo.

Con la ilusión que Analía no figurara en la lista de pasajeros, volvieron al aeropuerto. Es que “en ese momento nos imaginamos que alguien se puede salvar, que en algún momento va a aparecer, que se quedó en Buenos Aires, que bajó en Resistencia, con la esperanza que no sea verdad lo que está pasando”, agregó la maestra jardinera, enjugándose las lágrimas.

Al volver al campo y en medio de tanta destrucción, los Cardozo pudieron rescatar el bolso en el que la joven traía sus pertenencias. En él, su madre acomodó su ropa, sus zapatos, las cartas recibidas, y hasta los uniformes de jardín de infantes del colegio Santa María. Agregó los recortes de los diarios y las revistas que se hicieron eco de la tragedia y antes de “partir”, dejó el maletín a cargo de Clarisse, que lo conserva intacto.

No había consuelo
El matrimonio Cardozo estaba devastado. Sin fuerzas. Acompañado de amigos, vecinos y de monseñor Jorge Kemerer, que se ocupó de llevar su mensaje de fe. Y esa fe los ayudó a seguir. Fue entonces Carlos, su hermano, con apenas 16 años, quien debió ir hasta el viejo hospital Madariaga para reconocer los restos de Analía. Esta difícil situación se prolongó por varios días.

“No había morgue y no sabían dónde llevar los restos. Los familiares teníamos que esperar afuera, en nuestro caso hasta la llegada del odontólogo Santacruz a fin que reconociera las piezas dentarias. Parece una película y los familiares sufrimos lo que sufrimos. No podíamos entender que en uno de los medios de transporte más seguros del mundo puede llegar a suceder esto”, explicó Clarisse, que al concluir su semana de licencia debió volver a pasar frente al nosocomio cuando se trasladaba a dar clases a la Escuela 57, de Garupá.

Era mi recorrido en el colectivo urbano por ese lugar y me marcó mucho. No había consuelo cada vez que pasaba, y los choferes no sabían qué hacer. Era algo en lo que no podía pensar, algo tan inesperado, increíble”, acotó.

Según los hermanos, doña Laura nunca más volvió a ser la misma. “Había ocasiones en que estábamos en la pileta y ella se ponía de espaldas, te acercabas y estaba llorando. La pérdida de Analía se sintió mucho en la familia. Papá también, pero él tenía que ser el fuerte de la casa. En esa época el hombre debía ser fuerte, pero era su primera hija, su primera hija mujer, su hija”.

Confiaron que Jesús Cardozo era muy familiero. Era de salir junto a sus hijos, de viajar mucho, e ir a Buenos Aires a visitar a su hija mayor. “Éramos muy unidos como familia. En cada ocasión, como un cumpleaños, Analía se venía en colectivo aunque por esas cosas de la vida ese día se subió a un avión. Papá era de decir: se van a aeroparque, se toman el vuelo que ya está organizado, y se vienen. Porque era de tener a su familia muy junta, muy unida”.

Analía era la mayor de los cinco (Susana, Mónica, Clarisse y Carlos), quienes la consideran “un ángel” que se hacía tiempo para todos. Era profesora de inglés, de matemática y piano, y se había recibido de técnica mecánica nacional en la Industrial -cuando el colegio se encontraba en Colón y Guacurarí- en un curso donde era única entre varones. “Sus compañeros se siguen juntando y se acuerdan de ella después de tantos años porque era muy especial en su forma de ser: dulce pero bien plantada, con mucho carácter y muy justa”.

Clarisse confió que era la única de los hermanos que se había quedado en Posadas y que “esperaba con ansias la llegada del fin de año para juntarnos todos. Quedan muchos pero sabemos que Dios quiso llevarla porque era una persona tan buena, tan pura, tan sana, que se merecía estar en un lugar mejor. Nosotros la recordamos con mucho amor y la extrañamos”.

“Llegar primeros y salvar vidas”

Mario Fedorischak (59) prestaba servicios como suboficial de la Policía de Misiones. Mediante el Operativo Toba V, junto a sus compañeros estaba preparado para acudir en accidentes aéreos, como el que ocurrió, o cualquier otro tipo de siniestros o catástrofes.

“Estábamos autorizados a desplazarnos hasta los objetivos para llegar primeros con el fin de salvar vidas”, dijo, al tiempo que recordó que se movilizó desde su casa del barrio Villa Poujade y recorrió la actual avenida Cabo de Hornos en bicicleta.

