La distancia insondable entre las planillas de Excel que se miran con orgullo desde los despachos oficiales y el termómetro cotidiano de la gente común volvió a quedar expuesta por estas horas.
Por un lado, el presidente Javier Milei ratificó el rumbo de su economía, blindó a su Gabinete y celebró con entusiasmo la baja de la inflación: un 1,7% en agosto que lleva el acumulado anual al 33,5%. Para la Casa Rosada, es la prueba de fuego superada, el núcleo duro de su promesa electoral y el gran activo político pensando en el 2027.
Pero por el otro lado -y aquí es donde entra la política con mayúsculas-, las realidades paralelas empiezan a chocar. Una nueva encuesta de la consultora Analogías viene a encender una luz de alerta amarilla, casi roja, en el tablero oficial.
¿Qué dice ese sondeo? Primero, que la desaprobación a la gestión económica ronda el 59%. Pero lo más interesante no es el rechazo en sí, sino el cambio de prioridades en la cabeza de los ciudadanos.
Durante meses, el Gobierno repitió -y con razón, porque era el mandato principal de las urnas en 2023- que el enemigo número uno era la inflación. La gente lo compró. Hoy, los números de Analogías nos muestran un giro copernicano: casi siete de cada diez argentinos (el 65,6%) ya no priorizan la estabilidad de precios; priorizan el salario y el empleo.
La inflación, de algún modo, parece haber retrocedido casilleros en la angustia ciudadana, desplazada por un temor mucho más tangible y urgente: no llegar a fin de mes o perder el trabajo. El 51% de los encuestados cree que el desempleo va a aumentar, y más del 60% siente que su economía personal está peor que hace un año.
Ante este panorama, la reacción del oficialismo oscila entre la rigidez dogmática y el sarcasmo digital.
¿Le alcanzará al Gobierno con bajar la inflación para retener el poder, o el peso del bolsillo y el fantasma del desempleo terminarán dinamitando su capital político antes de llegar a las urnas? El tiempo dirá, pero la calle ya empezó a hablar.






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