POSADAS. El médico clínico Juan Carlos Viana se acomodó en su escritorio y se presentó: “Si tuviera que contar mi historia de vida, podría decir que fue tan difícil… Pasar todo lo que pasamos con mi mamá, con mis hermanos… Yo llegué a lustrar botas y hoy estoy sentado en mi consultorio”.Juan Carlos Viana tenía ocho años cuando salió a la calle a trabajar. Recuerda que con sus seis hermanos decidieron salir a vender diarios y chipas “para que la carga de la casa no recaiga sobre el único sostén que teníamos: nuestra mamá”, contó el hoy profesional.Entre los capítulos más difíciles que le ha tocado vivir, figura una madrugada de invierno de 1976, cuando cuatro de los hermanos, entre ellos Juan Carlos, decidieron acostarse en la estación de servicios donde repartían diarios. “Una estación de nombre Maconsa, quedaba en Bustamante y Uruguay. Hacía tanto frío que nos tapamos con los diarios. Recuerdo que un compañerito de la escuela me vio durmiendo, cubierto de diarios, y se empezó a reír. Cuando éramos criaturas…”, quedó en silencio un segundo. Luego explicó: “Hubo muchas cosas que borré por dolor”.La historia de vida del doctor clínico Juan Carlos Viana (47) transcurrió en el barrio Las Dolores de Posadas, en una casa de madera, techo de cartón y piso de tierra. Desde pequeño escuchó a su madre repetir: “Tenés que ser médico, hijo”. Al principio era sólo un gran sueño. “Llegué a lustrar botas y más de una vez me dijeron: ‘Bajá a tierra, qué vas a llegar vos’. Pero se equivocaron. En serio, no hay imposibles”. En verano, picolé De pequeño, Juan Carlos aprendió una diversidad de oficios con los cuales se ganó la vida. Fue vendedor de diarios, de chipas, lustrabotas y, en verano, durante los tardes, vendía heladitos picolé. “Nos levantábamos temprano y, cuando amanecía y terminaba la venta de diarios, íbamos a vender chipas”, contó con una sonrisa. Y agregó: “Después íbamos al turno intermedio en la Escuela Provincial 527. Y los veranos, por la tarde, íbamos a vender helados. Todo para engrosar la entrada del hogar, porque mamá estaba sola”. En esos días, Élida Celia Lima Lalinda, madre de Juan Carlos Viana, trabajaba en una heladería; después en Salud Pública. “Entonces, teníamos obra social, pero seguimos trabajando para ayudar”.En el secundario, Juan Carlos decidió que estudiaría Medicina en Corrientes. Sin embargo, los recursos económicos eran mínimos. “Tenía capacidad, pero no la plata, entonces había que trabajar”. Todos sus hermanos decidieron ayudarlo y recaudar dinero para que pueda iniciar su carrera.Durante los cinco años del colegio secundario -que -curso en el turno noche en el instituto Virgen de Itatí- trabajó como albañil, plomero y también pintando casas. “Recuerdo que terminaba quebrado, pero insistía en que había que recaudar algo de dinero para comenzar la Facultad”.La peor noticiaCon el dinero recaudado, el joven Viana viajó a Corrientes, donde alquiló una habitación y comenzó a estudiar. “Pero en ese primer año murió mi hermano menor, Ramón. Tenía 24 años, la vieja no soportó eso y murió. Mamá murió en 1989. Ella era el pilar de la casa. Eso nos dejó tan mal que quise dejar todo. Hubo millones de veces que quise dejar la Facultad porque llega un punto en que te quebrás”.Fue el momento más difícil que soportó Juan Carlos, pero no bajó los brazos: “No quería vivir toda mi vida como la estaba viviendo. Me tenía que recibir”, explicó.Días después del fallecimiento de su madre, los hermanos Viana se juntaron y se organizaron: “Jorge e Iris dejaron los estudios y dijeron que iban a trabajar para bancar mis estudios y los de mi otro hermano. Yo trabajaba de remisero en Corrientes para ayudarlos, porque era mucha plata la que necesitaba”. Poco después, se recibió de enfermero y comenzó a trabajar como profesional. Al poco tiempo, Juan Carlos logró el título de médico y sintió que, de ese modo, cumplía además con su madre Élida.





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