Dejó el rodado a la vera del arroyo Mártires porque no podía continuar pedaleando por el campo con restos de leña. Pero, de todos modos, a rumbo, en dirección al humo, “fui uno de los primeros en llegar al lugar, en 12 minutos. Vimos que estaba con vida la azafata, sentada en el sillón y el cinturón colocado. Había otros dos hombres, al parecer con signos vitales, pero no podíamos llegar”.

Relató que el fuego estaba en pleno desarrollo, las temperaturas eran tan altas al punto que derritieron todo el aluminio que recubría al avión. “Quisimos hacer nuestro trabajo pero fue imposible. Los cuerpos ya estaban muy dañados. Se sumó otro suboficial de la Policía de apellido Centeno y otros camaradas que llegaron casi en forma simultánea. Los primeros fueron los bomberos de la fuerza que ingresaron desde la ruta 12 por un atajo que se ubicaba a la altura del actual barrio Itaembé Guazú”.

Era domingo y Fedorischak estaba empezando los preparativos para el asado. “Escuché la explosión -se sintió a varios kilómetros a la redonda-, recibimos las comunicaciones y nos desplazamos al lugar para integrarnos a los equipos de trabajo de la Policía de Misiones. Teníamos directivas de salir aunque estuviéramos de franco de servicio”, manifestó quien “estaba en forma porque era ciclista”.

La escena “no me impresionó porque estaba consciente que lo que buscaba era salvar vidas. Cumplí mi parte. Fuimos los primeros en llegar, en hacer la remoción de los escombros, enfriar los restos del avión junto a los bomberos y estar en medio de las víctimas. A lo mejor el después sí te impresiona”.

El humo los guió hasta el desastre

El fotógrafo Juan Carlos Klimczuk (63) se aprestaba a tomar mate en el medio de comunicación en que trabajaba. Desde el ventanal divisaba la ruta 12 y apreciaba los preparativos de unos 20 ciclistas que esperaban el momento de la largada. Apenas las bicicletas empezaron a rodar, unos cuantos camiones de gran porte, aceleraron detrás. Y en instantes empezaron a pasar ambulancias. Pensó que alguno de los camiones atropelló a los deportistas.

“Salimos con el chofer de turno y fuimos hasta el aeropuerto en busca de datos. No sabían nada. Calculaban que había caído hacia El Arco”, recordó. Volvieron a la ruta para ver qué veían. A la altura de Itaembé Guazú había un santuario del Gauchito Gil y, en frente, un casco de estancia.

“Preguntamos al cuidador y habló de una explosión pero hacia adentro. Pasamos y una señora impedía que avanzáramos. La convencimos y pasamos el segundo portón”, acotó. Aseguró que “fuimos los primeros en llegar.

“El avión se estaba incendiando. Era algo que nos dejó fríos. Empecé a sacar, fotos, fotos. Caminando supe que a unos cuatro kilómetros antes el avión empezó a cortar los árboles y a perder tren delantero, el fuselaje, parte de las alas” y chocó con un eucaliptus de tal porte que entre cinco personas no lo podíamos abrazar”.

Lo suyo era tomar foto tras foto, buscando el ángulo adecuado, trabajando con adrenalina para obtener la primicia. “Nunca antes me había tocado un hecho así. En ese momento era un joven profesional y tener la foto era lo primero. Mis imágenes recorrieron el mundo. No hubo quien no se llevara una porque en el avión venía una delegación japonesa para hacer un negocio de tierras” en el Alto Paraná Misionero.

Dos semanas después vino una aeronave exclusiva trayendo a las familias de los orientales fallecidos para ver la zona y para hacer una ceremonia “que fue muy emotiva”.

La tragedia causó “furor en la ciudad. Todo ese día y el posterior había autos estacionados hasta El Arco y la gente entraba caminando. Querían ver. El lunes a la mañana, seguían desfilando. Fuimos noticia a nivel mundial”.

Cuando los rescatistas llegaron al lugar no había nada que hacer. La secuencia de fotografías del reportero gráfico Juan Carlos Klimczuk así lo ilustra.

El fuego comenzaba a apoderarse de los restos de la aeronave y se habían desvanecido las esperanzas de encontrar con vida a pasajeros y tripulantes. Conjeturas hubo miles. Las copas de los árboles estaban cortadas como con filosas cuchillas. Todo era confusión. Caos. Desolación. Un domingo de tristeza absoluta y dolor inconmensurable.