El fútbol argentino despidió este jueves a José Francisco Sanfilippo, una de esas figuras que pertenecen a una época en la que el gol todavía podía construir mitologías enteras. Tenía 91 años y su nombre quedó unido para siempre a San Lorenzo, el club donde se formó, debutó, se convirtió en ídolo y terminó de sellar una estadística que todavía resiste el paso del tiempo: es el máximo goleador histórico del Ciclón.
Apodado “El Nene”, Sanfilippo fue mucho más que un delantero de área. Fue un definidor voraz, un futbolista de carácter, un símbolo azulgrana y, con los años, también un personaje público de lengua filosa, capaz de incomodar desde un estudio de televisión con la misma seguridad con la que antes atacaba los espacios dentro del área.
Había nacido en Buenos Aires el 4 de mayo de 1935. Su historia con San Lorenzo comenzó desde abajo, en las divisiones inferiores, hasta que el 15 de noviembre de 1953 tuvo su debut en Primera División ante Newell’s Old Boys, con apenas 18 años. Una semana después ya empezó a mostrar lo que sería su marca de fábrica: le convirtió dos goles a Banfield y dejó claro que su relación con la red no sería pasajera.
En Boedo encontró su lugar natural. Sanfilippo fue uno de esos delanteros que no necesitaban demasiados adornos para explicar su jerarquía. Su argumento era directo, contundente y casi siempre definitivo: el gol. En San Lorenzo superó los 200 tantos oficiales y el propio club lo ubica al frente de su tabla histórica de goleadores, por encima de nombres enormes del fútbol azulgrana.
Su mejor versión apareció entre fines de los años 50 y comienzos de los 60, cuando se transformó en una referencia ofensiva del fútbol argentino. Fue goleador del campeonato de Primera División en cuatro temporadas consecutivas, entre 1958 y 1961, una regularidad que lo elevó a la categoría de artillero de época. No era solo cantidad: era presencia, oportunidad, instinto y una confianza que bordeaba la insolencia deportiva.
Con San Lorenzo fue campeón del torneo de Primera División de 1959, una conquista que lo terminó de instalar en la memoria grande del club. Años más tarde, en su regreso al Ciclón, también integró el plantel que ganó el Metropolitano de 1972 y el Nacional de ese mismo año, un cierre circular para una relación atravesada por goles, idolatría, tensiones y pertenencia.
Su carrera también tuvo capítulos fuera de Boedo. En 1963 pasó a Boca Juniors, una transferencia que sorprendió por el peso simbólico de su figura en San Lorenzo. Con la camiseta xeneize disputó la Copa Libertadores y llegó a la final frente al Santos de Pelé. Luego continuó su recorrido por Nacional de Uruguay, Banfield y el fútbol brasileño, donde vistió las camisetas de Bangu y Bahía.
Sanfilippo también fue parte de la Selección argentina. Integró el plantel campeón del Campeonato Sudamericano de 1957, antecedente de la actual Copa América, en una época marcada por la presencia de figuras como Omar Sívori. Además, disputó los Mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962, dos participaciones que terminaron con eliminaciones tempranas para la Argentina, y fue subcampeón en el Sudamericano de 1959.
Su vínculo con el fútbol, sin embargo, no terminó cuando dejó la elite profesional. Tras un breve retiro, volvió a jugar en San Miguel, en la Primera D, donde convirtió el primer gol oficial de la institución. Recién en 1978 colgó definitivamente los botines, después de una carrera extensa, irregular por momentos, pero atravesada por una certeza: cada vez que se hablaba de delanteros argentinos, su nombre aparecía como referencia inevitable.
Con el tiempo, Sanfilippo construyó una segunda vida pública. Ya no desde el área, sino desde la televisión, la radio y la opinión. Fue comentarista, panelista, crítico sin filtro y protagonista de varias polémicas. Su estilo no buscaba diplomacia: decía lo que pensaba, muchas veces con dureza, otras con una mezcla de vanidad, lucidez y provocación. Esa lengua filosa le granjeó rechazos, pero también lo sostuvo como una figura reconocible incluso para generaciones que no lo habían visto jugar.
También incursionó en la política, otro terreno en el que su personalidad frontal encontró espacio, aunque sin alcanzar la dimensión que tuvo en el fútbol. Sanfilippo pertenecía a una camada de ídolos que no fueron construidos por las redes sociales ni por la administración prolija de la imagen pública. Su personaje era menos calculado y más áspero: goleador en la cancha, opinador incómodo fuera de ella.
Esa condición explica parte de su permanencia. Sanfilippo no fue un ídolo silencioso ni una gloria retirada en discreción. Fue un hombre que siguió discutiendo, opinando, provocando y defendiendo su lugar en la historia. En más de una oportunidad se reivindicó como uno de los mejores jugadores que tuvo San Lorenzo, casi como si necesitara repetir en voz alta lo que sus números ya decían desde hacía décadas.
Pero la muerte suele ordenar lo que la polémica dispersa. Y en el caso de Sanfilippo, el primer plano vuelve inevitablemente al área, al gol, a la camiseta azulgrana y a una forma de entender el fútbol como territorio de eficacia. Su legado no se mide solo en estadísticas, aunque las estadísticas sean abrumadoras. Se mide también en el recuerdo de un delantero que hizo del arco rival una obsesión y de San Lorenzo una identidad definitiva.
El fútbol argentino despide a “El Nene” Sanfilippo, un goleador feroz, campeón, mundialista, ídolo de Boedo y protagonista de una vida pública intensa. Un futbolista de otra época, cuando los grandes artilleros no solo convertían goles: también dejaban frases, discusiones, amores y heridas. En San Lorenzo, sobre todo, deja una marca que será difícil mover de su lugar más alto.






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